Hace años me percaté de que una compañera de trabajo había dejado de estar con nosotros en el recreo. Siempre se sentaba en la mesa para compartir chascarrillos y descansar del barullo de las aulas y la vida académica, pero, por una razón que desconocía, había dejado de hacerlo. Me la crucé por un pasillo y se lo comenté. Ella me dijo «¿No te has dado cuenta?». «No» le dije. «No sé qué ha pasado». «Estáis todo el recreo hablando de vuestros hijos». Pensé que esta compañera —que entonces no tenía hijos— exageraba, sin embargo, a partir de ese día me fijé en nuestras conversaciones y comprobé que ella estaba en lo cierto. Alrededor de la mesa todos éramos padres primerizos y hablábamos sin cesar de las hazañas de nuestros hijos: qué comían, qué decían o cómo conseguíamos que durmieran o tomaran los medicamentos. Eran, por supuesto, conversaciones anodinas y aburridas, pero no nos dábamos cuenta, porque en aquel momento nuestra vida giraba alrededor de la crianza y no podíamos concebir nada más excitante ni aventurero. La paternidad es una tarea muy absorbente en los primeros años y apenas si te deja tiempo para nada más. Por eso, nuestras conversaciones, aunque no lo supiéramos entonces, eran tan previsibles y limitadas. Alguien comentaba que su hijo le había preguntado por el significado de la palabra «barranco» y aquello derivaba en saber cuáles de nuestros hijos eran capaces de pronunciar el sonido vibrante doble y cuánto había que esperar hasta llevarlo a un logopeda. Por supuesto, a continuación aparecían los nombres y las direcciones de los mejores logopedas de la ciudad y bla, bla, bla.
Cuando he comenzado a leer Literatura infantil, el último libro de Alejandro Zambra, he sentido algo muy parecido a lo que sentía mi compañera. Las primeras páginas están llenas de historias que para el padre primerizo son muy interesantes (los libros franceses que lee el niño, su alimentación, su relación con las pantallas o con los juegos), pero para los lectores, no. Nunca pensé que diría esto de un libro de Zambra, pero estas primeras páginas de este nuevo libro son tediosas. Es verdad que hay un cuento magistral sobre el consumo de una droga llamada teonanácatl para aliviar la migraña que es pura maravilla, pero el resto no está al nivel de este escritor chileno.
Aunque habla de un asunto capital en nuestro tiempo, sus palabras no están a la altura de la expectativas creadas, pues los «hinchas» de Zambra estamos acostumbrados a una brillantez tan absoluta que nos llama la atención cuando no la alcanza. Él mismo lo explica un poquito más adelante en un cuento titulado «Introducción a la tristeza futbolística»:
«En el caso de quienes somos hinchas de los llamados equipos grandes, las expectativas son siempre demasiado altas: exigimos que nuestro equipo gane, guste y golee todas las semanas, de manera que incluso una victoria estrecha tras un mal partido puede provocarnos alguna dosis de tristeza futbolística».
Alejandro Zambra es, sin duda, un equipo grande y las primeras páginas de este libro son una victoria estrecha tras una mala primera parte que nos provoca alguna dosis de tristeza literaria. No digo mucha, si tenemos en cuenta lo que sucede en la segunda parte del libro, en la que nuestro equipo gana, gusta y golea.
Como un partido de fútbol, Literatura infantil está dividido en dos partes. Es un libro de cuentos sobre las relaciones paterno-filiales. La primera parte es decepcionante (con la excepción del cuento «Teonanácatl»), pero la segunda es tan formidable como prometía. En ella se profundiza en la inseguridad que proporciona la infancia y el descubrimiento del mundo («Garabatos»), en la ruptura familiar como premisa para convertirse en una persona («Rascacielos») y, sobre todo, en la importancia de las relaciones entre padres e hijos durante la infancia para conformar a la persona adulta que deberá enfrentarse en solitario a los problemas irresolubles de la vida.
En esta segunda parte del libro nos encontramos con cuentos en los que Zambra nos narra historias que ya nos ha contado antes —y que nos gustan mucho—: el coche de su padre, la marca del cinturón de seguridad después del accidente, el Tranque Lo Ovalle, las relaciones de amistad en la infancia, la pesca con mosca o un libro que el padre comparte con el narrador pero que este no lee. Estos cuentos «repetidos» son territorio conocido en el que se reflexiona sobre la tensión que provoca la lucha por el poder entre padres e hijos, sobre los lazos de amistad que unen a los niños en la realidad alterada de una dictadura o sobre la importancia del color de la piel para dilucidar quién es el agresor en un atraco callejero. Narrado con el humor y la precisión habituales, en estos cuentos aparece esa mezcla tan atractiva de realidad y ficción que ya es marca de la casa. Asistimos a la creación del libro que estamos leyendo y se nos dice que solo es el libro que un padre quiere dejar a su hijo para que no olvide el amor tan grande que le profesó. Confesión más o menos sentimental que, sin embargo, en el contexto de la obra, adquiere matices trascendentes.
No me parece mal que se repita, de hecho, los escritores que se repiten me gustan. Es más, incluso podría decir que mis escritores favoritos siempre escriben el mismo libro. Pienso en Juan Marsé o Philip Roth. Pienso en Roberto Bolaño o Ricardo Piglia o en Brenda Navarro, que parece que va por el mismo camino virtuoso que Alejandro Zambra.
En definitiva, Literatura infantil, a pesar de la floja —dentro del paradigma Zambra— primera parte, es un libro que ningún otro escritor podría haber escrito, porque solo él puede crear un personaje que escribe una carta a su padre cuando se marcha de casa al final de la adolescencia y al que su padre le dice: «Voy a leerla cuando tenga ganas de llorar. Pero nunca tengo ganas de llorar». Y ese dolor, tan inteligible para los padres que nos sentamos alrededor de una mesa a contar las hazañas de nuestros hijos, ilumina sus palabras y nos guía con acierto en la oscuridad inabarcable del futuro.


Deja un comentario