Artículos Cine

El último tango en París

Nunca creí que el último naufragio fuese un lugar tan cierto, y tan a tientas.
Francisco Brines.

Quizá porque ha visto demasiadas películas de navajeros del extrarradio madrileño o porque en su cabeza deambulan sin freno las noticias sobre «la inseguridad ciudadana» de los informativos, el joven siempre siente miedo cuando se encuentra en Madrid. No está seguro de la razón y no le importa, pero tiene miedo, sobre todo, cuando la noche oculta aquellas calles que no sabe a dónde conducen. Aunque habría que aclarar que es un miedo íntimo, un miedo que nunca ha confesado a su chica, pues no ha llegado todavía el momento de romper con el legado machista que le impide mostrar sus emociones en público. Eso quizá sucederá muchos años después de lo que se cuenta en esta historia.

Ese miedo aparece ahora en una pequeña plaza de Madrid —el joven no sabe su nombre, sólo sabe que está detrás de la Gran Vía—, en la que se encuentran los cines Renoir. A esa hora de la noche los laterales de la plaza están ocupados por un grupo de yonkis que han encendido una pequeña hoguera en un bidón metálico. Es una noche de invierno muy fría y la pareja pasa delante de ellos sin que aquellos hombres consumidos les miren siquiera. La pareja lleva todos los botones de sus abrigos abrochados y oscuras bufandas alrededor de sus cuellos. El joven, además, lleva las manos en los bolsillos —la chica fuma— y pasa tanto miedo al contemplar las pequeñas llamas del bidón metálico que se hace daño en la mano derecha de apretar el mechero. Dentro del cine, sin embargo, se siente seguro en la compañía de las pocas personas que se han acercado un día entre semana para ver en versión original la mítica película de Bertolucci. La pareja tiene entonces poco más de veinte años y van a verla no por el escándalo que tuvo lugar en su estreno en los setenta, sino por la reputación que tiene la película entre la crítica más exigente. Han leído juntos muchos textos de André Bazin, de Ángel Fernández-Santos, de Gene Siskel o de Roger Ebert en libros prestados por la biblioteca de la Complutense, aunque han venido también para ver a Marlon Brando y al chico de Los cuatrocientos golpes.

La película es tan incómoda como habían leído en la habitación del piso compartido en el que vive la chica, aunque no les escandalizan las relaciones sexuales mostradas pues el paso del tiempo las ha convertido en coreografía casi bufa. Lo que les preocupa, lo que preocupa al joven para ser más exactos —un joven que quiere ser director de cine como el muchacho que interpreta Jean-Pierre Léaud en la película—, es que su chica lo abandone por un hombre mayor, porque Marlon Brando es para ellos un hombre mayor a pesar de que sólo tenga cuarenta y ocho años. Esa diferencia de edad impide comprender a un chico de poco más de veinte que ha leído muchos libros y ha visto muchas películas, pero que no ha vivido más que como experiencia vicaria, qué sucede en la cabeza del personaje de Marlon Brando. De este modo, al joven le produce repulsión su forma de hablar, los piadosos movimientos de sus manos y lo ridículo y perturbador de su forma de vestir, porque sabe que jamás podría luchar contra alguien como él y porque sabe, además, que su chica terminaría en el apartamento semivacío del hombre mayor para conocer de primera mano el verdadero sentido de la existencia. «No serás capaz de librarte de ese sentimiento de soledad hasta que no mires a la muerte de frente». Esa posibilidad le aterra y, por eso, cuando salen del cine abrazados, es una noche de invierno muy fría, el joven dice que la película no habla de la búsqueda de la identidad más allá del lenguaje, ni del vacío de la vida del ser humano ni, por supuesto, del absurdo de las relaciones amorosas y familiares, la película, dice el joven, sólo es una excusa para que un hombre mayor engañe y viole a una muchacha que, a buen seguro, terminará destrozada para siempre.

La chica no está de acuerdo con esa apreciación puritana, quizá seducida por el atractivo enfermizo de Brando, quizá por otra razón, y mientras estaba dentro del cine no ha pensado ni una sola vez en violaciones ni engaños. La posibilidad de una vida plena que le ofrece aquel hombre mayor no puede compararse en absoluto con la que le ofrece el joven temeroso con el que dormirá esta noche en la cama de su habitación. Ella lo sabe, pero no dice nada, fuma un cigarrillo rubio mientras se deja abrazar por el joven, es una noche de invierno muy fría, y lo imagina con cuarenta y ocho años y el pelo blanco y un abrigo camel de lana cashmere mientras llora en un puente sobre el Sena. Esa imagen la reconforta de una manera que no puede explicar.

Cuando llegan al piso compartido, después de tomar una pequeña cena, se van a dormir. Siempre duermen desnudos y, como nunca bajan la persiana de la habitación, ésta siempre se encuentra iluminada por la luz difusa de la luna y las farolas de la calle. Ella no tarda en dormirse, pero el joven no puede. Se incorpora en la cama y mira la expresión ausente de la chica que duerme con las manos entrelazadas cerca de su cara. La imagina en manos de un hombre de cuarenta y ocho años incapaz de encontrar un sentido a su existencia y comprende —no sabe cómo comprende, pero comprende— que no le importa. Sabe, de alguna manera que tampoco puede explicar, que dentro de veinte años él será el hombre mayor que no encuentra su lugar en un mundo vacío y tendrá el pelo cano y estará tan solo como Brando y quizá encuentre a una chica de poco más de veinte años, como la que duerme ahora a su lado, y tratará de arrancarle la inocencia que él una vez tuvo y perdió, y le dirá, mirando el hueco precioso al final de su cuello, «aquí no necesitamos saber nuestros nombres, no es necesario. ¿No lo comprendes? Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas. Olvidaremos a las personas, lo que sabemos, todo lo que hemos hecho. Vamos a olvidar dónde vivimos, olvidarlo todo», y no podrá dormir.

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