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El día que pase algo

En un viejo recorte de prensa he conservado unas palabras de Nuria Amat. No apunté la fecha, ni el título, ni guardo el resto del artículo, por lo que no sé bien de qué se hablaba en él y qué motivó su escritura. Lo importante es que esas palabras fuera de contexto de una escritora cuya obra desconozco me sirven para definir qué me ha supuesto la lectura de El día que pase algo de Mario Amadas. Nuria Amat escribe «Literatura, al contrario de lo que esta sociedad mediática está empeñada en hacernos creer, no es sólo pasatiempo de lunáticos, vividores y holgazanes. Literatura es la única forma de vida posible para cualquier persona con afán y voluntad de ser algo o alguien en el mundo». Esas palabras fuera de contexto definen qué ha supuesto para mí el libro de Amadas. La literatura convertida en la única forma posible de vida en un mundo hostil en el que no hay espacio para la belleza, pues en este libro la literatura no es una broma, ni una forma de perder el tiempo, ni de entretenerse, es lo único por lo que merece la pena vivir. Es cierto que la última parte de la cita ―la referida a ser algo o alguien en el mundo― es ambigua y quizá innecesaria, pero este no es el lugar para debatirlo. Prefiero quedarme con la primera parte, la que indica que la literatura es la única forma posible de vida. De este modo, en una primera aproximación, El día que pase algo de Mario Amadas, puede parecer un libro en el que se habla de cumplir los treinta y llegar a eso que se llamaba «crisis de fin de juventud». He dicho puede, porque, en verdad, no estoy muy seguro, ya que en sus páginas podemos encontrarnos mucho más. Desde relaciones amorosas llenas de dudas y lejos de tópicos hasta la descripción minuciosa de trabajos precarios en los que uno no tiene ni siquiera derecho a sentarse. Por no hablar de los compañeros de piso. En concreto, del absurdo de compartir piso después de haber superado la treintena y soportar la convivencia cotidiana con adultos desconocidos.

Leyendo este diario viajamos casi sin darnos cuenta por la cara oculta de la sociedad, esa que no se muestra en los escaparates públicos y que está llena de personas que nunca llegarán a nada y que ni siquiera esperan, como sí lo hace el narrador, que algún día pase algo. Los protagonistas secundarios se conforman con deambular de un lugar hacia otro convencidos de que el futuro es algo que no les corresponde. Son sólo vidas vacías como las de un cuadro de Hopper. Extras de una película que sólo los necesita para hacer bulto, llenar calles o ambientar cafeterías.

Por suerte, para compensar este paisaje tan amargo, también encontramos en el libro magníficas incursiones en la naturaleza ―en viajes a pie o bajo el agua― donde podemos leer los momentos más expansivos del libro, aquellos en los que nos acerca la verdad asociada a la contemplación. «Hace mucho, mucho tiempo, en este lugar que hoy es piedra y bosques vivos, sobresalían sólo estos cuatro o cinco picos de un agua salada de la que, tantos siglos después, vendríamos todos» (pág. 138).

Y, por supuesto, hay también múltiples reflexiones literarias, muchas de ellas muy pertinentes por no ser la repetición de lo ya dicho, hasta tal punto que el libro se conforma como un mosaico de citas que conversan entre ellas con una tensión y una lucidez impropias de la vida vacía que se narra. De tal modo que la literatura se convierte en lo que necesita Mario Amadas para articular el mundo que se le escapa ―y se nos escapa― alrededor, pues, en la literatura, en el arte, todas las piezas encajan a diferencia de lo que sucede en la vida del narrador donde nada encuentra su sitio. No hay espacio para el amor, para el digno desempeño laboral ―sea esto lo que sea― ni, por supuesto, para el reconocimiento literario. Es desolador percatarse del silencio continuado e interminable de las editoriales a las que envía sus manuscritos y de la poca repercusión de su obra en el mundillo cultural.

Así, cuando casi al final del libro leemos «Tengo mis discrepancias con la realidad» (pág. 186) y, un poco después, esta cita de Rimbaud, «La verdadera vida está ausente» (pág. 192), comprendemos que bien podría ser ése el tema que late entre las líneas de este diario que avanza mientras vendemos entradas a los turistas que quieren fotografiarse junto al lagarto del Parque Güell. La realidad y la ficción como parte integrante de un todo que nos incluye y nos hace pedazos sin que sepamos muy bien por qué.

En definitiva, cuando pasen los años y tengamos que recordar cómo se vivía al final de la segunda década del siglo XXI, El día que pase algo podrá ser un faro que iluminará la oscuridad en la que suelen olvidarse los detalles importantes. Y no es poco.

El día que pase algo ha sido editado por el colectivo artístico + La Máquina.

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