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I built this thing for you

Lo conocí en un viaje en autobús. Era un chico guapo, pintón. Con los ojos achinados y el pelo largo. Estilizado y vestido con una extraña elegancia, tenía la voz oscura y un acento norteño que aún no había perdido, a pesar de los años que llevaba viviendo en la capital. Fue en agosto de 1994, cuando el futuro todavía estaba en su sitio. 

Veníamos de pasar cuatro días en el Festival de Reading en un viaje organizado por Paco Pérez Bryan. Compartimos asiento y hablamos durante horas mientras dejábamos atrás Inglaterra, luego Francia y llegábamos a España. La infancia. La adolescencia. Quizá la política. Pero hablamos sobre todo de música. De aquella pasión que éramos incapaces de dominar y que nos tenía ocupados todo el día. Con la pasión de los pocos años, hicimos un repaso de lo que habíamos visto en el festival, de los grupos que compartimos y de los que no. Hicimos bromas sobre la numerosa presencia de españoles en el concierto de Elastica, sobre la solemnidad con la que los británicos recibieron a The Wedding Present, el concierto «histórico» de Hole, la excelencia de Pavement y alguna anécdota de Evan Dando en su paso atribulado por el Madrid de los excesos. Agotado ese tema, terminamos hablando de nuestros grupos favoritos de siempre. No recuerdo ahora si dije The Clash o The Smiths, pues aún no lo tengo claro, pero él dijo The Stone Roses. Después comenzó a relatar la vida y milagros del grupo de Manchester. Yo desconocía la mayoría de los datos, porque nunca fui un fan de la banda, aunque muchas de sus canciones me encantaran. Es preciso aclarar que en 1994 hablar de The Stone Roses era como hablar de la Edad Media. Solo habían pasado cinco años desde la publicación de su primer disco, pero cinco años para nosotros era una eternidad. Aquel chico se llamaba Jose Morán y había ido al Festival de Reading porque proyectaba crear junto a su hermano un festival parecido en España. De alguna manera, lo consiguieron. Lo llamaron Festival Internacional de Benicasim y su repercusión hoy está fuera de toda duda.

Solo lo volví a ver una vez más en mi vida. Este segundo encuentro se produjo en la Sala Maravillas de Madrid en la primavera de 1995. El segundo disco de The Stone Roses ya era entonces una realidad, pero no recuerdo que habláramos de ese disco. Nuestra conversación fue breve. Muy breve. Nada que ver con la que tuvimos en el verano de 1994. 

Como todos los veranos, en el del 94 también hubo rumores sobre que el segundo disco de The Stone Roses estaba a punto de salir. En el autobús de regreso, Jose Morán dijo que él esperaba que nunca saliera, porque no iba a estar a la altura del mito. Si hacían algo parecido al primer disco, ya no iba a encajar en el mundillo musical de 1994, muy diferente al de 1989 y, si hacían algo distinto, él sabía que sería algo antiguo. Tenía claro que The Stone Roses no iban a dar un paso adelante sino varios pasos atrás. Y eso le provocaba miedo. Jose Morán tenía miedo a perder la maravilla, como dijera Lorca, y no le culpo.

En noviembre de 1994 se publicó Love Spreads, el primer sencillo del segundo disco de The Stone Roses y los peores augurios se cumplieron. El estribillo era bueno, pero el resto de la canción era un delirio de guitar hero. Solo dura cinco minutos, pero parecen cincuenta. En aquellos años fue una broma recurrente afirmar que, durante los cinco años de espera entre un disco y otro, John Squire había recibido clases de guitarra en una academia de blues para aprender un montón de riffs y licks pasados de moda, porque eso es lo que parecía aquella canción: una pálida imitación de trucos de guitarra desgastados, en un mundo, el del rock alternativo, alérgico al virtuosismo. The Stone Roses ya no eran de la Edad Media, habían llegado al paleolítico y se habían convertido, por fin, en dinosaurios. El mito se derrumbó.

Sin embargo, en febrero o marzo de 1995 vi en la MTV a Ian Brown sudoroso y drogado sobre un colchón sucio mientras cantaba una melodía increíble. ¿Qué era aquello? ¿Cómo era posible? La canción se titulaba Ten storey love song y, a pesar del solo de guitarra, era una canción formidable. De las mejores de su carrera. Todo encajaba: la estrofa, el puente y el estribillo. Además, la producción era certera, amplia, llena de detalles atemporales, a excepción, claro, de los excesos con la guitarra. Era el segundo sencillo del álbum y dudé. Quizá Jose Morán se había equivocado, pero no lo hizo: Second coming es un pastiche infumable. Aun así, de vez en cuando lo escucho, aunque nunca entero. Pongo la canción número tres varias veces seguidas y canto ese estribillo inolvidable: Ten storey love song, I built this thing for you, Who can take you higher than twin peak mountain blue? Oh, well, I built this thing for you. And I love you true…  Y mientras la canto, recuerdo aquel viaje en autobús y aquella conversación sobre la imposibilidad de sobrevivir a la pérdida de un mito y soy un poquito feliz, no digo demasiado, porque ahora sé que no se puede. Ahora sé que es imposible sobrevivir a esa pérdida.

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