No digas nada, la novela publicada por Patrick Radden Keefe en 2020, no es una tragedia shakesperiana —aunque lo parezca—, sino más bien una novela policíaca con pretensiones históricas. La trama avanza a través de revelaciones sucesivas y puntos de giro tan sorprendentes como los de cualquier título canónico del policial, pero estamos ante una novela ambiciosa, ya que abarca medio siglo de historia e intenta reconstruir el conflicto de Irlanda del Norte desde los Troubles, que comenzaron en 1968, hasta el presente. El escenario principal es Belfast, una ciudad conmocionada por asesinatos, secuestros, violaciones de derechos humanos, tácticas guerrilleras frente a un ejército profesional, tensiones religiosas y pulsiones nacionalistas.
Aunque el relato es coral, Dolours Price se impone como la protagonista desde su primera aparición. Patrick Radden Keefe la dibuja con capas contradictorias —verdugo y víctima, estratega y espectadora, militante furiosa y mujer vitalista— que exigen mirarla desde ángulos muy diferentes. Estamos ante un personaje poderoso y perturbador. Una mujer que ejerce la violencia sin contemplaciones y que acaba rota al comprender que sus acciones no admiten reparación ni pueden olvidarse. La voz narrativa —periodística y a ratos confesional— no describe a Dolours desde la distancia, sino que la convierte en un personaje tan humano como incómodo.
Para ser justos, diremos que los giros y las revelaciones de la trama actúan no solo como recursos del género, sino también como dilemas éticos, ya que obligan al lector a revisar sus propias creencias sobre la violencia política, la legitimidad de los asesinatos o la obediencia o violación de la ley por parte de quienes deben defenderla. Al hacerlo, Patrick Radden Keefe demuestra que la llamada «verdad histórica» no es un reflejo de los hechos, sino una construcción colectiva moldeada por la memoria, las omisiones y los añadidos que cada época impone.
La novela nos habla de la contradicción entre el sentimiento de pertenencia —a una organización, a un país, a una religión— y el uso indiscriminado de los asesinatos como medio para defenderlo. El nacionalismo y la religión aparecen como fuerzas que justifican los actos más atroces y Dolours Price encarna el conflicto que atraviesa toda lucha ideológica, pues su entrega a la causa republicana no la redime de la culpa, pero tampoco la priva de humanidad.
Hay otros muchos personajes incómodos en el libro, como Jean McConville, Brendan «The Dark» Hughes, Marian Price, Frank Kitson o Gerry Adams. Es precisamente esa incomodidad la que, al cerrar No digas nada, nos lleva a preguntarnos: ¿cómo reconstruir una sociedad cuando el pasado permanece para siempre manchado por la sangre de los muertos? La respuesta es desoladora, pues no existe posibilidad alguna de reconstrucción mientras los supervivientes sigan con vida y la memoria continúe sangrando como una herida abierta.


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