Artículos Literatura

Ricardo Piglia, autor del Quijote

1

El hombre gravemente enfermo trabaja contra el reloj dentro de la habitación de los cuadernos. Los tiene todos allí, amontonados de forma caótica junto a las paredes. Los mira contrariado desde la puerta e intenta encontrar en ellos la vida que se le escapa. 327 cuadernos almacenados en una habitación oscura, en la parte interior de la casa, lejos de las ventanas y de los ruidos del tráfico, lejos de los focos de la prensa y de la mirada de los curiosos. Una vida —su vida— manuscrita en azul, quizá en negro, con la letra apretada e intensa de los que han vivido entre líneas.

Ricardo Piglia dice —citando a Borges o a Macedonio o a los dos al mismo tiempo o a ninguno de los dos en particular—: «el problema no es cómo está la realidad en la ficción. El problema es ver cómo está la ficción en la realidad». Una paradoja que explica hasta el extremo la obra de pelo rizado del genio de Adrogué. La ficción en la realidad es ese hueco por el que penetra Tlön y nos convierte a todos en habitantes de un lugar apócrifo, la Santa María de Onetti sin salir de la cama o el hijo que busca a su padre porque «ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo».

La leyenda de su diario habla de 327 cuadernos llenos de palabras anotadas en los últimos cincuenta años. Medio siglo escribiendo palabras en cuadernos de tapa dura. Un laberinto repleto de puertas cegadas y promesas de eternidad. Pero el hombre gravemente enfermo mira los cuadernos desde la puerta y no puede imaginarse siquiera ojear las páginas de alguno de ellos, ¿cómo ordenarlos ahora que ya no queda tiempo?

El primer tomo de Los Diarios de Emilio Renzi. Años de formación se publicó en Anagrama en septiembre de 2015. Este primer volumen nos muestra los primeros años del escritor. El mito del origen. La casa nueva, el exilio del padre, la persecución política, los libros, el sueño de convertirse en una celebridad literaria, las primeras publicaciones, los primeros amores, las anfetaminas, Buenos Aires y La Plata. Todo encaja en el libro con precisión de costurera. Parece compuesto para la ocasión, como si toda la vida hubiera esperado ese momento concreto en que todo desaparece y sólo queda aquello que se debe escribir. Las páginas de este primer tomo de los Diarios nos presentan a un escritor fuera del tiempo, un escritor que comenzó a publicar en 1967, justo el año de la primera edición de Cien años de soledad, pero que conocimos muchos años después, fuera ya del área de influencia de García Márquez, de Vargas Llosa, lejos de Cortázar y de Onetti. Ricardo Piglia parece llegar de un mundo diferente, aunque pertenezca al mismo.

Un año después, en septiembre de 2016, apareció el segundo tomo de Los Diarios de Emilio Renzi. Los años felices. La vida cultural y política de Argentina se oye latir en sus páginas. El amor difícil. La soledad del escritor frente al vacío de su creación. Las reuniones en la redacción de revistas culturales, los choques entre las distintas visiones de la realidad, la posibilidad de cambiar el mundo, los guerrilleros, los fachos. No ser capaz de resolver el misterio de la vida le lleva a tantear el suicidio, como su admirado Cesare Pavese. La autodestrucción como señuelo para vivir junto a la paradoja de estar vivo en un universo que se muere, aunque no sepa que se muere. Y entonces aparece la literatura. Entonces sólo queda la ficción para ordenar el mundo, porque allí, en la mitad del segundo tomo de Los Diarios de Emilio Renzi, aparece la palabra clave. En la página 235, que se corresponde con el principio del diario de 1971, el hombre gravemente enfermo escribe sobre José Bianco y dice: «Leído hoy, el libro de Bianco se ha enriquecido por el desarrollo de cierta literatura contemporánea: Nabokov, Auster».

Auster es la puerta de entrada. Una palabra de seis letras justo en el centro de los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi.

