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La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco

Es ya casi un lugar común recordar al personaje que interpreta Federico Luppi en la película Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997) diciendo:

—¿Sabés qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle, tardé en darme cuenta. Notaba algo raro, pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo. Me entraron ganas de volver. Pero pasó. Era absurdo. No se puede volver a un lugar porque querés oír silbar a la gente.

El exilio debe ser algo parecido a lo que dice este personaje de película. Un argentino exiliado en España que echa de menos los silbidos. Lo cotidiano es distinto en unos países y en otros, y echar de menos lo cotidiano debe ser una de las formas del exilio, quizá la forma más desolada. Reconocerse en el chirrido de las puertas, el color de las paredes, el sonido de las avenidas, el tono de voz masculino o el luto perenne de la mujeres debe volverse contra uno cuando te exilias. Buscas en el nuevo paisaje justo lo que falta. Y luego el dolor, el desasosiego, la derrota.

El personaje de Martín (Hache) había hecho el mismo viaje que Max Aub, pero en otro tiempo y a la inversa. Había escapado de la dictadura argentina para llegar a una imperfecta democracia española a finales de los setenta. Max Aub, sin embargo, se escapó de la dictadura española en los años cuarenta para acabar en un México que estaba entonces entrando en eso que llamamos la modernidad. Allí, en México, fue donde escribió este magnífico cuento: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco. Un cuento que se publicó en 1960 —quince años antes de la verdadera muerte de Francisco Franco —, cuando Aub llevaba casi veinte viviendo en la capital mexicana. Por eso, en el cuento, aparecen muchas palabras y expresiones de allí y casi podríamos decir que lo escribió un «mexicano». Un mexicano llamado Max Aub que nació en París, vivió en Valencia, Barcelona y Madrid y murió en México, pero que se sentía español por los cuatro costados. «Uno es de donde hace el bachillerato», dijo.

El protagonista del cuento La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco se llama Ignacio, un camarero mexicano que no tiene más ocupación en la vida que su trabajo. Lo hace con esmero y profesionalidad y, a cambio, recibe el sustento económico y espiritual que necesita. Toda su dicha se trunca a partir de 1940 cuando llegan los primeros exiliados españoles con sus gritos, su mala educación y sus aburridas y repetitivas charlas. Ignacio, cansado de tanta cháchara a voces, incluso se plantea dejar su profesión con tal de no aguantar más a los españoles, pero, sin embargo, decide hacer algo diferente.

La ironía es, sin duda, el ingrediente básico de esta obra. Max Aub dota a sus personajes de una sorprendente vitalidad. Digo sorprendente porque parecen personajes sacados de alguna obra de Valle-Inclán, esto es, no parecen seres humanos, son más bien fantoches, títeres movidos por unos hilos que nadie puede ver. El esperpento, por lo tanto, sobrevuela la narración y nos recuerda que la vida española es una deformación grotesca de la realidad, incluso en el México de los cincuenta, incluso, cómo negarlo, ahora mismo. «La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones; el Cielo, una kermés sin obscenidades, a donde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María». Al igual que Valle-Inclán, Max Aub mezcla el lenguaje culto y el lenguaje popular para presentar a unos personajes cercanos a la caricatura, que mantienen conversaciones en bucle capaces de enloquecer a cualquiera, capaces de obligar a un camarero mexicano a llevar a cabo lo que ninguno de esos charlatanes sería capaz de hacer en su vida.

El final del cuento es cruel con Ignacio. A pesar de todo, tiene que cambiar de oficio por no soportar más en el Café a los españoles exiliados —después de su acción, se exilian los seguidores de Franco—, y esta paradoja nos muestra la cara más pesimista de Max Aub. Aquella en la que coincide con Jaime Gil de Biedma en su terrible premonición.

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España,
porque termina mal.

Sí, termina mal, eso parece decirnos Max Aub a los españoles a través del tiempo y del espacio, termina mal porque seguimos hablando a voces en los Cafés sin hacer nada para cambiar aquello que no funciona.

4 comentarios

  1. Contra la insensatez, el humor, parece decir Aub en este cuento y muchas de sus obras donde el esperpento sobrevuela y se instala. Te agradezco que hayas rescatado esta historia de Max Aub, un hombre al que el exilio condenó al olvido en su propio país, al que tanto quiso. Has elegido, además, un cuento curioso, una parábola en la que el sarcasmo de Aub se combina con la reflexión. Impagable, por cierto, ese mesero (qué gran palabra) que tras tantas vicisitudes para arreglar la situación termina complicándola con la llegada de los nuevos exiliados.

    Tus artículos son una maravilla. Aprendo, reflexiono y disfruto con ellos. Gracias.

    Salud.

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  2. Maravillosa película Martín (Hache). Efectivamente las cosas pequeñas son las que se van pegando a nosotros y solo nos percatamos cuando notamos su ausencia.
    El libro de Max Aub seguro que estará descatalogado, pero intentaré encontrarlo aunque sea de segunda mano. Me apetece mucho leerlo.
    Gracias.

    Le gusta a 1 persona

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