Fue a principios de 1992 cuando, por mediación de un amigo, llegaron a casa varias cassettes grabadas. No eran muchas, pero bastaron para abrir un mundo nuevo. En cada cinta había cuatro grupos que no sonaban en la radio ni aparecían en los circuitos habituales de información musical. Procedían de un lugar impreciso que aún no sabíamos nombrar, pero que sentimos de inmediato como propio. Aquellas cintas las había grabado un chico que sería decisivo en mi vida durante los años siguientes, no tanto por los grupos que nos grabó como por la manera en que nos enseñó a escuchar. La música dejó de ser un simple acompañamiento y empezó a funcionar como una forma de conocimiento y de identidad.
Durante los años noventa, las cassettes se fueron acumulando junto a los vinilos. Ya no las grababa solo él. Las grababan otros amigos, algunos conocidos, gente que intercambiaba música como quien intercambia una forma de vida. A aquellas primeras cintas de 1992 se sumaron muchas otras que acabaron formando una experiencia cultural compartida. Eso sí, no todo eran ventajas, había que aceptar el orden impuesto por quien había hecho la selección, escuchar las caras enteras y convivir con las canciones que no entraban a la primera o que se cortaban al finalizar la cinta. Todo ese aprendizaje se diluyó con la llegada de los CD grabables y, más tarde, con la música digital. Sin darnos cuenta, las cassettes terminaron guardadas en una caja en el garaje de mis padres, convertidas en el archivo de una época que parecía cerrada para siempre.
Aquellos años no fueron solo los de las cintas, sino también los de las conversaciones interminables sobre música. Nombrábamos grupos, discos, sellos, trayectorias, y convertíamos detalles mínimos en leyenda. Éramos jóvenes y pretenciosos. Vestíamos camisas de cuadros, pantalones rotos y calzado que quería decir algo más de lo que realmente decía. Presumíamos de una independencia que no teníamos y hablábamos de rock alternativo, de márgenes y de resistencia cultural mientras repetíamos consignas aprendidas en otros sitios. Yiye Álvarez dice que todo parecía mágico. Y lo fue. No porque lo fuéramos nosotros, sino porque creímos haber encontrado una cultura que nos distinguía, cuando en realidad formaba parte de un engranaje mucho más amplio, sostenido por revistas influyentes, radios extranjeras y decisiones tomadas muy lejos de nosotros.
Hace unos meses, mi hermano recordó una canción de uno de aquellos primeros grupos. No recordaba el nombre de la banda. Solo recordaba las guitarras rugosas, los medios tiempos, las melodías pop, «algo parecido a Popsicle», me dijo. Pensamos que bastaría con ir al garaje y leer los lomos de las cintas, pero mi padre había tirado todas las cassettes el verano anterior. Aquella pérdida convirtió la anécdota en otra cosa, porque ya no buscábamos solo un nombre, sino una forma de escuchar que había desaparecido.
A partir de ahí comenzó una reconstrucción lenta. Fueron reapareciendo los nombres de muchos grupos que habían llegado en aquella primera remesa de 1992. Ride, Teenage Fanclub, Buffalo Tom, Superchunk, Uncle Tupelo, A House, Thousand Yard Stare, The Seers, Power of Dreams, Ned’s Atomic Dustbin, Mega City Four, The Mock Turtles, Top, Ratcat, Five Thirty, The Frank and Walters, Into Paradise, Material Issue, Pavement, The Judybats, Redd Kross, The CandySkins, Kitchens of Distinction, Goo Goo Dolls, The Bats, Close Lobsters, The Young Fresh Fellow o Choo Choo Train. Al hacerlo, nos dimos cuenta de que algunos acabaron ocupando un lugar visible en la historia del rock alternativo, pero la mayoría publicó unos pocos discos o algunos singles memorables antes de desaparecer. Volví a escuchar aquellos discos y comprobé que muchas canciones seguían siendo estupendas, aunque resultaba imposible separar su valor real del peso de la nostalgia. No eran solo canciones. Eran otra cosa.
El grupo que buscábamos sigue sin aparecer, y tal vez eso sea lo más coherente. Tal vez nunca lo volvamos a encontrar porque pertenecía a un sistema de transmisión que ya no existe. Como las cassettes, como aquellas tertulias, como el chico que las grabó y desapareció en el tiempo. Creímos ser distintos, independientes, parte de un mundo secreto al que solo accedían unos pocos. Creímos haber escapado del circuito común, cuando en realidad ocupábamos una de sus habitaciones más pequeñas. No éramos diferentes, aunque lo sintiéramos así. Y, sin embargo, esa ilusión fue real mientras duró, y tal vez por eso seguimos buscando, tantos años después, un grupo cuyo nombre ya no recordamos.


Deja un comentario