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Una forma de fuego

You’ll think I’m dead, but I sail away
On a wave of mutilation.

Wave of mutilation. Pixies

Viven en la costa, en el oeste, la mañana en la que el océano comienza a arder. Ven las llamas desde la biblioteca de la casa. Tienen miedo. Un miedo silencioso y oscuro que también está presente en el resto de las habitaciones de su vivienda y en la imposibilidad de moverse al contemplar aquella bola de fuego sobre el agua. A él aquella visión le recuerda un viejo cuento del escritor estadounidense Jerome Bixby y busca entre los miles de libros almacenados en la biblioteca el volumen en el que se encuentra dicho relato. Ella, ajena por el momento a la búsqueda literaria de su pareja, mira hacia la playa desde el ventanal de la biblioteca. Inmóvil y desnuda, fuma un cigarrillo rubio con los ojos fijos en las incomprensibles llamas que devoran el océano. Entre las volutas de humo de su cigarro y a través de los cristales, puede distinguir en la arena desierta de la playa a una niña a la que jamás ha visto antes. La niña debe tener como diez años y apenas mide metro y medio de altura. Viste algo parecido a un uniforme escolar —una falda a rayas blancas y negras y una camisa blanca de manga corta—, y, como la niña mira hacia lo profundo del océano, se puede ver su larguísimo pelo negro recogido en una coleta. Después de unos segundos, la niña avanza con lentitud hacia el mar y se sumerge en él. Las olas de fuego la sepultan hasta desaparecer de la vista de la mujer que ha seguido fumando impertérrita mientras todo aquello sucede. La mujer piensa que aquel acontecimiento encierra un enigma que ella no es capaz de descifrar cuando poco tiempo después la niña emerge del agua y regresa a la arena de la playa. La muchacha sigue con vida, eso parece claro, por lo que la mujer se alegra de una manera inverosímil, aunque no tarda en percatarse de que toda la ropa de la niña ha desaparecido, su piel presenta un aspecto marino, escamoso, áspero como el corazón de un anfibio, y de su larguísimo pelo negro recogido en una coleta apenas quedan restos. Los habitantes de la casa se miran sin saber qué decir después de ver a la niña correr errabunda sobre la arena. Él ya tiene en sus manos Small war, el volumen de cuentos de Jerome Bixby, cuando la niña desaparece de su vista por la parte derecha de la playa. Al seguir sus pasos con la mirada pueden darse cuenta de que, aparte de la niña, no hay nadie más en las inmediaciones del océano. En aquel pueblo de la costa viven más de ocho mil personas, pero no hay nadie asomado a las ventanas ni a los balcones ni a las terrazas de los edificios. Tampoco hay nadie caminando por el muelle ni sobre la arena refulgente de la playa. Sólo la niña, ellos dos y el océano en llamas.

El hombre pasa nervioso las hojas del libro, busca en el índice el cuento titulado «Great ball of fire». El índice le lleva hasta la página 45, lugar en el que se encuentra el inicio del cuento, y empieza a leer el relato en voz alta. De ese modo, la mujer también podrá conocer la evolución de lo que allí se narra, pues han decidido, sin atender a razones, que en aquellas páginas podría haber alguna explicación a lo que sucede. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo leyó y, dice, he olvidado casi todos los detalles. La mujer desnuda sigue mirando a través de los cristales del ventanal hacia el océano en llamas, silenciosa e inmóvil como una nube, mientras él lee en voz alta el cuento. El relato habla de marineros errantes, de personas a la deriva, de un pequeño barco pesquero que se encuentra en el Pacífico llevando a cabo su faena y es sorprendido por una gran bola de fuego. El barco vuelve a puerto con la bodega repleta de peces y camarones, cuando, a las 8:15 de la mañana, se ve atrapado por la virulencia del incendio. El viejo capitán no había visto nada parecido en sus sesenta años, por lo que reclama la presencia de sus marineros tocando la campana, pero ninguno de ellos acude. Todos han desaparecido sin dejar ninguna señal. El capitán merodea por las escasas dependencias de su barco, busca en los camarotes, en el comedor y en los baños, pero no hay nadie allí, todos se han convertido en humo y sólo quedan llamas a su alrededor, una gran bola de fuego que, si quiere sobrevivir, necesita cruzar con su pequeño barco sin saber aún qué encontrará al otro lado. Se amarra a su puesto de mando con una cuerda de gran tamaño y enfrenta su nave a la gran bola de fuego con mucho menos valor del que siempre se había supuesto. Luego pone la embarcación a su máxima velocidad y cierra los ojos. El cuento de Jerome Bixby termina justo ahí, con la desaparición del pequeño barco pesquero entre las llamas y, después de leerlo, el hombre se arrodilla delante del ventanal y permanece en silencio. Sabe que no hay ninguna respuesta en aquel cuento a la pregunta que el mar en llamas les propone.

La mujer se vuelve hacia los libros de la biblioteca y dice no era ése, no era ése, es otro distinto. Busca en los anaqueles de la estantería durante unos minutos. El hombre mira a lo lejos, arrodillado cerca del ventanal caliginoso, la coreografía enferma de la mujer ante los libros. Ella recorre con su dedo índice los lomos y cuchichea los nombres de los autores en una letanía. El lado izquierdo de su espalda parece oscuro por momentos, y se torna marino, escamoso, áspero como el corazón de un anfibio. Era éste, dice, y muestra un libro de cuentos del escritor japonés Yasunari Kawabata titulado Historias de la palma de la mano. Busca en el índice ansiosa hasta que encuentra que el relato «Ciudad portuaria» comienza en la página 45. Lo lee en voz alta, porque el hombre se lo pide. Éste confiesa que no lo ha leído nunca. Ella lee con voz amarga una historia que comienza con la irrupción de un pequeño barco pesquero estadounidense en la costa japonesa. Sólo lleva un tripulante, un viejo capitán aturdido, un hombre a la deriva, aunque la bodega está repleta de peces y camarones. Nadie en el puerto puede entender qué dice a pesar de los esfuerzos que realizan, pues parece claro que aquel hombre ha visto algo en el mar que necesita contar a todos. Uno de los trabajadores del puerto recuerda que su hija estudia inglés en el colegio y va a buscarla mientras el resto de estibadores calman al viejo con caricias varoniles y palabras incomprensibles aunque pronunciadas con amabilidad. Traen por fin a la niña delante del viejo capitán que, sin que haya podido evitarlo, ha llorado con entereza en ese intervalo de tiempo. La niña viste algo parecido a un uniforme escolar —una falda a rayas blancas y negras y una camisa blanca de manga corta— y, aunque sus conocimientos del inglés son todavía muy escasos, acierta a traducir lo que dice el capitán de barco estadounidense. Una gran bola de fuego sobre el mar, dice la niña, una gran bola de fuego sobre el mar.

Cuando termina de leer el cuento, la mujer llega hasta la ventana donde espera el hombre arrodillado. Ella también se arrodilla para que puedan abrazarse. La mujer deja el libro de Yasunari Kawabata encima del suelo con la contracubierta hacia arriba mientras el hombre le acaricia la espalda con imprecisión. Luego cierran los ojos.

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