El título de esta novela es simple. Han Kang utiliza un concepto muy familiar, el vegetarianismo, para atrapar al lector. Pero la novela va mucho más allá. Desde el principio nos damos cuenta de que nos vamos a enfrentar a algo inquietante que nos va a hacer cuestionar nuestras propias ideas.
En la novela, el vegetarianismo se convierte en un acto de rebeldía contra las expectativas sociales, contra la violencia sobre la que se sustenta nuestro mundo. Y esta rebeldía será luego reprimida por su familia y por la sociedad.
Muchos críticos interpretan La vegetariana desde una perspectiva feminista. Y no es de extrañar. La novela explora las presiones que sufren las mujeres en la sociedad contemporánea. La transformación de Yeonghye, su rechazo a la carne, puede verse como un intento de romper con ese papel sumiso que se espera de ellas. Su transformación va mucho más allá del vegetarianismo, porque llega un momento en el que rechaza la comida por completo, ya que quiere convertirse en una planta.
Entonces, ¿de qué va La vegetariana? ¿De querer transformarse en un elemento inofensivo, en árbol o planta, necesitado de agua y sol? ¿De apartarse de la furia productiva de una sociedad que impide el descanso? ¿De no querer ser parte de una humanidad represora de deseos?
Alguna de estas preguntas seguro que tiene una respuesta correcta. Alguna de ellas o todas al mismo tiempo pues la ambigüedad es parte de la fuerza de esta novela que nos hace preguntas incómodas sobre nuestra relación con nuestros cuerpos y con el mundo que nos rodea. Y que, por supuesto, nos obliga a buscar nuestras propias respuestas.
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De forma muy inteligente, la estructura de la novela nos esconde a la protagonista, pues La vegetariana está contada desde el punto de vista de otros personajes. Han Kang empieza por el marido, que parece desconcertado por la decisión de su mujer de dejar de comer carne. De hecho, al principio de la novela describe a su mujer como una persona sin ningún atractivo, sin defectos ni virtudes.
El marido representa la visión más conservadora de la sociedad. No entiende las motivaciones de Yeonghye y se siente amenazado por su cambio. Para él, la negativa a comer carne es una ofensa personal, una falta de respeto a su autoridad. Y esa incomprensión, esa incapacidad de aceptar la diferencia, desemboca en violencia.
En contraste con la incomprensión del marido, el cuñado de Yeonghye desarrolla una fascinación obsesiva por ella. El cuñado representa una forma de deseo masculino egoísta. Él ve en la transformación de Yeonghye una oportunidad para satisfacer sus propias fantasías artísticas y sexuales. Intenta convertirla en un objeto de su arte, en una musa que puede moldear a su antojo. Y esta obsesión lo lleva a cometer actos terribles.
La violación de Yeonghye por parte de su cuñado es un ejemplo de la cosificación y la violencia que sufren las mujeres. Han Kang no teme mostrarlo con crudeza, poniendo al descubierto las dinámicas de poder que subyacen en las relaciones heterosexuales «supuestamente» amorosas.
Por otra parte, provoca estupor cómo la novela nos presenta dos formas de violencia masculina, la del marido, más directa y brutal, y la del cuñado, más sutil pero igualmente destructiva. Ambas formas de violencia son un reflejo de la misoginia y el control que los hombres intentamos ejercer. La novela nos habla sobre cómo estas dinámicas de poder operan en la sociedad y cómo arruinan las vidas de las mujeres. Pues estas dos formas de violencia, la del marido y la del cuñado, reflejan cómo es la sociedad en la que vivimos. Una sociedad que no está preparada para aceptar la diferencia, y que castiga todo aquello que se sale de la norma.
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La novela nos plantea otra pregunta. ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestros propios cuerpos? ¿Hasta qué punto somos libres de tomar decisiones sobre nuestras vidas? En el caso de Yeonghye, su decisión de dejar de comer carne y de transformar su cuerpo se convierte en un acto de rebeldía contra esa falta de libertad. Es una forma de reclamar su individualidad, de decir yo soy dueña de mi cuerpo. Y esa rebeldía, aunque silenciosa, es percibida como una amenaza por parte de los que la rodean. Yeonghye es castigada por atreverse a ser diferente. Su transformación en vegetariana se convierte en una metáfora de la ruptura con un orden social opresor. Pero al mismo tiempo, esa ruptura, esa autodestrucción, también es una forma de liberación. Al renunciar a su cuerpo, al dejar de ser humana, Yeonghye se libera de las ataduras de la sociedad y de las expectativas que la oprimen. Es una liberación paradójica que se alcanza a través de la autodestrucción y es esa paradoja la que hace que La Vegetariana sea una novela tan poderosa e inquietante.
Sin embargo, en medio de este panorama desolador, donde la violencia y la incomprensión parecen dominar, encontramos a la hermana de Yeonghye. Ella es la única que intenta comprenderla. La hermana representa la compasión y la empatía. A pesar de no entender las razones detrás de la transformación de Yeonghye, la quiere y la cuida. Es la única que sigue viendo a la persona detrás de su renuncia a comer carne. Pero también es un personaje complejo, porque ella misma está atrapada en una vida que le resulta insatisfactoria. La hermana representa la frustración de muchas mujeres ante las presiones de la sociedad moderna. Se siente asfixiada por la rutina y por la falta de sentido de lo que la rodea. Y su empatía hacia Yeonghye nace de su propia experiencia de sufrimiento.
A pesar de sus propias dificultades, la hermana intenta ayudar a Yeonghye a sobrevivir, a encontrar un espacio donde pueda ser ella misma. Y esa solidaridad femenina, ese apoyo incondicional, contrasta con la brutalidad de la incomprensión del mundo masculino que rodea a Yeonghye.
Sin duda, la entrega de la hermana es un acto de amor y de resistencia. En el mundo que no comprende ni acepta a Yeonghye, la hermana se convierte en su único refugio, en la única persona que le ofrece esperanza. Y esta relación entre las dos hermanas tan compleja nos muestra el papel que ocupa la mujer en la sociedad y las redes de apoyo que crean entre ellas para afrontar la violencia a la que están sometidas.
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Entonces, ¿hay alguna esperanza en medio de toda esta oscuridad? La novela, por supuesto, no ofrece respuestas fáciles. No podemos cambiar el mundo si no nos cambiamos a nosotros mismos primero, si no reconocemos nuestras propias contradicciones. Esta novela de Han Kang es una invitación a repensar nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos y es un recordatorio de que incluso en la oscuridad más profunda siempre hay un hueco para un mundo más justo y compasivo.
Esa esperanza nace de la capacidad de reconocer nuestro propio sufrimiento y el sufrimiento de los demás, de conectar con esa vulnerabilidad que todos compartimos, más allá de las diferencias culturales o sociales. Y no es poco, porque además la novela está escrita con una prosa alejada de los lugares comunes. La forma de escribir de Han Kang parece nueva, aunque no lo sea. Parece verdad, aunque tampoco lo sea.

