Hay que acabar con Guardiola

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Hace unos meses conversaba con unos amigos ecuatorianos. Uno de ellos, Jorge, comentó con entusiasmo: «No sé cómo lo hacéis los españoles. El genio del siglo XX fue un español, Pablo Picasso. Y el genio del siglo XXI también es español: Pep Guardiola». No pude evitar reír. Les expliqué que en España esa afirmación no solo sería polémica, sino que probablemente provocaría muchos desacuerdos. Más allá de las diferencias entre las disciplinas, de la revisión del legado de Picasso o de lo que Guardiola podría decir sobre «ser español», me reía porque, en nuestro país, su reconocimiento es mucho más complejo. Guardiola está lejos de ser considerado un genio por amplios sectores, y hay quienes lo perciben incluso como un fracasado.

Un ejemplo claro se dio en 2020 durante una tertulia televisiva. La periodista Susana Guasch afirmó que «en la Champions, Guardiola va de fracaso en fracaso». Jorge Valdano replicó con paciencia: «No le llamo fracaso a eso, porque si no tendríamos que decir que fracasan 25 equipos cada temporada». Guasch insistió en que, tras recibir grandes plantillas en el Bayern o en el Manchester City, «acababa palmando dos eliminatorias antes de la final». Valdano cerró la discusión con una frase elocuente: «¿No confundirás a Guardiola con un perdedor a estas alturas? Ha ganado 25 títulos. ¿Qué más quieres que gane?». Este episodio ilustra cómo, en España, el debate sobre Guardiola suele mezclar títulos, expectativas mediáticas y percepciones subjetivas.

Parte del rechazo se explica en el terreno deportivo. Su revolución comenzó en el FC Barcelona, un equipo que, aunque exitoso, genera rivalidad y recelo en otros sectores del fútbol español, especialmente entre los seguidores del Real Madrid, que dominan gran parte de la narrativa mediática nacional. La dificultad de aceptar su éxito reside tanto en su estilo de juego como en la amenaza que representa a la jerarquía del fútbol español.

Pero no solo se trata de fútbol. La dimensión política ha influido notablemente en la percepción pública de Guardiola. Ha defendido abiertamente el derecho a decidir de Cataluña. En un país como España donde el deporte se entrelaza con la identidad nacional, estas posiciones han generado desconfianza y rechazo, amplificado por medios de comunicación de la capital y sectores de la sociedad que interpretan sus palabras como provocaciones.

Esta tensión política ha disminuido en los últimos años, pero las percepciones negativas persisten, sobre todo en la prensa de Madrid y en ciertos aficionados. La combinación de éxitos deportivos, proyección mediática y posicionamiento político puede generar rechazo en un país donde el fútbol y la identidad nacional están estrechamente vinculados.

Sin embargo, más allá de polémicas y titulares, Pep Guardiola ha cumplido con creces la promesa que hizo durante la presentación del Barça 2008-2009: «No sé si ganaremos, pero doy mi palabra de honor de que el equipo siempre se esforzará. Tampoco prometo títulos, pero sí que lucharemos por conseguirlos. Apretaos el cinturón, que nos lo pasaremos muy bien». Su mayor logro no es la cantidad de títulos conseguidos, sino haber enseñado a equipos y aficionados, como mis amigos de Ecuador, a ver el fútbol como un arte colectivo, donde la coherencia y la belleza del proceso importa tanto como el resultado.

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