Los siete locos – Roberto Artl

Supongo que Ricardo Piglia ha influido de manera definitiva en que haya leído Los siete locos de Roberto Arlt. Antes de leer a Piglia hablando sobre ella, no tenía ninguna noticia ni de la novela ni del escritor y mucho me temo que tanto la una como el otro están muy cerca ya de desaparecer de los libros de historia literaria. No sé si con justicia o no. Lo único cierto es que no podía imaginar que una novela argentina que tiene casi cien años, pues se publicó en octubre de 1929 en la ciudad de Buenos Aires, me resultara tan contemporánea. Habla de todo lo que me interesa: el vacío de la existencia, la muerte de Dios, la alienación o la búsqueda imposible del sentido de la vida. Los personajes son unos perdedores atractivos, que responden a nombres tan inolvidables como Erdosain o Barsut. Y su lectura es inquietante, porque a través de ella podemos comprobar cómo no ha pasado el tiempo en lo que se refiere a la organización social, y eso que Arlt escribe esta novela antes de la Segunda Guerra Mundial y de sus consecuencias. Lo más descorazonador es que, aunque no existe aún la clase media, sí aparece su elemento más representativo: el desclasado. 

«La mayoría vivirá mantenida escrupulosamente en la más absoluta ignorancia, circundada de milagros apócrifos, y por lo tanto mucho más interesantes que los milagros históricos, y la minoría será la depositaría absoluta de la ciencia y del poder. De esa forma queda garantizada la felicidad de la mayoría, pues el hombre de esta casta tendrá relación con el mundo divino, en el cual hoy no cree. La minoría administrará los placeres y los milagros para el rebaño, y la edad de oro, edad en la que los ángeles merodeaban por los caminos del crepúsculo y los dioses se dejaron ver en los claros de luna, será un hecho».

El estilo de Roberto Arlt es muy contemporáneo, muy siglo XXI. Selecciona las palabras con mucha precisión y la sintaxis es contenida y cortante. Podemos encontrar algunas referencias al Quijote en el uso desplazado del narrador, pero lo demás es nuevo y ágil, tal vez porque se cuenta casi a tiempo real.

Como en todas las grandes novelas, la trama de Los siete locos no es importante. Al terminarla, tienes la impresión de estar ante una novela atemporal y visionaria. La idea de la sociedad secreta que quiere llenar el mundo de mentiras para que los hombres puedan creer en algo me parece muy brillante. Incomoda, por otra parte, que sean tan vigentes las referencias a la actualidad de aquellos años. Por no hablar de lo pertinentes que son las referencias a Nietzsche y la muerte de Dios y el superhombre, teniendo en cuenta que no se podía saber entonces la consagración de la filosofía de Nietzsche, como tampoco podía saberse la deriva de las ideas de Lenin ni en qué iba a terminar la Revolución:

«¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?».  

Aunque lo más atractivo de la novela es, sin duda, la creación de sus personajes. Erdosain, el Astrólogo y también Hipólita, esta mujer que era sirvienta y decidió no serlo a través de la prostitución y la boda con un farmacéutico. Un farmacéutico que acabó loco por el amor de Dios. ¡Qué locura! Roberto Arlt crea personajes «extremos», con diálogos muy ricos, que ayudan a «meterse» en una trama inverosímil pero posible. Casi Kafkiana antes de Kafka, casi Joyce antes de Joyce. Además, las descripciones son de una belleza extraña, tanto por el ritmo de las oraciones como por la elección léxica. A veces Arlt abusa de los adjetivos, aunque siempre son inusuales y su uso es sorprendente. 

En definitiva, Roberto Arlt anticipa la sociedad vacía nacida al final de la historia en la que vivimos. Una sociedad basada en el egocentrismo y el hedonismo, en la que nadie cree en nada y en la que el dinero no es la solución a ninguno de nuestros males que se siguen llamando soledad, ausencia de certezas y miedo a la muerte.

«Seremos como dioses. Donaremos a los hombres milagros estupendos, deliciosas bellezas, divinas mentiras, les regalaremos la convicción de un futuro tan extraordinario, que todas las promesas de los sacerdotes serán pálidas frente a la realidad del prodigio apócrifo. Y entonces, ellos serán felices… ¿Comprenden, imbéciles?».

Supongo que comprendemos.   

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