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Náufrago

La vida es el naufragio de una obstinada imagen
que ya nunca sabremos si existió,
pues sólo pertenece a un lugar extinguido.

Francisco Brines.

Cuando nos cruzamos con el náufrago ya eran más de las diez de la noche. Las calles bulliciosas, todavía llenas de personas caminando en todas las direcciones sin un motivo, parecen ajenas a cualquier preocupación. Sólo es viernes por la noche, pero aquello otorga licencia para permanecer lejos de la cama mucho más tiempo de lo permitido otros días por los despertadores de nuestras mesillas.

Un par de horas antes, sin que aún supiera que nos íbamos a encontrar con él, escucho a Weyes Blood en los auriculares —I’m so scared of being alone / It’s true, it’s true— mientras en lo más profundo del centro comercial observo el ir y venir de las personas entre los anuncios de descuento y las colas interminables delante de las cajas. Comprendo que paso una parte de mi vida en lugares tan inhóspitos como aquel para confirmar con tristeza el vacío que me rodea. Lugares diseñados para perder el tiempo en los que apenas hay señales de vida ni en mi comportamiento ni en el de las personas que deambulan a mi alrededor con sus sonrisas fingidas de viernes por la tarde. Sé que sólo somos gregarios de pasiones que ni siquiera son nuestras y que recitar «no soy como ellos, pero sé disimular» es un consuelo imposible de creer cuando se tienen más de treinta años. De cualquier manera, y, a pesar de todo, aquella tarde también llenamos nuestras bolsas con objetos variopintos y prendas de ropa que no necesitamos.

Es entonces, cuando ya hemos iniciado el camino de regreso a casa cargados con nuestra recompensa, cuando se cruza con nosotros el náufrago. Un hombre que ya ha superado con mucho los cincuenta, delgado, casi flaco, que va vestido con ese estilo protocolario de la gente bien de una ciudad de provincias: naúticos, chinos, camisa de cuadritos, jersey de pico y chaleco polar. Un hombre de rostro enjuto, enrojecido, y que peina con la inevitable raya al lado su pelo entrecano. Aunque a primera vista no se aprecia, si lo miras con detalle puedes observar que tiene sangre en la nariz. Una sangre todavía fresca, rojo vivo, que proviene con certeza de un golpe en su tabique nasal. Lo miro a los ojos durante un segundo y él aparta su mirada pantanosa de inmediato. Se tambalea por la evidente borrachera y, por esa misma razón, camina inseguro entre los niños que todavía juegan en la calle a pesar de la hora sin fijarse en él, sin percatarse de que su pantalón caqui está manchado de sangre como si se hubiera limpiado las manos allí después de la pelea. Aunque quizá no hubo ninguna pelea y sólo ha perdido el equilibrio y se ha golpeado la nariz contra el suelo. Quizá detrás de su herida no haya épica, quizá sólo sea patetismo.

El hombre que sangra por la nariz parece un náufrago porque es alguien del pasado que ahora se encuentra perdido entre personas que regresan a casa con bolsas de plástico rebosantes de objetos y prendas —que no necesitan— en un tiempo ajeno a él. El náufrago es un hombre de cuando yo era niño. Un hombre de voz ronca y tabaco negro que a diario bebe alcohol en cuchitriles con serrín en el suelo y que protagoniza peleas sin final en las puertas de los bares —el sonido triste de los puñetazos, las camisas abiertas mostrando crucifijos de oro— que asustan a los niños que miramos sentados en la acera y que aprendemos así, de esa manera tan estúpida, el vacío irremediable de la existencia humana.

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