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Madrid/Barcelona

En las últimas décadas, la información sobre Madrid/Barcelona —ciudades-estado que han abducido a las comunidades a las que pertenecen— nos llega a los que vivimos lejos de ellas con tanto detalle que, sin que podamos evitarlo, nos abruma y atonta. De este modo, no es extraño que sepamos los nombres de sus alcaldes, de sus concejales, de sus presidentes, de sus consejeros, de sus corruptelas, de sus declaraciones inexcusables y de sus enfrentamientos con los integrantes de la oposición, a los que, por supuesto, también conocemos. Así, es habitual que personas que viven lejos de estas dos ciudades terminen discutiendo en las barras de los bares sobre la idoneidad de las medidas de José Luis Martínez-Almeida o sobre si el marido de Ada Colau debe cobrar un sueldo o debe renunciar a él con una intensidad impropia de los que viven a cientos de kilómetros de esos lugares.

Los medios de comunicación nacionales nos informan de forma minuciosa de los beneficios y perjuicios de Madrid central y del nivel de contaminación —la famosa boina—, del master más o menos provechoso de Cristina Cifuentes e, incluso, de los problemas morales que plantean los ropajes usados en la cabalgata de reyes por los emisarios de las ilusiones de oriente y occidente. También estamos al día del precio de los pisos de alquiler en la Barceloneta, de los problemas para rotular una tienda en el Borne, los entresijos de la DUI o la forma de actuar y la nacionalidad de los carteristas que operan en el metro de Barcelona. Con imagen y sonido, con comentario sucinto o con tertulia acalorada, parece que somos parte de ellos y que sus asuntos más nimios nos interesan y preocupan. Parece, claro, que España es una ciudad-estado llamada Madrid/Barcelona y que todos los españoles somos madrileños/barceloneses sin que podamos evitarlo y sin que nadie nos haya preguntado. Me sigue dejando estupefacto contemplar cómo personas ajenas a dichas ciudades-estado se ufanan del buen gobierno de sus regidores —llámense Manuela Carmena o Alberto Ruiz-Gallardón— o de la agudeza de la réplica del portavoz de la oposición de turno, ése que siempre acaba por sacar los colores al que manda. «Es lo que hay», que diría nuestro amado Kurt Vonnegut.

Sin embargo, y en una contradicción irresoluble, apenas tenemos noticias de los otros treinta millones de españoles y sus ciudades llenas de sinsabores y alegrías. No sabemos quién es el alcalde de Sevilla, ni el de Lugo, ni el de Guadalajara, ni el de Albacete. Del de Teruel ya ni hablamos. No sabemos a qué partido pertenece el alcalde de Alicante o el de Gijón. Yo, que vivo en Badajoz, no sé quién es el alcalde de Mérida y al de Cáceres lo conocí el otro día por pura casualidad. Y no sólo es eso, tampoco sabemos qué preocupa a la gente que vive en Córdoba o a la que vive en Zamora. Ignoramos por completo qué está pasando ahora mismo en Valladolid o en Toledo. Todo es, en exclusiva, a cuatro columnas y en riguroso directo, Madrid/Barcelona hasta el hartazgo final, como si todo lo que sucede en estas dos ciudades fuera todo lo que ocurre en España y, por lo tanto, lo único que de verdad importa.

Esta exposición mediática ha llegado al absurdo cuando el famoso procés —y sus derivadas— se convirtió en una de las claves para que los extremeños o los murcianos o los asturianos votaran en las elecciones nacionales. Por no hablar de la preocupación existente en Andalucía, Castilla-La Mancha y Cantabria por el aprendizaje del castellano de la chavalería barcelonesa. La ayusomanía, por su parte, y los excesos verbales asociados, —«Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?»—, son transmitidos hasta la náusea por los medios de comunicación nacionales y esa repetición constante nos hace olvidar que sólo es una presidenta de una comunidad autónoma. Una comunidad autónoma grande y hermosa, llena de belleza y de gente formidable, pero sólo una comunidad autónoma más. La presidenta Isabel Díaz Ayuso ocupa el mismo puesto que la persona desconocida que preside el Principado de Asturias. ¿Por qué su relevancia pública? ¿Por qué su omnipresencia en los medios? ¿A qué se debe?

En fin, sin negar, porque sería de necios, que son las dos ciudades más pobladas y dinámicas de España en todos los ámbitos imaginables, es el momento de decir que España no es sólo Madrid/Barcelona, que España es mucho más que todo ese ruido constante y esa furia monótona y que ya está bien, hombre, ya está bien.

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