Artículos Literatura

Partidarios de la felicidad

[…] porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Canción de aniversario – Jaime Gil de Biedma

Hemos asistido en las últimas semanas a un hipócrita debate sobre la idoneidad del homenaje público por parte de las Instituciones del Estado a la figura literaria de Jaime Gil de Biedma. El feo asunto de García Montero y Gil de Biedma podría ser el titular de un buen periódico venido a menos, pero es sólo un intento de llamar la atención y confundir a la opinión pública, con unas diatribas morales dignas de mejor causa, sobre la valía de la obra del poeta catalán. Una nueva ola —aunque sea bastante vieja— de puritanismo que suple con adjetivos grandilocuentes y afectados golpes de pecho la ausencia de argumentos.

Todo el debate de estos días se ha centrado en si merece «un pederasta y un abusador de menores» recibir homenajes públicos por parte del Estado y si, por lo tanto, su obra debe ocupar un lugar de honor en el Instituto Cervantes. Es un debate simple y tramposo, porque la única respuesta posible a esa pregunta es no. Sin embargo, da la impresión de que nadie se ha preguntado dónde está la evidencia de que Gil de Biedma fuera un pederasta y un abusador de menores, ya que, después de leer las afirmaciones de sus detractores, parece un hecho probado.

Cuando indagamos un poco, encontramos que la prueba que esgrimen contra Jaime Gil de Biedma no se halla en denuncias, detenciones, evidencias, juicios ni condenas. La única certeza para afirmar semejante acusación —sin duda la más abyecta que se puede hacer en nuestro tiempo— se encuentra en dos páginas de la obra del poeta catalán.

Cualquiera que lea esas dos páginas de Retrato del artista en 1956 se percatará de lo sórdido que allí se refiere. «El chiquillo que se ocupó conmigo tenía 12 o 13 años […]. No creo haber durado allí mucho más de cinco minutos. No me dejaba besarle, no me dejaba hacer nada». Desde un punto de vista moral, aquello parece detestable y merecería la sanción de la justicia si hubiera sucedido en la realidad, pero —aquí nos topamos con la paradoja que acompaña a todo este «feo asunto»— son sólo dos páginas de un texto de ficción puestas en la voz de un narrador en primera persona.

Aunque una obra literaria se elabore como un diario, no todo lo narrado en sus páginas tiene una relación directa con la verdad. Mucho menos si pensamos que el texto en cuestión no es un diario llevado en secreto por su autor y descubierto años después de su muerte en una caja llena de polvo en el desván de la casa de los abuelos. Retrato del artista en 1956 es una obra pensada desde su concepción para ser publicada, por lo que parece tan obvia su intención literaria, el ejercicio de estilo y lo ficticio de lo relatado que causa perplejidad el ahínco con el que los acusadores se ensañan con el poeta. Explicar ahora, en 2021, que los diarios publicados son ficción es casi pueril. Son tan ficción como las novelas, los poemas o las obras de teatro y, por lo tanto, ningún juez los admitiría como prueba para condenar a nadie. Decía Caballero Bonald a propósito de su Diario de Argónida en 1997: «Uso el término diario con una deliberada ambigüedad. Supongo que si me he decidido a emplearlo es por una previa malicia teórica, en el sentido de no considerar al diario muy ajeno a la ficción. Ningún escritor es capaz de evocar lo que ha vivido sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente equívoca. Incluso se tiende a otorgarle al estilo mayor poder real que al testimonio».

Por lo tanto, podemos afirmar que el pacto entre el autor y el lector se basa en que este último no sólo acepta como reales las historias imaginadas por el autor, sino que finge creerlas, aunque, en el fondo, sepa que no se corresponden con la realidad. En ocasiones pueden producirse malentendidos y, en algunos casos, los lectores pueden romper ese pacto para convertir un texto literario en una verdad revelada, como parece ser en el asunto que nos ocupa, porque, además, en el caso de los diarios, este pacto entre lector y autor parece más cerrado aún, ya que nos da la impresión de acceder de manera directa a la intimidad del autor. Esta sensación de realidad suele darse sobre todo en los diarios publicados en los que se pretende simular con precisión los «diarios reales» —como en el conocido Diario de Ana Frank— para crear esa sensación de verosimilitud tan buscada por autores y lectores. Pero ni siquiera este es el caso de Retrato del artista en 1956, porque nada hay en él que se parezca a las notas volanderas apuntadas en los diarios personales y porque es tan evidente la voluntad de obra literaria del conjunto, que todo este «escándalo», esta confusión realidad/ficción, parece buscar sobre todo el reconocimiento público de los acusadores.

Ya está dicho, «este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras», porque lo cierto es que esta polémica sólo ha servido para pontificar sobre lo obvio, para cuestionar la naturaleza de la práctica literaria y condenar a un escritor por lo que ha escrito, pues parece claro que, aunque los detractores de Gil de Biedma insisten en que su producción literaria no está en entredicho, no tienen ninguna prueba para confirmar su «fea» conducta a excepción de unas páginas de su propia obra que algunos interpretan de manera libre y desacomplejada. Por lo tanto, la única evidencia que arguyen para condenar al poeta catalán es lo que el propio Jaime Gil de Biedma escribió en un texto que, a pesar de que narra lo «sucedido» en 1956, se publicó por primera vez —y de forma fragmentada— en 1974, y no fue hasta 1991, un año después de su muerte, cuando se publicó en su versión definitiva. Nada menos que treinta años para la elaboración de un «diario». Por lo que podemos concluir que, aparte de esas dos páginas escritas por el autor, no hay testigos, no hay pruebas, no hay juicio, ni, desde luego, condena en la que se pueda basar una acusación tan ruin.

En conclusión, este «escándalo» nos da la medida exacta de la valía de la obra de Jaime Gil de Biedma. Esa marca de verdad que acompaña cada uno de sus versos es lo que todavía hoy deslumbra a cualquiera que se acerque a «Pandémica y celeste», a «No volveré a ser joven» o a «De vita beata», por citar algunos de sus poemas memorables. Por lo que nadie debería sorprenderse de que el Instituto Cervantes haya querido sumar el legado del poeta catalán a La caja de las letras. Quizá lo que debería sorprendernos es que esta decisión no se haya tomado hasta enero de 2021.

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