Artículos Literatura

El fin de la abundancia (1)

Emmanuel Macron appelle à «l’unité» face
à «la fin de l’abondance» et «de l’insouciance».
Le Monde. 24/08/2022.

06.08.2022

Arles es una pequeña ciudad del sur de Francia construida en la ribera del Ródano. Tiene algo más de cincuenta mil habitantes y un pasado glorioso relacionado con Roma y con Van Gogh. Los romanos dejaron un teatro y un anfiteatro ―en el que suelen celebrarse corridas de toros― y el pintor alguno de sus cuadros emblemáticos. La ciudad, sin embargo, sorprende por la suciedad que se acumula en sus calles y por lo ruidoso de buena parte de sus habitantes. Muchas motocicletas y coches circulando a gran velocidad por la avenida de Stalingrado hacen difícil mantener una conversación sosegada. Así, en ocasiones da la impresión de que es una ciudad del sur de España. Los carteles taurinos, por supuesto, ayudan también a la identificación.

Es verdad que la suciedad y el ruido están compensados con un buen número de acontecimientos culturales relacionados con la pintura, la música y, sobre todo, la fotografía. De julio a septiembre se celebra un festival llamado Les recontres de la photographie con cuarenta exposiciones diseminadas por toda la ciudad. No pudimos verlas todas, pero vimos algunas de ellas con una satisfacción desigual. En una de las exposiciones en la que se exhibía el trabajo de varias fotógrafas y creadoras, encontré una proyección en blanco y negro en el que se veía a un grupo de negros latinoamericanos. Era un trabajo rodado en los años sesenta y en él se podía ver cantar y bailar a un grupo de personas al compás que marcaba una mujer de pelo abundante. La mujer recitaba con orgullo palabras en las que afirmaba que era negra, que ya no le importaba serlo ni se avergonzaba de ello. La verdad de aquella filmación fue lo más impactante que vi en todas las exposiciones y me recordó a las palabras que por aquella misma época pronunció Muhammad Ali. «Siempre que iba a la iglesia los sábados me preguntaba cosas. Le preguntaba a mi madre: Mamá, ¿por qué todo es blanco? ¿Por qué Jesús es blanco y tiene los ojos azules?». Ali era un hombre. Un hombre negro, pero un hombre. Aquella mujer anónima, con su voz grave y fascinante, era una mujer negra. Solo una mujer negra.

***

Hemos pasado tres días en Arles y el calor ha conseguido que la estancia no fuera todo lo agradable que esperaba. Además, los ruidos de la calle por la noche y la luz de las farolas que se colaba por las ventanas han hecho difícil dormir. Es triste estar de vacaciones en un lugar caluroso, pero eso ya no lo podemos cambiar.

Una noche cenamos en un restaurante llamado Izakayan by Wa-fou, un japonés con un ramen y un chicken teriyaki espléndidos. Cenamos en la terraza, delante de lo que queda de la antigua muralla. Mientras cenábamos, escuchamos una conversación de unos turistas catalanes ―un hombre, una mujer y una niña― que estaban comiendo en la mesa de al lado:

            ―La Elena ya sabe multiplicar.
            ―No te preocupes, hija, eso no es importante. Lo importante es que tú sabes qué es la empatía.
            ―¿Qué es la empatía, mamá?

Fue tierno escuchar el miedo de esa madre porque su hija, a diferencia de Elena, no sabe multiplicar, a pesar de que era una niña muy pequeña y que no tenía edad para hacerlo. Imaginé la cabeza de esa madre en ese momento. La sonriente cara de Elena multiplicando y su hija al lado, triste y desamparada, sin poder ganarse la vida de ninguna manera, condenada a la ignorancia y al paro. ¿Por qué habló de empatía? ¿Qué demonios tenía que ver con las multiplicaciones? ¿Por qué odiaba a Elena?

