Artículos Literatura

El fin de la abundancia (2)

Emmanuel Macron appelle à «l’unité» face
à «la fin de l’abondance» et «de l’insouciance».
Le Monde. 24/08/2022.

07.08.2022

Antes de llegar a Francia estuvimos en Barcelona y conocí o, mejor dicho, recordé cómo era formar parte de «la horda turista». Estuve allí dentro, entre cientos o miles de personas, sudando el calor de Barcelona y mirando lo mismo que miraban ellos: Park Güell, Passeig de Gràcia, Plaça de Catalunya, Las Ramblas, Plaça de Sant Jaume, Catedral, Museo Picasso, … Hicimos una excepción y salimos de la ruta turística para ir hasta la Calle Aribau. Queríamos ver la casa en la que nació Carmen Laforet y que luego retrató en su novela Nada, pero sólo fue una anomalía en nuestro trayecto. Regresamos pronto a ese río incontrolable de turistas en camiseta y pantalón corto que desconocen ―y no les importa hacerlo― la obra de Carmen Laforet.

***

Las escaleras mecánicas estropeadas en la mayor parte de los tramos no impedía que los turistas subiéramos las pendientes con la tenacidad de los buscadores de tesoros. El calor, húmedo e ingrato, empapaba nuestras camisetas y las pegaba a nuestro cuerpo, pero en la cima el Park Güell nos saludaba con la sonrisa de los trabajadores que custodiaban la puerta y, por supuesto, me acordé de Mario Amadas y de su excepcional El día que pase algo. Estuve tentado varias veces de preguntar por él a los trabajadores que estaban allí pasando un calor de mil demonios debajo de sombrillas y sin tener la cabeza cubierta, pero no lo hice. Sí recordé las condiciones laborales de los trabajadores contratados y subcontratados que Mario Amadas mostraba en el libro y no pude dejar de pensar en ellos durante la visita. Había algo sórdido en la muchedumbre que caminaba en todas las direcciones sin importarle los trabajadores. La procesión, de la que yo participaba, era tan absurda y egoísta que daba náuseas. ¿Qué hacíamos allí caminando bajo el sol? ¿Por qué aquella visita nos parecía imprescindible? ¿Qué nos había hecho creer que deambular por aquella montaña urbanizada con mal gusto podría ser esencial para nuestra vida? ¿Qué placer puede proporcionar un espacio masificado?

Al poco me di cuenta de que la labor fundamental de los trabajadores no era misteriosa, pues consistía en evitar que los turistas deterioraran las instalaciones o accedieran a lugares prohibidos o peligrosos. Había una persona dedicada en exclusiva a que los turistas no se subieran al lagarto para tomarse una fotografía sobre sus lomos. Por un momento ―lo miré desde fuera― me dieron ganas de reír. Esperaban turno para posar al lado de esa escultura kitsch. ¿Para qué la fotografía? ¿Como prueba de que uno estuvo allí dentro de esa fotografía que hemos visto ya millones de veces?

De alguna manera, gracias a las nuevas tecnologías, hemos estado ya en todos los sitios, aunque no sepamos aún por qué. Pues no nos importa en qué condiciones lo hacemos, siempre y cuando tengamos una prueba. A pesar de que sea una prueba falsa, repetida y sin motivo. Una prueba que muestra la felicidad que otros han decidido por nosotros, porque la verdad es que, excepto los árboles, lo que vi en el Park Güell me pareció decadente y hortera.

Eso sí, desde lo alto del parque se podía ver un edificio con una pintada legendaria en su tejado. A lo largo de los años he visto cómo cambiaba, pues no era la primera vez que visitaba el Park Güell. Una pintada de otro tiempo que ha perdido el color después de tantos años y que viene a ser una gran metáfora de un mundo viejo que poco a poco va desapareciendo. «Okupa y resiste». ¿Qué pensará el que lea ahora esas dos palabras por primera vez?

***

Como estoy leyendo a Vila-Matas, he creído recordar que vivía cerca del Park Güell. De hecho, al bajar por Larrard hasta Travessera de Dalt pensé que quizá encontraría al escritor vestido con ropa holgada y con un sombrero panamá, pero no sucedió. Demasiado bochorno barcelonés y demasiados turistas desubicados y sedientos como para encontrarnos con Vila-Matas por ninguna de aquellas calles. Quizá ―y es una posibilidad inquietante― no había nadie que fuera de Barcelona. Todos turistas. Ya lo dijeron los Sex Pistols:  God save the queen / ‘Cause tourists are money.

A diferencia del resto de la turba, nosotros buscamos nuestro primer refugio en un restaurante de la calle Rabassa que se llama La Perillosa. Visto el vacío de seres humanos turistas en esta zona, pensé que los amigos de Lonely Planet no la habían reseñado a pesar de ser una calle paralela a Torrent de les Flors y estar a un paso de la Plaça Rovira. Los prescriptores parece que han obviado una parte importante del universo de Juan Marsé y, por lo tanto, los turistas desaparecieron como por encanto. Solo quedamos nosotros.  

