Artículos Literatura

El fin de la abundancia (7)

Emmanuel Macron appelle à «l’unité» face
à «la fin de l’abondance» et «de l’insouciance».
Le Monde. 24/08/2022.

12.08.2022

Hoy es nuestro último día en Beaulieu-sur-mer. Una semana en la Costa Azul me ha servido para entender un poco mejor eso que Buñuel llamó El discreto encanto de la burguesía. Pasar la mañana en la playa leyendo debajo de los árboles y visitar los pueblos y ciudades vecinas por la tarde no me convierte en uno de ellos, pero es inquietante la sensación de imaginarlo. Estar alrededor de lo exclusivo por una semana te enseña tu lugar en el mundo y también lo imposible de traspasar esa frontera que nos separa de los privilegiados. Pues es obvio que no podemos acceder a muchos de los lugares que nos rodean, solo podemos mirar los muros que nos separan y los precios de la carta de los restaurantes. También podemos caminar por las calles y circular por las carreteras robadas a la montaña, pero poco más. Después de una semana, solo nos hemos cruzado con las personas que trabajan en el supermercado, con los camareros de los restaurantes del muelle, con los turistas italianos con los que compartimos la playa pública y con el personal de limpieza de los distintos alojamientos, pero de los privilegiados solo hemos visto los cristales oscuros de los coches de lujo y las embarcaciones inaccesibles que esperan amarradas en el puerto deportivo. A eso se refería Buñuel con El discreto encanto de la burguesía: parece que están, pero no los podemos ver. 

Para cerrar el último círculo, anoche estuvimos en Mónaco, uno de los lugares más misteriosos en los que he estado jamás. Sin duda, Mónaco es una de las paradojas más deslumbrantes que depara el capitalismo. ¿Qué significa este país diminuto en el mundo? ¿Qué justifica su existencia? Quizá la respuesta sea solo el dinero. Lo definen como un pequeño Principado junto al mar, pero es más bien una empresa multinacional unida a Francia por lazos financieros. Según parece no es un paraíso fiscal, pero leo que «la economía de Mónaco depende de unas setenta entidades financieras que operan en su territorio y mueven fondos por un monto que ronda los cincuenta mil millones de euros en el marco de una estricta confidencialidad y respeto al secreto bancario». Cincuenta mil millones de euros para una ciudad no muy grande, apenas cuarenta mil habitantes, ni muy diferente a otras de la zona, suena a misterio, a verdad no revelada, a cuerno quemado.

El principado de Mónaco está edificado entre montañas y en él conviven grandes mansiones con construcciones más mundanas. Por supuesto, está llena de turistas y curiosos, sobre todo en las inmediaciones del Casino de Monte-Carlo. El tráfico lento en esa parte de la ciudad permite sacar fotografías a los espejos tintados de los coches caros. Los alrededores del casino son además un centro comercial de tiendas de artículos de lujo y hoteles imponentes. Nos asomamos al puerto deportivo desde lo alto y comprobamos la majestuosidad de algunas embarcaciones. Como no puede ser de otra manera, la mayoría de las personas con las que nos cruzamos pertenece a las clases populares. Apenas nos topamos con ninguna persona de la clase privilegiada, excepto a una pareja que vimos entrar en el Hotel de París. Un hombre con esmoquin acompañado por una mujer vestida con un traje de noche. Estas dos personas salieron de la parte de atrás de un Rolls Royce negro en la puerta del hotel y subieron las escaleras acompañadas por los conserjes vestidos con sus uniformes ridículos. Nosaltres no som d’eixe món, sonaba en el recuerdo la canción de Raimon por si aún no me había dado cuenta. 

Lo inquietante es que no hay mucho más reseñable en Mónaco. Es un vacío sostenido en la nada gloriosa del dinero, en los cincuenta mil millones de euros. Asfalto, ladrillos, calles en pendiente, parques cuajados de árboles, objetos brillantes en los escaparates de las tiendas, embarcaciones de lujo amarradas en el puerto, el circuito urbano del gran premio de fórmula uno y poco más. Todo envuelto en una tristeza anodina aunque misteriosa. ¿De qué viven los cuarenta mil habitantes de Mónaco? ¿A qué se dedican? No soy capaz de encontrar una respuesta. 

Luego marchamos hasta Menton para cumplir con una vieja promesa lorquiana —Tu soledad esquiva en los hoteles / y tu máscara pura de otro signo—, pero no pudimos detenernos. Otra pequeña ciudad sobrepasada por el turismo veraniego. El absurdo nos llevó a que no pudiéramos aparcar el coche en ninguna parte y tuvimos que regresar con una lejana impresión de su paseo marítimo, sus calles históricas y las luces de neón de sus restaurantes.

Volvimos a Beaulieu-sur-mer por la carretera en la que hace cuarenta años se mató Grace Kelly. Fue por casualidad. De hecho, lo descubrimos al llegar a casa. Leímos en la prensa que el accidente sucedió muy cerca de La Turbie, en una curva de herradura, en la que el Land Rover no pudo frenar y terminó cayendo por un acantilado de treinta metros de altura.  No es difícil imaginar que alguien pueda morir en las carreteras de estos parajes. Son carreteras con muchas curvas cerradas, con poca visibilidad y muy estrechas. Además, los lugareños conducen a una velocidad imposible. Es paradójico también que Grace Kelly muriera aquí. Una chica de Filadelfia, que conoció la gloria inmarcesible de ser una estrella de cine, muriendo en un acantilado francés sin un solo destello de grandeza. Solo tenía 52 años cuando murió, pero viendo las fotografías de sus últimos años parecía mayor. ¿Cuántas vidas vivió Grace Kelly en esos 52 años? ¿Cuántas veces se arrepintió de haber cambiado la gloria por nada? ¡Qué muerte miserable y ridícula! Grace Kelly atrapada por los hierros fríos de un Land Rover. Grace Kelly atrapada por la prisa triste de los que creen poseerlo todo.

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