Artículos Literatura

Partidarios de la felicidad

[…] porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Canción de aniversario – Jaime Gil de Biedma

Patricio Pron escribe en Salon des refusés, uno de sus cuentos más celebrados: «Ni ella ni los otros lectores que el escritor ha dejado tras de sí sabrán nunca si lo que narró en su autobiografía fue una ficción o un hecho real, pero esa incertidumbre pondrá bajo una óptica nueva y ambigua todo lo que ha escrito, lo que calificó como ficción y aquello que dijo que no era ficción, que dijo que era su propia vida». Esta extensa y lúcida cita nos sirve de marco para reflexionar sobre el debate al que hemos asistido en las últimas semanas sobre la idoneidad del homenaje público por parte de las Instituciones del Estado a la figura literaria de Jaime Gil de Biedma. El feo asunto de García Montero y Gil de Biedma podría ser el titular de un buen periódico venido a menos, pero, en el fondo, sólo son unas diatribas morales dignas de mejor causa que ponen en entredicho la valía de la obra del poeta catalán. Una muestra más de esa nueva ola —aunque bastante vieja, por cierto— de puritanismo que, en la ya tópica definición de H.L. Mencken, es sólo «el pavor que provoca pensar que alguien, en algún lugar, es feliz». En esta casa, por supuesto, no somos puritanos pues, como no podía ser de otra manera, somos muy partidarios de la felicidad.

Todo el debate de los últimos días se ha centrado en si merece «un pederasta y un abusador de menores» recibir homenajes públicos por parte del Estado y si, por lo tanto, su obra debe ocupar un lugar de honor en el Instituto Cervantes. Es un debate simple y tramposo, porque la única respuesta posible a esa pregunta es no. Sin embargo, el asunto se ha desviado del procedimiento de una acusación de este tipo pues, a pesar de que, después de leer las afirmaciones de sus detractores, parece que estemos hablando de unos hechos probados, lo cierto es que cuando indagamos un poco, encontramos que la única prueba que esgrimen contra Jaime Gil de Biedma no se halla en denuncias, detenciones, evidencias, juicios ni condenas. La única certeza para afirmar semejante acusación —sin duda la más abyecta que se puede hacer en nuestro tiempo— se encuentra en dos páginas de la obra del poeta catalán. Cualquiera que lea esas dos páginas de Retrato del artista en 1956 se percatará de lo sórdido que allí se refiere. «El chiquillo que se ocupó conmigo tenía 12 o 13 años […]. No creo haber durado allí mucho más de cinco minutos. No me dejaba besarle, no me dejaba hacer nada». Desde un punto de vista moral, aquello parece detestable y merecería la sanción de la justicia si hubiera sucedido en la realidad, pero —aquí nos topamos con la paradoja que acompaña a todo este «feo asunto»— son sólo dos páginas de un texto de ficción puestas en la voz de un narrador en primera persona.

Aunque una obra literaria se elabore como si fuera un diario íntimo, no todo lo narrado en sus páginas tiene una relación directa con la verdad. Volviendo de nuevo a la cita de Patricio Pron del principio, podríamos decir que lo narrado en un diario tiene una relación ambigua con la verdad: «Ni ella ni los otros lectores que el escritor ha dejado tras de sí sabrán nunca si lo que narró en su autobiografía fue una ficción o un hecho real». Podríamos irnos muy lejos, hasta el Arcipreste de Hita, por ejemplo, para encontrar juegos parecidos con la ambigüedad entre la vida y la ficción, pero no parece muy necesario, porque la supuesta verdad se diluye poco a poco en esta obra de Jaime Gil de Biedma si pensamos que el texto puesto en cuestión no es un diario llevado en secreto por su autor y descubierto años después de su muerte en una caja llena de polvo en el desván de la casa de los abuelos. Retrato del artista en 1956 es una obra pensada desde su concepción para ser publicada, por lo que parece tan obvia su intención literaria, el ejercicio de estilo y lo ficticio de lo relatado que causa perplejidad el ahínco con el que los acusadores se ensañan con el poeta. Parece extraordinario explicar ahora, en 2021, que los diarios publicados son tan ficción como las novelas, los poemas o las obras de teatro y, por lo tanto, ningún juez los admitiría como prueba para condenar a nadie, porque aquí no estamos hablando de justicia ni de leyes, hablamos de literatura y, por lo tanto, hablamos de ficción. Caballero Bonald también señalaba la ambigüedad de la palabra «diario» a propósito de su Diario de Argónida publicado en 1997: «Uso el término diario con una deliberada ambigüedad. Supongo que si me he decidido a emplearlo es por una previa malicia teórica, en el sentido de no considerar al diario muy ajeno a la ficción. Ningún escritor es capaz de evocar lo que ha vivido sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente equívoca. Incluso se tiende a otorgarle al estilo mayor poder real que al testimonio».

Ya lo dijo Valle-Inclán: «este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras», porque lo cierto es que esta polémica sólo ha servido para pontificar sobre lo obvio, para cuestionar la naturaleza de la práctica literaria y condenar a un escritor por lo que ha escrito, pues parece claro que, aunque los detractores de Gil de Biedma insisten en que su producción literaria no está en entredicho, no tienen ninguna prueba para confirmar su «fea» conducta a excepción de unas páginas de su propia obra que algunos interpretan de manera literal. Por lo tanto, la única evidencia que arguyen para condenar al poeta catalán es lo que el propio Jaime Gil de Biedma escribió en un texto que, a pesar de que narra lo «sucedido» en 1956, se publicó por primera vez —y de forma fragmentada— en 1974, y no fue hasta 1991, un año después de su muerte, cuando se publicó en su versión definitiva. Nada menos que treinta años para la elaboración de un «diario». Por lo que podemos concluir que, aparte de esas dos páginas escritas por el autor, no hay testigos, no hay pruebas, no hay juicio, ni, desde luego, condena en la que se pueda basar una acusación tan ruin.

En el prólogo a su Antología personal, Ricardo Piglia nos habla de un cuento francés titulado «Entre les lignes». En dicho cuento, «el investigador, luego de una detenida lectura de algunos cuentos de Edgar Allan Poe, prueba que el escritor fue quien cometió realmente el crimen que se narra en El barril del Amontillado». Del mismo modo, los acusadores del poeta catalán creen haber descubierto «luego de una detenida lectura de su obra» su culpabilidad en los casos de pederastia y abuso de menores de los que nunca fue acusado en la realidad, por lo que este «escándalo», en definitiva, además de darnos pie a entablar un interesante debate sobre los límites de la ficción, nos da también la medida exacta del valor de la obra de Jaime Gil de Biedma. Esa marca de verdad que acompaña a cada uno de sus versos es lo que todavía hoy deslumbra a cualquiera que se acerque a «Pandémica y celeste», a «No volveré a ser joven» o a «De vita beata», por citar algunos de sus poemas memorables. Por lo que nadie debería sorprenderse de que el Instituto Cervantes haya querido sumar el legado del poeta catalán a La caja de las letras. Quizá lo que debería sorprendernos es que esta decisión no se haya tomado hasta enero de 2021.

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