‘Ana no’ de Agustín Gómez Arcos: morir como último acto de dignidad

Ana no, de Agustín Gómez Arcos, una novela sobre la dictadura de Franco contada desde el exilio,

Hay algo bello en elegir tu propia muerte. Una belleza que solo poseen aquellos que no tienen nada. Ni siquiera un lugar «donde caerse muertos», como dice el tópico.

Ana Paucha. Ana no —el nombre ya lo dice todo— es una mujer que no pudo elegir su vida. No pudo elegir nada. Perdió al marido, a los hijos, y esa barca que llevaba su nombre y daba sustento a su familia. Perdió también el saludo de sus vecinos, que es lo último que se pierde en los pueblos del sur. Cuando ya no le queda nada, emprende su viaje. Atraviesa España. Camina por sus venas.

Las vías del tren la llevan de un lugar a otro. En uno de esos lugares, alguien le tiende un bocadillo. Es comida, y Ana tiene hambre. El bocadillo tiene un precio. A cambio, hay que aplaudir a un asesino. Ana Paucha, a pesar del hambre, lo vomita. Porque ella no quiere aplaudir a ningún asesino. Esa náusea, en medio de la miseria, es uno de sus actos de soberanía.

Pero hay muchos otros. Sirve a varios amos, conoce a una perra con la que comparte la poca comida que tiene, se ensucia, se baña en los ríos, duerme a la intemperie, lava a los muertos, participa en un circo, escucha con dignidad cómo los vencedores se reparten pobres para sentarlos en su mesa, la caridad cristiana convertida en un esperpento. Ana Paucha camina y nunca se ríe.

Quiere ver por última vez a su hijo pequeño. Le lleva un bizcocho. Su hijo está encarcelado en el norte. El norte está lleno de frío, pero ella no lo sabe. Ana Paucha es una mujer del sur. Analfabeta, sumisa y vestida de negro. El luto de los pueblos andaluces. El luto eterno de los que no tienen nada. Excepto la dignidad de elegir el lugar en el que van a morir.

Su marido y sus hijos, hombres grandes como castillos, fueron convertidos en ceniza por esa misma caridad cristiana que quería sacarlos de las garras del comunismo. Ella los sobrevivió a todos. Y cuando ya no queda nadie de su familia en pie, cuando ya no queda nadie en el pueblo blanco del sur que hable con ella, decide que morir olvidada y miserable no es digno para alguien que ha sobrevivido a todo.

Ana Paucha encaja en el molde del héroe clásico. Hay algo en su viaje —la suma de pruebas, la negativa a rendirse, la muerte como acto de voluntad— que recuerda a Juan Dahlmann, el personaje de Borges que también elige el final que le corresponde antes de aceptar uno que no merece. Ana no ha perdido la guerra: ha perdido todas las guerras imaginables, por ser pobre, por ser analfabeta, por ser sumisa, por ser mujer. Pero decide ganar una última batalla.

Habían pasado más de treinta años desde que las tropas nacionales alcanzaron sus últimos objetivos militares. Pero Ana Paucha, al escuchar la pregunta de para qué sigue luchando, si ya ha ganado Franco, responde «para que sepan que estamos».

 

 

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Sobre el autor

«Life goes on long after the thrill of living is gone».

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