Brenda Navarro, una anomalía

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En ocasiones sucede en el mundo del arte. Alguien es capaz de captar el momento en el que crea su obra con la lucidez de los elegidos. No es muy habitual, porque la mayoría de las veces solemos mirar al pasado —a veces incluso a un pasado muy remoto— que nos ofrece unos hechos contrastados y unas verdades reveladas. En otras ocasiones miramos al futuro en una operación de riesgo, pues ese futuro termina por llegar convirtiendo algunas profecías en bufonadas. 

Con Brenda Navarro ha sucedido. Brenda Navarro es una anomalía. La escritora mexicana escribe justo sobre el momento que estamos viviendo y eso la emparenta con los más audaces, porque tanto Casas vacías como Ceniza en la boca ocurren ahora. En un ahora inmediato y, por lo tanto, indescifrable, lleno de dudas, de pasos en falso pero también de certezas. Unas certezas que nos resultarán diáfanas cuando las leamos dentro de veinte o treinta años. 

Las dos novelas de Brenda Navarro nos ayudan a entender qué ha sucedido en las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI y lo hacen con una prosa limpia que se sustenta en una oralidad con muchos matices y un tono insuperable. Esa oralidad nos incluye con su cercanía y consigue que en sus dos novelas haya hueco para todos. Brenda Navarro nos representa con la ternura de la que conoce la naturaleza humana y no la juzga. Ya lo he dicho. Es una anomalía. 

Hay muchos temas destacables en sus novelas —los trabajos precarios, los cuidados, la desigualdad, el amor en tiempos de las redes sociales, la adolescencia prolongada, el racismo aprendido y persistente, la maternidad obligatoria, la violencia sin causa, la explotación de los que consideramos inferiores, el desprecio de occidente por el llamado tercer mundo—, pero me gustaría detenerme en un aspecto pequeño que me ha llamado mucho la atención y que nos ata con un hilo invisible al sistema. En Ceniza en la boca se nos narra el desarraigo de unos migrantes mexicanos en España que mitigan su nostalgia con canciones de Vampire Weekend, una banda de Nueva York liderada por un chico judío que se crió en el Upper West Side y que estudió letras en la Universidad de Columbia. 

Sin saber muy bien cómo funciona el mecanismo, uno de los signos de nuestro tiempo es que las multinacionales se han metido de tal modo en nuestra vida que incluso compartimos con ellas los momentos de intimidad. El abandono, el desarraigo y la falta de amor se condensan en canciones de tres minutos que nos llegan empaquetadas desde el centro mismo del sistema. De este modo, nuestras emociones están dirigidas hacia su «cura» sin que nosotros participemos en el proceso. El asunto es tan complicado que nos hacen creer que somos especiales a pesar de que esas canciones las escuchan millones de personas tan especiales como nosotros. Así, Diego, uno de los protagonistas de Ceniza en la boca, tiene su móvil lleno de canciones de Vampire Weekend. Incluso usa las palabras en inglés de una de sus canciones para que el mundo lo identifique en whatsapp. Un emigrante mexicano que vive en el Madrid periférico de la precariedad se presenta al mundo con las palabras de un chico judío que pertenece a la cuarta generación de una familia formada en una universidad de la Ivy League. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo consiguieron que Diego, el emigrante mexicano que lucha contra la violencia que ejercen contra él en España porque «no es de aquí», se refugie en las palabras de una persona «que no es como él» para encontrar el modo de entender el mundo que le rodea?

Ian Svenonius, el cantante de Nation of Ulysses, The Make-Up, Weird War, XYZ, Escape-ism y Chain and the Gang, respondió a estas preguntas en 2010 en Rockdelux: «El rock’n’roll fue un arma muy efectiva en la Guerra Fría. La usó la CIA para convencer al mundo de que el estilo de vida del capitalismo era el más atractivo posible. Gracias al rock, Estados Unidos proyectaba una imagen de paraíso de la seducción y la sexualidad donde el sistema recompensaba a los que iban contracorriente. El problema es que el rock’n’roll nunca ha sido rebelde, por mucho que sus protagonistas quieran creer que sí». Las canciones de Vampire Weekend tampoco son rebeldes ni contracorriente, pero son parte de nuestra vida sin que podamos evitarlo. Son otra anomalía con la que debemos convivir. Una anomalía, eso sí, distinta a Brenda Navarro, que con su prosa limpia es capaz de contarnos nuestro ahora con la lucidez de los elegidos. Y qué bien nos hace leerla. 

Las dos novelas de Brenda Navarro las ha editado Sexto Piso.

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