2

Una editorial estadounidense, Sun & Moon Press, decidió crear un autor literario a principios de los años setenta para aprovechar el filón abierto en el mercado por El mal de Portnoy de Philip Roth. Para llevar a cabo la operación, contrataron a cuatro profesores de Princeton con la intención de que escribieran las novelas, los cuentos, los poemas y las conferencias del escritor fantasma y, al mismo tiempo, unos expertos en marketing diseñaron la estrategia para «expandir la palabra» —spread the word era el lema del simulacro— entre los círculos literarios de los Estados Unidos. Aunque, en principio, aquella tarea parecía fácil de llevar a cabo, tardaron más de diez años en encontrar la manera de hacer llegar al público los trabajos de este escritor.

Dos de los profesores de Princeton encargados de la redacción de textos eran expertos en el Siglo de Oro español y vieron en aquel trabajo una oportunidad para acercar a Don Quijote y a Lázaro de Tormes a la sociedad contemporánea y a ello añadieron la idea matriz del entramado: todas las novelas del falso escritor tenían que girar alrededor de los mismos temas. El azar, la pérdida, la máscara y el doble. Sin ser idénticas, las obras debían ser muy parecidas. Aquello sería esencial para fidelizar a un público que no debía ser defraudado bajo ningún concepto. Todas las novelas tendrían un argumento similar: un escritor escribe una historia y dentro de esta historia se desarrollan otras historias. Literatura dentro de literatura. Metaliteratura. Espejos. Cultura para las masas. Dinero.

Mientras pergeñaban las cinco primeras novelas, resolvieron una de las incógnitas fundamentales de la operación: el nombre del escritor. El asesor publicitario les aconsejó que su apellido comenzara por la letra A. «Siempre estará el primero en las estanterías», dijo. Después de múltiples sugerencias y propuestas, alguien propuso un apellido judío alemán: Auster. Nadie tuvo ninguna duda al escucharlo. Por su significado y su sonoridad, ese era el apellido, no podía ser otro. Un apellido reconocible y pronunciable en todo el mundo y, además, tan judío, breve y contundente como Roth. Para el nombre de pila del escritor sólo tuvieron que juntar la letra inicial del apellido de cada uno de los cuatro profesores universitarios: Piglia, Alexander, Ulrich y Lee.

Para completar el simulacro, necesitaban encontrar, entre la comunidad judía de Newark, New Jersey, a alguien que representara el papel del escritor. Buscaban a un hombre apuesto, con nariz aguileña y ojos saltones que pudiera competir con Philip Roth no sólo en la lista de libros más vendidos. Cuando lo encontraron a principios de los años ochenta, sólo faltaba llevar la primera novela a la imprenta y fotografíar al escritor para la solapa del libro. Un trámite que se dilató en el tiempo más de lo que hubieran querido.

De redactar la biografía del autor se encargó el departamento de publicidad. La entresacaron de los argumentos de los libros que ya estaban escritos —pero que el público desconocía—. Así parecería que las novelas eran autobiográficas y ganarían una buena porción del mercado, justo el que enloquece con las historias «basadas en hechos reales», esto es, más de la mitad de los que compran libros.

Escribieron:

Paul Auster nació en 1947 en New Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Trabajó como marino, como traductor, como «negro» literario y como cuidador de una finca en Francia. Luego pasó hambre en New York, inventó un juego de béisbol con cartas, se enamoró, escribió una novela policíaca que no firmó con su nombre y, finalmente, tras la muerte de su padre, heredó quince mil dólares que le permitieron escribir su primera novela.

3

Nueve meses después de la muerte de Ricardo Piglia, en septiembre de 2017, Anagrama publicó Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida. Este era el tercer y último tomo de los diarios.

Allí podemos leer: «Todo es una copia de algo que se ha vivido».

En el caso de Piglia, esa copia de algo que se ha vivido es lo que define una vida entregada a la literatura. Una vida entre palabras, con olor a tinta, repleta de esa irrealidad tan propia de los sueños que todos identificamos al cruzar la esquina y encontrarnos con la sonrisa del vendedor de periódicos. Luego, como si fuéramos John Lennon en un tiempo que ya no existe, leemos el periódico al lado de la ventana para descubrir cómo la ficción está en la realidad, cómo todo es una copia de algo que se ha vivido. I read the news today, oh boy, / About a lucky man who made the grade. / And though the news was rather sad. / Well, I just had to laugh. / I saw the photograph.

«Siempre quise ser sólo el hombre que escribe», dice Piglia al final de todo, en la última página de su último libro.

El hombre que escribe.

Sólo el hombre que escribe.

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