Aún estoy aquí

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«Sonreíd. Sonreíd para la foto». La Praia do Leblon a pocos metros de la casa familiar. Río de Janeiro. Helicópteros militares sobrevuelan la playa, pero los niños juegan a voley y se embadurnan con Coca-Cola para broncearse. La casa familiar es grande, solariega. Con habitaciones amplias. Una casa llena de discos, llena de libros, llena de esa alegría de la infancia y de los días largos del verano. Las comodidades nunca sobran, claro. Un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada y el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla. Los hijos dominan lenguas extranjeras y ya planifican los estudios universitarios y las profesiones liberales. Zezé aparece en segundo plano. Es la interna. Una criada que atiende a los niños y prepara la comida y que, de forma silenciosa, arregla la casa. «Arreglar la casa» es una expresión mágica. Zezé debió nacer en la entraña misma de la tierra brasileña, en un pueblo del que no recuerda nada. Zezé está al margen, ella no pertenece a la familia. Una familia encabezada por un padre que recibe misteriosas llamadas de teléfono y colabora en la entrega de «información» como en las películas de espías, aunque nunca sabremos en qué está metido. La madre tampoco parece saber nada del asunto. Atiende a sus cinco hijos con la ayuda silenciosa de Zezé. La hija mayor fuma y con sus amigos ve en el cine películas de Antonioni. Luego regresan escuchando música con las ventanillas del coche bajadas. Los militares les piden que se detengan y los empujan contra la pared negra de un túnel. Los padres tienen miedo de que la desaparezcan y la mandan a Londres. 

Se suceden las reuniones con amigos en la casa familiar. Hay muchas risas, pero también miedo. Algunos recomiendan escapar del país. Algunos, los que tienen dinero para hacerlo, se marchan. La dictadura militar. Los años de plomo. El gobierno Médici. Pero la familia protagonista se siente impune. «Sonreíd. Sonreíd para la foto». Y graban su historia con la cámara de super 8 y bailan canciones francesas. 

Je t’aime, je t’aime,
oh, oui, je t’aime 
Moi non plus 
Oh mon amour 
Tu es la vague,
moi l’île nue

En cualquier momento puede aparecer Michi Panero para decir «éramos todos tan felices», pero no aparece. Llegan, sin embargo, unos señores oscuros y se asombran de las dimensiones de la casa, del futbolín, de una forma de vida que no conocen —ni conocerán— y que, sin embargo, defienden. Los militares sin uniforme están tan asombrados que tratan a los dueños de la casa con respeto, como si también fueran sus criados, como Zezé, que sigue en silencio arreglando la casa, antes de que sea despedida por la familia y nadie se vuelva a acordar de ella. Los militares se llevan al padre, a la madre y a una de las hijas para interrogarlos. El padre nunca regresa. La dictadura militar. Los años de plomo. El gobierno Médici. 

La actriz principal (Fernanda Torres) es soberbia y el resto de actores forman un cuadro impactante. Tanto como descubrir que el dinero no sirve siempre para comprar la vida. Se creían impunes, pero no lo eran. Al padre se lo llevaron en el deportivo rojo y lo desaparecieron. 

Luego la película termina, pero vuelve a empezar muchos años después, en otro mundo y en otro tiempo que ya no nos interesa. Termina de nuevo y vuelve a empezar y ya no queremos saber nada, aunque vemos fotos familiares y fragmentos de las filmaciones antiguas con desgana. 

Zezé no sale en las fotos, ni en las películas familiares. 

Zezé desaparece como el padre de la familia, y nadie le hará nunca una película tan hermosa como esta, una película que gane un Oscar y sea aplaudida alrededor del mundo. 

Nadie contará qué fue de Zezé porque ninguno de sus hijos sabrá escribir novelas ni guiones en los que la hagan decir «sonreíd, sonreíd para la foto».  

María Negroni atribuye al cineasta Jan Švankmajer estas palabras. «Todo intento de aleccionar a la sociedad fracasa porque, al tener que utilizar un lenguaje que esta pueda entender, se cae en la más burda complicidad con lo que, en teoría, se pretende cambiar».

So it goes.

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