La isla de Bergman – Mia Hansen-Løve

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UNO. Persona, la célebre película que Ingmar Bergman estrenó en 1966, está protagonizada por Bibi Andersson y Liv Ullmann. En una de sus escenas más icónicas, vemos a Alma (Bibi Andersson) enojada al descubrir que Elisabet (Liv Ullmann) la ha traicionado al revelar en una carta los secretos que ella le ha confesado. Como es sabido, Alma es la enfermera que se encarga de los cuidados de Elisabet, que es una actriz aquejada de una dolencia que le impide hablar. Las dos mujeres están en la isla de Fårö ya que la psiquiatra de Elisabet le ha recomendado que se aleje del ruido del mundo para recuperar la voz. En la escena referida, Alma lleva puestas unas gafas de sol negras y a gritos dice: 

—¡Tú me has utilizado! ¡Ahora que no me necesitas me tiras sin más! ¡Sí, oigo muy bien cómo suena! ¡Lo falso que suena! ¡Me has utilizado y ahora te deshaces de mí! ¡Cada palabra! ¡Y después, estas gafas! —justo en ese momento Alma se quita las gafas y las rompe contra el suelo. Luego desaparece del plano.

DOS. En La isla de Bergman, la película dirigida por Mia Hansen-Løve en 2021, se cuentan las peripecias de una pareja de cineastas estadounidenses que llega a la isla de Fårö. Ninguno de ellos ha perdido la voz, pero, en cierto modo, están atravesando una pequeña crisis creativa. Sobre todo, el personaje femenino. Sin ninguna duda, están en la isla porque es el emplazamiento que utilizó Bergman para rodar algunas de sus películas (A través de un espejo, Persona, La vergüenza, Pasión, La hora del lobo y Secretos de un matrimonio) y porque es el lugar en el que el cineasta sueco pasó los últimos treinta años de su vida. Tal vez buscan la inspiración de la leyenda para sacar adelante sus nuevos proyectos. Tal vez solo sea una manera de llenar el vacío o de buscar la belleza en el mismo sitio que el maestro.

Los devotos de Bergman descubrimos con estupor al ver la película de Mia Hansen-Løve que Fårö tiene rutas turísticas —con autobús y guía— que te llevan por las localizaciones en las que se filmaron escenas de las películas de Bergman y, por supuesto, una tienda de recuerdos en la que, entre otros muchos productos de mercadotecnia, venden las gafas de Bibi. Sí, venden una réplica de esas gafas que Bibi Andersson tiró al suelo cuando encarnaba a la enfermera Alma en Persona. Sí, esas gafas que la cegaban, las gafas que impedían que Alma se percatara de que Elisabet la estaba utilizando, ahora son vendidas en una tienda de recuerdos. Las enseñanzas y reflexiones sobre la condición humana que encontramos en las películas de Bergman se reducen a unas vitrinas llenas de tazas y a unas perchas con camisetas. Supongo que el viejo maestro nunca imaginó un terror tan cercano y un vacío tan horroroso.

TRES. Además del asunto de las gafas de Bibi y del Bergman Safari, Mia Hansen-Løve habla en su película sobre la dificultad de unir la creación de una obra artística con los cuidados a otras personas. En La isla de Bergman los protagonistas son dos directores de cine que «sacrifican» su vida amorosa y familiar por el sueño de crear películas donde las relaciones humanas sean la única manera de vivir con plenitud. En sus obras hablan de aceptar las privaciones a las que la crianza de un hijo o la entrega a otra persona te someten a pesar de las satisfacciones que al mismo tiempo te conceden. Sin embargo, en una contradicción irresoluble, para dirigir esas películas en las que hablan de las recompensas y privaciones de la crianza o de la relaciones sentimentales desatienden el cuidado de sus hijos y de sus parejas.

Ingmar Bergman es un ejemplo perfecto para hablar de este asunto, pues tiene una producción artística inmensa y, al mismo tiempo, fue padre de nueve hijos. Cuenta la leyenda que jamás los atendió mientras llevaba a cabo una de las creaciones artísticas más prodigiosas y extensas de la cultura occidental (más de cuarenta películas y más de cien obras de teatro). Esta faceta de su personalidad, junto a la hosquedad y el egocentrismo, tal vez influyeron en la percepción negativa que de él tienen sus vecinos. Mientras vemos la película de Mia Hansen-Løve, y recorremos la isla con la protagonista femenina —a través de los cristales de una réplica de las gafas de Bibi que ha comprado— podemos observar la enorme discrepancia sobre Bergman entre los lugareños que conocieron al cineasta sueco y los extranjeros fascinados por sus películas. No podemos saber si el rechazo de sus vecinos es real o solo producto de la imaginación de la directora francesa, pero en La isla de Bergman es manifiesto. Los que solo lo conocemos por sus películas, los que llevamos siempre las gafas de Bibi, lo amamos por encima de nuestras posibilidades, y por eso nos resulta sorprendente cómo de afilados son los comentarios contra Bergman de algunos habitantes de Fårö que aparecen en la película. Incluso uno de ellos se ofende porque llamen la isla de Bergman a Fårö y lo explica con voz teatral y lastimera:

Mi padre era muy patriarcal. O sea, ¿quién no ha tenido un padre patriarcal? Lo que digo es que Bergman no tuvo dificultades. ¿Sabes qué pasó cuando se alistó al ejército sueco durante la Segunda Guerra Mundial? Le salió una úlcera. Eso le pasó. Ay, no, ¡los demonios otra vez! —con una voz ridícula y compungida—. ¿A quién le pasa eso por alistarse en el ejército sueco durante la Segunda Guerra Mundial? Si éramos neutrales. Ay, no, no puedo. No puedo ir a la guerra —otra vez la voz ridícula—. Debo enfrentarme a mis demonios porque mi papi colgaba cuadros aterradores en las paredes. No me jodas. Vale, puede que un par de críticos pensaran que era lo más. Pero hay todo un mundo más allá de tus narices. Que le den por culo a Bergman. Y para contestar a tu pregunta, no,  nunca conocí a Bergman, pero mis abuelos solían cruzarse con él en el supermercado y les caía super antipático.

CUATRO. La isla de Bergman es una película inquietante, no tanto por lo que cuenta, ni por cómo lo cuenta —una película dentro de una película en la que se habla de películas—, sino porque plantea hasta qué punto la cultura occidental ha devenido en tiendas de recuerdos incluso para gente con «demonios interiores». Una réplica de las gafas que Bibi Andersson rompió en Persona vendida como un recuerdo para los turistas nos habla tanto de la infantilización de la sociedad occidental del siglo XXI como de lo endebles que son nuestros cimientos. 

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