***

Una mañana, siguiendo los pasos de Van Gogh, nos acercamos hasta Saintes-Maries-de-la-Mer, un pequeño pueblo costero bañado por el mediterráneo y por un sol abrasador. Los turistas y los oriundos estaban diseminados por la playa o caminando bajo los toldos de un mercado en el que se vendían falsificaciones, bolsitas de lavanda y queso. En algunos lugares del pueblo encontramos unas construcciones de barrotes metálicos, parecidas a jaulas gigantes, para guarecerse en los encierros de toros que se celebran en la localidad. Los carteles taurinos anunciando toros de Victorino Martín me confundían. Era todo tan idéntico a lo español que abrumaba. De Van Gogh pudimos ver poca cosa. Excepto las reproducciones de alguno de sus cuadros junto al lugar en el que fueron pintados. En Arles sucedía lo mismo. Había reproducciones de sus pinturas en el lugar en el que se crearon. Así, en la Quai de la Roquette, por ejemplo, Van Gogh pintó en 1888 el Puente de Trinquetaille. Comparando el cuadro con la imagen real, llamaba la atención que ahora, ciento cuarenta años después, el árbol joven que pintó el holandés se mostrara ante nosotros con aquella majestuosidad. La naturaleza siempre se abre paso para mostrar la belleza de lo que evoluciona y escapa al control de los seres humanos.

***

Hoy hemos llegado a Beaulieu-sur-Mer. Un pueblo cercano a Niza en las faldas de una montaña al que se accede por unas peligrosas carreteras con mucha pendiente y llenas de curvas. La primera impresión es la de un calor sofocante y una multitud de turistas playeros al acecho. Como Zahara de los Atunes, pero con montañas.

Estamos alojados en un pequeño, aunque cómodo, apartamento. Nada comparable a la gran casa de Arles. En la autopista hemos sufrido algunos atascos, pero no teníamos ninguna prisa. De hecho, hemos parado durante una hora en Aix-en-Provence para caminar por su casco antiguo y tomar una limonada. Antes de llegar a Niza, nos hemos detenido en un área de servicio. Los baños estaban nauseabundos. Nunca había encontrado tanta suciedad en ningún lugar de Francia. Esta zona sur del país parece bastante incívica y mugrienta. Mucho ruido por las noches, conductores maleducados en la carretera y en la ciudad ―te juegas la vida cruzando los pasos de peatones― y basura en casi todos los rincones. Si sumamos la parte folclórica relacionada con los toros, la convierte en una patética repetición de lo conocido y la lleva hasta un mundo que yo creía que había dejado de existir. Siempre imaginé la Costa Azul como la mostró Stanley Donen en Dos en la carretera, pero esto es diferente, muy diferente.

Cuando paseábamos esta mañana por Aix-en-Provence contemplé una escena extraordinaria. En medio de la mañana de sábado llena de turistas acalorados, me fijé en una camarera de Le Festival que estaba de espaldas a sus clientes. Le Festival es un bar de copas con una gran terraza cercano a la Fontaine de la Rotonde, al principio del casco histórico. La camarera nos miraba a nosotros, a los que bajábamos por la Rue Espariat, porque intentaba retener el llanto. Apretaba los puños y tenía el gesto compungido. Parecía herida de una manera que no supe adivinar. Era una chica joven, vestida de negro, con un pañuelo violeta anudado a la cabeza. No fue capaz de retener las lágrimas y lloró de manera desconsolada por unos segundos. Cuando consiguió reprimir el llanto, se giró y las clientas a las que estaba sirviendo en aquellos momentos, dos señoras con melenas blancas y blusas de lino, la miraron como si fuera una estúpida. Intercambiaron entre ellas una mirada de suficiencia y tuvieron el decoro de no reírse delante de la muchacha. Pidieron la comanda y la chica la apuntó en una libreta. Las manos le temblaban, pero los turistas caminaban en todas las direcciones sin hacer caso a aquella camarera. No les culpo, lo mismo hice yo cuando el semáforo se puso en verde. La dejé allí en aquella terraza repleta de turistas y me marché.

***

Ahora, mientras pienso en la camarera y en el motivo de su llanto, iluminan la noche unos fuegos artificiales de una fiesta a la que llaman Gran noche veneciana. Hemos ido hasta Saint-Jean-Cap-Ferrat para verlos, pero hemos tenido que regresar a casa porque no hemos encontrado aparcamiento. En este pequeño lugar del mundo han aprovechado hasta el máximo el terreno que la naturaleza les ha permitido. Apenas queda hueco entre la montaña y el mar que no se haya edificado, pero no hay espacio para aparcamientos. Solo edificios. Algunos son suntuosos e inmorales y otros, sin embargo, mucho más modestos, como el que nosotros ocupamos.

Al final, los que viven en esas mansiones interminables han terminado el día como nosotros: mirando hacia arriba, y quizá ellos también hayan recordado los versos finales de aquel poema de Claudio Rodríguez titulado «Cielo»:

Hoy necesito el cielo más que nunca.
No que me salve, sí que me acompañe.

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