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Poeta chileno

«Fracasar sería despertar de pronto en medio
de una vida insulsa, condenado a la cadena
perpetua de un trabajo desgraciado».
Alejandro Zambra. Poeta Chileno.

1

Gonzalo quiere ser poeta. Llegar con las palabras al sentido último de las cosas. Es una aspiración admirable, pero Gonzalo se enamora y, al mismo tiempo, necesita escapar. No sabe a dónde, ni por qué, pero necesita escapar. Es adolescente, quizá eso lo explica todo o no lo hace de ninguna manera. Ella se llama Carla y parece ser la mujer idónea, aunque haya estudiado en un colegio particular de monjas en Ñuñoa. Quizá no sea la mujer perfecta, pero eso Gonzalo no puede saberlo. Quizá sólo sea un recuerdo, una posibilidad de vida, algo que sucedió hace mucho tiempo en otro lugar distinto a éste y que permanece incorrupto porque el tiempo del amor fue muy corto y etcétera, etcétera. Gonzalo, por supuesto, escapa.

Cuando regresa, Santiago de Chile ya no es el mismo Santiago de Chile, ni Gonzalo es ya el mismo Gonzalo, pues han pasado los años o recuerda los años pasados, lo mismo da. El tiempo no existe más que en nuestra cabeza y lo que parece movimiento quizá sólo sea quietud: una montaña parada en medio de una tormenta de siglos. La poesía chilena, sin embargo, sigue siendo la misma a pesar de los pesares. «Mucha gente dice que la poesía es inútil, porque le tienen miedo a lo inútil. Todo tiene que tener un propósito. Odian el ocio, están enamorados del negocio. Le tienen miedo a la soledad. No saben estar solos». La poesía chilena es, para ser esquemáticos, un grupo de hombres que busca llegar con las palabras al sentido último de las cosas. También hay algunas mujeres, aunque pocas, por eso, los grandes poetas chilenos tienen nombre masculino —Pablo, Nicanor, Raúl, Enrique. Sus poemas, en el mejor de los casos, hablan de un tiempo que ya no existe y que no volverá, aun así, todos sabemos que «hubiera sido mejor echarle la culpa a la poesía, pero habría sido mentira, porque ahí están esos poemas que acaba de leer, poemas que demuestran que la poesía sí sirve para algo, que las palabras duelen, vibran, curan, consuelan, repercuten, permanecen».

2

Pru, una joven estadounidense, llega a Santiago de Chile para escribir un artículo y allí conoce a Vicente, que es el hijo de Carla y el hijastro de Gonzalo, el exhijastro de Gonzalo para ser más precisos —¿pueden los hijastros dejar de serlo? ¿Pueden las palabras nombrar a la realidad hasta convertirla en algo más amplio que un pequeño cuarto construido en un jardín? Tenemos todas las preguntas dentro de una caja metálica tan enorme como el Estadio Monumental en el que juega sus partidos Colo Colo, pero nadie sabe las respuestas a excepción de los poetas chilenos y de, por supuesto, los detectives salvajes. Ellos también las saben.

Pru, decíamos, es una mujer estadounidense que llega a Chile con un billete de avión equivocado. De la geometría de Nueva York a la angustia de Chile más allá de las dificultades del cambio de idioma y cultura, más allá del miedo a montar en un taxi conducido por un hombre de mirada torva, más allá de la audacia de ocupar la habitación minúscula en la que un poeta chileno amontonó sus libros y escribió sus poemas y en la que otro poeta chileno conoció el vértigo de saberse abandonado. Poetas unidos por el hilo del parentesco efímero y de los afectos quizá impostados, «porque escribir es una forma de regresar a un lugar donde nunca estuve y que no conozco». ¿Qué es todo este desorden? ¿Alguien puede explicar qué sucede? ¿Por qué todo lo que antes valía para justificar una vida ahora ya no sirve para nada?

Vicente se enamora de Pru, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de que ella viene con sus propias heridas de Estados Unidos, a pesar de la distancia y del tiempo y de todos los inconvenientes habituales. Aun así, Vicente ayuda a que Pru entreviste a poetas chilenos para confeccionar su artículo y él siente celos de todos los poetas chilenos al mismo tiempo, sean estos hombres o mujeres, sean poetas consagrados o anónimos, sean locuaces o sean unos perfectos idiotas. El amor es lo único que nos coloca dos palmos por encima de la tierra y Vicente lo sabe, porque también es un poeta, también es un poeta chileno, aunque aparece en el artículo mencionado en los agradecimientos, pero eso no le importa y tampoco le sirve, porque Pru regresa a Nueva York y se desvanece en la nada del recuerdo, entre los árboles marrones de Central Park y las luces de navidad de Times Square. Tan lejos de la librería Metales pesados en la que Vicente trabaja a las órdenes de Sergio Parra que parece imposible que vuelvan a encontrarse. Pru sólo será un recuerdo, puede que ni siquiera eso cuando pasen los años y todos los personajes ya no sean ellos o sólo sean ellos por fin. ¿Quién puede saberlo?

3

Pru, Vicente, Gonzalo y Carla, cuatro personajes heridos que deben enfrentarse a un mundo nuevo en el que se han cambiado las reglas en medio de la partida. Cuatro personajes confundidos y solos como todos nosotros y como Alejandro Zambra, el poeta chileno que escribe finales felices, «porque esto termina bien, como terminarían tantos libros que amamos si les arrancáramos las páginas finales».

Y sí, es verdad, amamos Poeta chileno y termina bien, aunque lo querríamos igual si no terminara nunca.

Poeta Chileno. Alejandro Zambra. Editorial Anagrama. Barcelona. 2020.

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