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Los burgueses

Siempre me gustó «Les bourgeois», la canción de Jacques Brel, por lo que tiene de tierna aceptación de la derrota definitiva. Algo parecido a darle la mano a tu rival después del jaque mientras, lleno de rabia, miras de reojo las jugadas fallidas y las fichas acumuladas fuera del tablero.

Han pasado muchos años desde que el disco se publicara en 1962, pero sigue sin haber ni un pequeño resquicio de piedad en toda la letra. Las estrofas nos enfrentan a un espejo que devuelve una imagen incómoda. El ser humano es más o menos así. Nos pasamos los años de juventud luchando de manera ridícula contra el orden establecido y luego, en la edad adulta, hacemos lo imposible por ser aceptados en las honrosas filas de ese orden establecido contra el que luchábamos de jóvenes. Lo explicaba Manuel Vicent hace unos meses en una entrevista en Zendalibros:

«No es sólo que pierdas los sueños: pierdes el pelo, el brillo de los ojos, a la novia que te quería, movilidad, cuando no tienes un tumor. El arrastre es general. Entonces, bien contra uno mismo, bien porque las arterias están muy estrechas, los chips están llenos y no admiten más información, más cambio, tiendes a anquilosarte. Y después, si eso se traduce en un mal momento tuyo de que no te reconocen lo que vales, y sí al otro que es un gilipollas… se enmierda todo tanto que, al final, te cabreas».

De cualquier manera, aunque sea comprensible, no hay duda sobre que esa transformación de joven revolucionario a notario respetable adquiere siempre una dimensión patética para los que la vemos desde fuera.

Pensé en ese patetismo ayer, 21 de noviembre de 2020, cuando repasaba la prensa del día y me encontré con la portada del periódico ABC. Diez fotografías de personalidades de cierto renombre en el mundo de la cultura que comparten varias características. Una, todos dejaron de ser jóvenes hace mucho tiempo. Dos, alguno militó en proyectos más o menos revolucionarios hace cuarenta o cincuenta años. Mientras miraba la portada—y descubría lo irrelevante del tema que trataba, un desvarío del que casi nadie se acordará dentro de unos meses—, imaginé a todos los fotografiados recitando la última estrofa de la canción de Brel con la lenta prosodia de la gente de edad avanzada y supuse que, con la misma voz con la que hace años servían a las ideas «revolucionarias», ahora sirven a la causa de la «contrarrevolución». Por paradójico que parezca, sentí ternura por ellos.

Sentí ternura, sobre todo, por Fernando Savater y por Albert Boadella. Estos dos hombres fueron referentes culturales en décadas pasadas en la lucha contra el orden establecido, fuera este moral, legal o militar. Se enfrentaron con bravura a las instituciones, incluso ingresando en prisión, y no se arredraron en el combate con los notarios de entonces, que se llamaban Emilio Romero o Jaime Campmany con tribunas y artículos que ahora llenarían de ira a todos los presentes en la portada del ABC de ayer. Porque el caso es que, por ley de vida, aquellos respetables notarios de entonces desaparecieron y dejaron libre un espacio que, de alguna manera, ahora ocupan los Savater, los Juaristi, los Trapiello y los Boadella. En la actualidad son ellos los que tienen que vérselas con los jóvenes articulistas furiosos que escriben para echar abajo el sistema con todos nosotros dentro y es tan tierno comprobar desde fuera cómo han cumplido a rajatabla todo lo expuesto en la canción de Brel que hasta parece falso. Su transformación es tan humana y previsible que apetece cantar con ellos el estribillo a gritos, de madrugada, en la plaza del pueblo, para hacerles saber que no están solos, que somos muchos los que todavía reconocemos su valía, a pesar de lo lejos que quedan ya sus años de juventud.

Por desgracia, Jacques Brel nunca llegó a ser una vieja gloria que necesita ver reconocido su legado, pues su vida fue muy corta. Apenas había cumplido treinta años cuando compuso «Les bourgeois», aunque ya hubiera llenado el Olympia en varias ocasiones y de sus discos se vendieran cantidades estratosféricas. Su estilo, a mitad de camino entre lo cómico y lo dramático, lo catapultó a un estrellato que no impidió que su vida siguiera derroteros poco convencionales, poco burgueses. No, Brel no terminó siendo un notario que charlaba con sus amigos notarios en el bar del hotel «Los tres faisanes». Abandonó primero la empresa familiar, y la promesa de una vida fácil, por convertir en realidad su sueño de ser músico, y luego abandonó a su mujer y a sus tres hijas, —«la paternidad no existe», dicen que dijo—, por encontrar el amor verdadero. Por abandonar, abandonó hasta su carrera musical para probar suerte en el cine y el teatro, pero terminó por dejarlo todo menos las barras de los bares, las amantes de una noche y quizá un sótano más negro que su reputación, que ya es decir. Vivió sus últimos años pilotando un pequeño avión en la Polinesia francesa, malherido ya por el cáncer que acabó con su vida antes de cumplir los cincuenta. Quizá, al contrario que los habitantes de la portada del ABC de ayer, morir joven impidió que Jacques Brel terminara susurrando Y al salir hacia media noche, Señor Comisario, / cada noche, en casa de la Montalant, / ciertos jóvenes «mequetrefes» nos enseñan sus posaderas / cantándonos: / «Los burgueses son como los cerdos, / cuanto más viejos más tontos se vuelven, / cuanto más viejos más tontos se vuelven, / cuanto más viejos más se vuelven…».

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