Los domingos – Alauda Ruiz de Azúa

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Alauda Ruiz de Azúa ha rodado una película llamada Los domingos en la que los personajes hablan poco, pero sus acciones —a menudo en tensión con esas palabras— van componiendo un mosaico que el espectador reconstruye de manera progresiva. No hay discursos en los que se explican acciones, ni grandes escenas dramáticas, sino vidas que poco a poco se van cerrando o abriendo delante de nuestros ojos. Podría ser una película sobre cómo la religión católica sobrevive en la sociedad española contemporánea, pero es, sobre todo, una película sobre la familia tradicional y sus carencias y contradicciones.

En Los domingos se habla de la huida. No una huida espectacular, sino íntima y contradictoria. Dos mujeres, separadas por una generación, buscan escapar de una vida que no les satisface. Ainara, la adolescente, no acepta el mundo que la rodea, ni el lugar que se espera que ocupe en él, por un duelo no resuelto y porque se ha tenido que enfrentar a solas a las indicaciones de su «guía espiritual» en las habitaciones cerradas de su colegio religioso. La respuesta que termina aceptando es el retiro, la renuncia a vivir, el convento de clausura como refugio frente a lo absurdo de la vida. La tía Maite, por su parte, en un momento de lucidez ha comprendido las trampas que el mundo le ha tendido, que se llaman matrimonio, maternidad y alienación. Su huida no es hacia el silencio, sino hacia la posibilidad de una vida diferente.

Ruiz de Azúa establece este contraste sin forzarlo. La cámara observa los espacios que ambas habitan y deja que sean ellos quienes hablen. El convento aparece como un lugar ordenado, limpio, regulado por rutinas precisas. Es un espacio de renuncia, con puertas cerradas, rejas, habitaciones desnudas y tareas carentes de una función colectiva o solidaria. La vida allí parece suspendida, protegida del mundo, pero también fuera de él. Ainara acepta ese encierro, aunque el precio sea la negación de su propio deseo de vivir.

El mundo rutinario en el que vive la tía Maite no es menos opresivo. Un trabajo que no la satisface, un matrimonio con un hijo sin un rumbo claro y las visitas dominicales a la casa materna, donde los papeles se asignaron hace años y se aceptaron sin discusión. La película insinúa con sutileza cómo ese modelo de vida —particularmente para las mujeres— distribuye obligaciones, tareas y silencios que acaban por volverse asfixiantes. La tía Maite sabe, como cantaba Franco Battiato, que «No  sirven más excitantes o ideologías, / se quiere otra vida».

Ruiz de Azúa filma a menudo desde fuera, deteniéndose en puertas abiertas o en espacios cerrados. Las monjas viven entre rejas. Las conversaciones importantes se desarrollan en habitaciones cerradas, incluso los momentos de intimidad familiar parecen constreñidos por una arquitectura opresiva. Frente a ello, los escasos instantes de libertad —una habitación luminosa, unos besos adolescentes— se llevan a cabo en habitaciones con las puertas abiertas.

El uso de Aitormena de Hertzainak en el tramo final es uno de los grandes aciertos del film. La canción habla de confesión y de despedida, de liberarse «cuanto antes», y acompaña el momento en que ambas mujeres eligen su destino. Ainara acepta renunciar a la vida tal como la conocemos a cambio de una rutina estable que, aunque vacía de sentido, resulta acogedora. La tía Maite, por su parte, decide romper con la alienación y buscar una vida nueva, aunque sin ninguna garantía de que pueda llevarse a cabo. La película no juzga ninguna de las dos decisiones, aunque no oculta que la decisión de Ainara no ha sido tomada por ella. Ambas son respuestas a un mundo que no ofrece salidas fáciles, porque Los domingos no propone modelos de conducta ni ofrece consuelo, se limita a mostrar cómo algunas personas eligen el encierro para sobrevivir y cómo otras se rebelan contra la rutina, en busca de un modo de vivir distinto.

Cuando termina, el espectador sale del cine pensando en quién decide las vidas que vivimos y en qué podemos hacer para cambiarlo. Y no es poco.

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