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Formas de volver a casa

El narrador de la primera parte de Formas de volver a casa, un niño de nueve años, ha viajado con sus padres al Tranque Lo Ovalle para pasar el fin de semana. A pesar de que no le apetece, no le queda más remedio que ir, porque los niños obedecen a los padres. Es una ley universal. Los niños viven la vida de sus padres. No tienen elección ni criterio formado para hacer ninguna otra cosa, pues han sido programados desde el inicio para obedecer. Para repetir consignas. Para no ser ellos. Sin embargo, una vez han llegado al paraje natural, el narrador decide fingir un resfriado para estar en la cama más tiempo y evitar así el paseo por lo salvaje. Sus padres se van a las rocas, a disfrutar de la naturaleza, y el narrador se queda en la pieza escuchando a Raphael. Lo hace en una cassette con sus grandes éxitos que su madre ha grabado de la radio. Entonces, cuando lo está escuchando, oprime sin querer la tecla rec y, como es una cinta virgen, borra una parte del estribillo de «Qué sabe nadie». Al niño, para solucionar el problema, no se le ocurre nada mejor que grabar con su propia voz esos segundos borrados y así no ser descubierto. Cuando lo hace, cuando graba el estribillo con su propia voz, el resultado le satisface, aunque le preocupa la falta de música en esos segundos. En el viaje de vuelta a Santiago, los padres ponen la cinta de Raphael —uno de sus cantantes preferidos, otra herencia que reciben los niños— y el narrador se las apaña para cantar «Qué sabe nadie» a gritos para impedir ser cazado. Sin embargo, una vez en casa, cuando cava una pequeña fosa junto al rosal para enterrar la cassette, y eliminar así toda prueba de su delito, le descubren.

En esta escena, cómica en la superficie, se encuentra gran parte de la esencia de esta novela. Tenemos por un lado la canción de Raphael. No cualquier canción de Raphael. Qué sabe nadie, si ni yo mismo, muchas veces, sé qué quiero. Qué sabe nadie lo que me gusta o no me gusta de este mundo. Una canción que el narrador ha heredado de sus padres del mismo modo que todo lo demás. Unos padres que lo llevan al campo contra su voluntad y a los que, a cambio, engaña. Primero con un resfriado falso y luego con la falsificación de la voz de Raphael. Para enmendar el fragmento de cinta borrada, para explicar aquello que no hicimos o que olvidamos, el niño imita la voz de otro y, de este modo, sabe que existe una posibilidad de salvarse. Sustituye la voz de Raphael en «Qué sabe nadie» para que su delito no sea descubierto en primera instancia. Aunque para salvarse de manera definitiva, luego intenta enterrar la cinta en el jardín, como se hace con los muertos. Con esos muertos, esas personas que también fueron borradas, que circulan alrededor de la familia del narrador en el Chile de los setenta y primeros ochenta. Unos muertos que nunca llegaron a su casa, pues en su familia no hay muertos —ni libros— y el narrador sabe que, de forma paradójica, esas ausencias no indican nada bueno. Su familia, durante la dictadura, se negó a decir lo que pensaba. Lo ocultaron como en la canción de Raphael o, quizá, y esta opción es mucho peor, no tuvieron necesidad de ocultar nada. Se sentían cómodos en aquel Chile construido a la imagen de los privilegiados. En el que la función de las clases trabajadoras era la de hacer el trabajo sucio en el juego de la vida. Los dirigentes buscaron fórmulas para que los trabajadores se sintieran orgullosos de hacer ese trabajo y les dieron una bandera, un himno y palabras de otros. Palabras aprendidas por los humildes para justificar su silencio, su ignorancia, su falta de acción, su cobardía. Pinochet fue un dictador y todo eso, mató a alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden, dice su padre imitando la voz de otro encima de la cinta borrada por los militares que asaltaron La Moneda en septiembre de 1973. Una cinta enterrada en el olvido de Pisagua o bajo las olas del mar.

En algún momento de la lectura de Formas de volver a casa, recordé aquellos versos de Alejandra Pizarnik «y nada es promesa / entre lo decible / que equivale a mentir / (todo lo que se puede decir es mentira) / el resto es silencio / sólo que el silencio no existe». Lo recordé al darme cuenta de lo difícil que es narrar lo que sucedió en Chile desde septiembre de 1973 en adelante sin caer en lo desgastado, en lo que ya se ha convertido en mentira. ¿Cómo contar aquello para lo que no tenemos palabras? ¿Cómo podemos traer ese abismo al presente si las palabras mienten? Si todo lo que se puede decir es mentira, ¿cómo lo decimos?

Alejandro Zambra sabe cómo hacerlo y lo hace. Para ello, crea un narrador titubeante, esquivo. Un narrador que viene y va buscando explicar su propia historia. «Sabía poco, pero al menos sabía eso: que nadie habla por los demás. Que aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia». Ese narrador que usa la voz de otros para contar su propia historia nos hace reflexionar sobre la memoria, sobre esa construcción de recuerdos que aspira a cobrar sentido. En nuestra vida, todo tiene que tener una explicación, las piezas deben encajar como en un puzzle gigante. Por eso, el narrador escribe conociendo que, durante la dictadura, hubo niños que jugaban a ser detectives mientras otros niños sentían miedo. Sabe que hubo niños que tuvieron que ser otros «de verdad», porque no podían ser quienes eran, del mismo modo que lo hicieron algunos adultos que lucharon contra una dictadura que fue, en el fondo, un enorme y despiadado juego de niños. El Estadio Nacional, un lugar de tortura y asesinato en 1973, en 1977 está lleno de una muchedumbre que canta canciones infantiles y ríe con las bromas de Chespirito. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo encontrar las palabras para explicar las risas y la alegría en el Estadio Nacional si sabemos que las palabras no nombran, si sabemos que las palabras mienten? ¿Cómo evocar ese dolor, ese abismo?

Formas de volver a casa es una novela que no termina nunca y que, entre otras muchas cosas, nos habla a los que vivimos en una dictadura sin que hubiera muertos en nuestra familia. Nos habla a los que vivimos en una familia que permaneció ajena a lo que sucedía alrededor mientras la dictadura torturaba y asesinaba a los disidentes. Formas de volver a casa es una novela para llenar ese vacío.

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