Artículos Literatura

El fin de la abundancia (6)

Emmanuel Macron appelle à «l’unité» face
à «la fin de l’abondance» et «de l’insouciance».
Le Monde. 24/08/2022.

11.08.2022

La playa de Beaulieu-sur-Mer a la que vamos todas las mañanas se llama Petite Afrique. Un nombre exótico para proporcionarle una denominación acorde con su fisonomía, pues es una pequeña bahía rodeada de montañas, vegetación, rocas y casas. Parece salvaje, a no ser por que en ella también nos encontramos un restaurante que se llama Baia Bella, que ha extendido una larga alfombra de esparto azul para evitar que los pies descalzos se lastimen con las piedras que cubren la superficie de la playa. Aun así, lo salvaje se puede apreciar en los pinos y las palmeras que procuran sombra, además de proporcionarnos ese olor balsámico que mezclado con el salitre del mar facilita el sosiego. Dada la baja temperatura del agua, apenas me baño, y la mayor parte del tiempo lo paso leyendo debajo de los pinos. No puede uno ser más feliz, porque, además, la playa no suele estar muy concurrida y la paz solo es perturbada por un perro blanco que merodea con su boca llena de baba ante la mirada lejana de su dueño. El dueño es un señor de ochenta años tan tostado por el sol que parece negro. Lleva un bañador oscuro y ajustado y, a veces, se cubre la calva con una gorra verde con el logo de Sprite impreso en el frontal. Excepto la gorra desleída, todo es oscuro en él, incluso un minúsculo tatuaje en su brazo derecho imposible de descifrar. Causa asombro ver cómo deja al perro, tan viejo como el amo, husmear por entre las toallas de los turistas. Él sabrá por qué importuna a los que solo queremos leer debajo de los árboles.

La playa también está llena de inquietantes palomas que buscan entre las piedras restos de comida y de italianos sentados en corro que hablan esa lengua tan armoniosa a un volumen diferente al de los franceses. Sus conversaciones son apasionadas y suelen acompañarlas de gestos tan icónicos que parecen falsos. A veces da la impresión de que quieren que me percate de que son italianos, de que ninguno de ellos nació en la silenciosa y respetuosa Francia. Y yo los escucho. Dejo la lectura por un momento para concentrarme en sus palabras, en sus risas, en sus chascarrillos imposibles de entender y en esa cadencia única de un idioma tan parecido al nuestro. Recuerdo entonces a Léolo Lozone, enfadado, diciendo aquello de «Italia es demasiado bella para pertenecer solo a los italianos». Es demasiado bella, sin duda. Tanto como las mujeres y los hombres italianos que deambulan a mi alrededor. Una belleza que va más allá del tiempo, pues son mayores que yo, mucho mayores en algunos casos.

Apenas a cien metros de nuestro apartamento hay un restaurante-pizzeria que se llama Le Pointu. Anoche nos acercamos para encargar unas pizzas. Mientras lo hacíamos aparece por la acera un viejo de barba blanca, desaseado, con una camisa raída y mal abotonada, que arrastra un carro de la compra lleno de cachivaches. El olor indica su cercanía con la mendicidad, pero una de las camareras de Le Pointu le indica la mesa en la que debe sentarse en la terraza cubierta del restaurante. Ese hombre que camina despacio es un cliente habitual y quizá usa el carro como apoyo para no caerse mientras camina. Puede ser un hombre rico, no arruinado aún, que da los últimos pasos por la tierra, aunque tiene las trazas de un alcohólico. Quizá lo pienso porque antes de ocupar su sitio se dirige a otra de las mesas del restaurante para hablar con un cliente. Su interlocutor es, como él, un viejo desaliñado, vestido con ropa rockera, que ha dado cuenta de, al menos, una botella de vino. La conversación entre los dos está llena de gestos lentos, guiños de ojos y sonrisas cansadas. Se golpean los hombros y los brazos con camaradería, como si fueran caricias. Por un momento me los imagino en el patio de una cárcel y pienso que son dos antiguos ladrones que pasan los últimos días de su vida en la Costa Azul. Mi pensamiento está influido por la lectura de esta mañana en la playa. Sin armas ni rencores, el libro de Rodolfo Palacios en el que se reconstruye lo que sucedió en el robo al Banco Río de Acassuso. En el libro se habla de otro robo y pienso que estos viejos quizá fueran dos de los integrantes de la banda que atracó una sucursal de la Société Générale de Niza en 1976. En aquel robo desaparecieron el equivalente a 27 millones de euros actuales. Los ladrones construyeron un túnel desde las alcantarillas hasta el interior del banco y luego perforaron el muro de la caja fuerte para llevarse el contenido de trescientas cajas de seguridad. Antes de irse, dejaron una frase mítica escrita en la pared: «Ni armes, ni violence et sans haine». Ahora, al borde mismo de la muerte, los dos ladrones se gastan el dinero robado en Le Pointu cada tarde. Disfrutan de las bondades de la Costa Azul. El destino final de todos los ladrones del mundo. El paraíso en la tierra de los delincuentes. La tierra prometida por Dios para aquellos que cumplen todos sus mandamientos y enseñanzas. 

Al atardecer fuimos paseando hasta una playa de Villefranche-sur-mer. La luz del sol decadente y violeta se refleja en la superficie de un mar apenas agitado por la brisa. Es la hora de la cena y no hay personas en las inmediaciones de la playa. El movimiento de los coches es escaso por lo que parece que estamos en plena naturaleza. Nos sentamos por un momento en un banco del paseo marítimo y miramos lo que nos rodea. Es muy revelador comprobar cómo el ser humano ha modificado eso que llamamos «paisaje natural» hasta extremos inconcebibles. Grandes fortificaciones de piedra para la red de ferrocarril y otras similares para sostener las carreteras. Construcciones suntuosas e individuales diseminadas por la montaña junto a algunas más humildes y apiñadas entre ellas. Cerca de la playa también hay algunos edificios de apartamentos, uno de ellos con diez pisos y balcones ordinarios y poco elegantes afea la vista. No hace falta ser muy astuto para saber que estas intervenciones humanas tienen fecha de caducidad, porque la naturaleza se abre paso y terminará por acabar con las construcciones que ahora vemos. En un futuro cercano, quizá alguien pasee por esta playa de Villefranche-sur-mer, llamada de forma estúpida Les bains de la plage, y vea alguno de los vestigios de nuestro paso por la tierra, como en el final de El planeta de los simios, pero lo más probable es que no haya nada, excepto los colores decadentes y violetas del sol sobre la superficie del mar.

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