No es difícil encontrar grabaciones de la última gira de Morrissey circulando por las redes. En esos vídeos, hay una imagen que se repite como un ritual religioso: las primeras filas están llenas de hombres de mediana edad que estiran sus brazos buscando el contacto físico con el cantante. Para un espectador nacido en el siglo XXI, la escena roza el absurdo. Resulta complejo procesar tal devoción hacia un hombre mayor, de aspecto huraño y cuya trayectoria pública ha ido de lo desafortunado a lo que, en el mejor de los casos, calificaríamos como enajenación mental.
¿Cómo explicar a las nuevas generaciones qué significó Morrissey? La respuesta está en los barrios de los años 80. Para quienes crecimos en la periferia de las ciudades de provincia, la música de The Smiths fue un refugio de belleza en un desierto de aburrimiento, que, además, era feo y hostil. Mientras bandas como La Polla Records nos proporcionaban la rabia necesaria para entender nuestra posición en el mundo, Morrissey nos enseñó a sentir, a pesar de que, en el barrio, la sensibilidad era un síntoma sospechoso. Ser fan de The Smiths implicaba soportar interrogatorios sobre nuestra identidad. «¿Tú sabes que los Smiths son maricones?» nos soltaban cuando confesábamos que escuchábamos sus discos.
Dentro de la habitación, sin embargo, el mundo se ordenaba. No hacía falta dominar el inglés para comprender el código de soledad, belleza y deseo que Morrissey y Johnny Marr habían descifrado. Morrissey no era una estrella inalcanzable. Morrissey era uno de nosotros, un chico de barrio que ponía voz a nuestra alienación y a nuestra desesperanza.
Esa es la clave de los dedos que se estiran hoy hacia el escenario. Esos hombres no están saludando al poco apreciable ciudadano Steven Patrick Morrissey de 2026 —el de las derivas políticas racistas, los desplantes en Valencia o las diatribas contra el progreso—, sino que intentan rozar al mito que les enseñó a construir su propia identidad. Alargamos la mano para tocar a la persona que nos permitió ser quienes somos, aunque el tiempo haya pasado y ya no seamos los mismos. Es el último gesto de gratitud hacia el refugio que nos salvó cuando fuera solo reinaba la oscuridad de un mundo feísimo.