Por un momento, con el recuerdo de cientos de páginas leídas, sentí que yo también formaba parte de ese barrio silencioso y agradable, aunque inflamado por el sol de agosto. De tal modo que, gracias a ese silencio, podía oír el tintineo de una estrella de metal que servía de decoración en La Perillosa. El aire acondicionado movía la estrella y esta golpeaba la pared creando una melodía casi mística. Una copa de cerveza bien tirada y la comida y el cuidado con el que fuimos atendidos confirmó lo adecuado de nuestra elección.

Caminamos hasta la Plaça Rovira y luego calle Providencia, Legalitat, Escorial, Encarnación y la memoria de Juan Marsé haciéndose carne en un barrio desierto de turistas. Recordé que en alguno de aquellos locales se reunían los maquis para beber alcohol y planear atracos mientras los niños jugaban en las calles leprosas a indios y vaqueros y a contar aventis más reales que la vida. Las mujeres, por su parte, se encargaban de que todos aquellos soñadores tuvieran cama, comida y ropa limpia, a pesar de que nadie las tuviera en cuenta, a no ser que estuvieran en la última fila de los cines con la mirada perdida en la sonrisa sifilítica de Errol Flynn.

Fue extraordinario estar dentro de los libros de Marsé por un momento, pero pronto volvimos con los otros turistas para descubrir que Barcelona huele a meados. No sé si será por la acumulación de turistas o por la cantidad insoportable de perros paseando con sus dueños o por el eterno escape de gas de la Plaça Rovira. Quizá también pudiera ser por el calor o por la innumerable proporción de personas que viven sobre cartones en la calle. Era un olor a meados sombrío. Una forma como otra cualquiera de recordarnos a los turistas que no somos bien recibidos.

***

Leo Bartebly y compañía, y Vila-Matas dice citando a Del Giudice que «la obra escrita está fundada sobre la nada y que un texto, si quiere tener validez, debe abrir nuevos caminos y tratar de decir lo que aún no se ha dicho».

En el tumulto turista en el que me veo arrastrado, comprendo que la vida es idéntica a una obra escrita y, como los malos escritores, la mayoría de nosotros la vivimos sin abrir nuevos caminos. Nos limitamos a recorrer los ya creados, a repetir lo que ya se ha dicho y a pensar lo que ya se ha pensado, de tal manera que nuestra vida se convierte en una nada gloriosa. A pesar de la apariencia de vitalidad que nos rodea cuando bajamos por el Passeig de Gràcia acompañados de miles de turistas que se maravillan por unos edificios que nunca podremos habitar, ninguno intenta vivir una vida que no se haya vivido aún. Repetimos la que otros vivieron o imaginaron y, así, nuestra existencia, según Del Giudice, no tiene ninguna validez.

Quizá por eso, por repetir lo que otros hacen, y también por refugiarnos del bochorno, entramos en la Casa Batlló. Nuestra intención era, como la de todos, admirar el genio de Gaudí, capaz de lo mejor ―el aprovechamiento de espacios para dotar de luz y aire al edificio― y de lo peor ―su tendencia al abuso de lo enrevesado y de lo kitsch―, pero desde que entré en la Casa Batlló solo pude pensar en cómo las clases dirigentes han vivido siempre por encima de nuestras posibilidades.

Deambular por aquel enorme salón de puertas y ventanas sinuosas me hizo recordar la clase social a la que pertenezco y de la que intento escapar en vano. Nunca podré vivir en una casa de esas dimensiones, ni conducir coches como los que veo ahora circulando a treinta por hora por las carreteras imposibles de la Costa Azul. Solo puedo comprar entradas para ver cómo viven los de la clase privilegiada y ser consciente de que nunca podré vivir como ellos. Ese camino no está dispuesto para mí, no puedo repetirlo, ni imitarlo, ni transitar por él, a pesar de la literatura barata que se ha escrito sobre el esfuerzo y el ascensor social y el sueño americano.

En las últimas semanas, he leído tres libros de Annie Ernaux en los que explicita lo difícil del ascenso social y cómo, cuando este llega, lo hace acompañado de culpa, desarraigo y desclasamiento. Annie Ernaux viene a decirnos lo mismo que Juan Marsé en sus Notas para unas memorias que nunca escribiré: «Haber sido pobre y saber que nunca dejarás de serlo… a pesar del dinero que has ganado».

Los que hemos nacido en la clase baja podemos subir en la escala social tanto como nos permite la adquisición de una cultura ―gregaria e incompleta por utilitarista― que nos proporciona unos medios económicos con los que pagar nuestras facturas. Estos medios económicos incluso nos permiten viajar, cuando no trabajamos, a lugares alejados como Barcelona o Beaulieu-sur-Mer, pero no nos permiten llegar al lugar que nos prometieron los neoliberales. Nunca podremos encargar a un arquitecto que nos construya nuestra Casa Batlló para mirar a los turistas que hacen fotos desde el Passeig de Gràcia a nuestro inmenso ventanal. Nos prometieron que, si nos portábamos bien, nos aceptarían, seríamos uno de ellos, pero nos mintieron. No cumplieron su parte de trato. Nosotros, sin embargo, seguimos cumpliendo la nuestra sin salirnos ni un poquito del guion marcado.

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