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Diarios de Stefan Zweig

Siglo veinte, cambalache problemático y febril,
el que no llora no mama y el que no afana es un gil.

Enrique Santos Discépolo

La lectura de los Diarios de Stefan Zweig, que se extienden desde 1912 hasta 1940 y que, por lo tanto, se refieren a los últimos treinta años de su vida, me ha resultado desconcertante, porque, en los periodos en los que el mundo no está en guerra, los apuntes del narrador son en general fútiles y desganados ―«Mi vida es un poco más sensata desde que tengo criado: me levanto pronto y tengo un horario ordenado. Hoy he dictado y al terminar he ido a tomar el té a casa de Gerasch» (pág.25)― y, sin embargo, cuando detalla lo sucedido en las dos guerras mundiales nos presenta una visión contradictoria que podemos achacar a la diferencia de edad del narrador ―en la Primera Guerra Mundial está en la treintena y, en la Segunda, cerca de los sesenta― o a otras cuestiones relacionadas con el miedo a la muerte o el alejamiento de la realidad propio de los intelectuales que conocen el mundo por los libros o los viajes en primera clase.

Así, en la Primera Guerra Mundial nos encontramos a un narrador apasionado, ferviente defensor del triunfo de Alemania, «Ellos también están completamente entusiasmados y tienen plena fe en Alemania: todo el que ha estado allí y ha visto la movilización está convencido de la victoria alemana, ojalá sea verdad» (pág.108), «¡Si no fuese por Alemania, nuestro mundo se hundiría!» (pág.127), al que su ímpetu le lleva a afirmar: «Es curioso, me opongo al odio personal y tengo claro que es absurdo, pese a lo cual me siento incapaz de volver a mirar a un italiano a los ojos. Nos han atormentado tanto con su perfidia, con su hipocresía, al pretender atribuir motivos nobles a la mera mezquindad… Alemania deberá odiarlos durante siglos, lo que están haciendo es una locura» (pág.195). Es difícil de comprender, sin esbozar una pequeña sonrisa, que todos los italianos puedan resumirse en uno, pérfido e hipócrita para más señas, y que Alemania deba llevar a cabo ese ejercicio de odio a lo largo de los próximos siglos, por lo que la lectura de esas palabras nos presenta a un narrador superado por las circunstancias y que ya no puede reprimir lo irracional de sus argumentos y que, por lo tanto, nos resulta inquietante, tanto como el menosprecio que siente por sus compatriotas de clase trabajadora: «Hay que ver lo necio que es el pueblo y lo bien que han sabido lavarles el cerebro los periódicos. Todos cacarean los mismos disparates, sin darse cuenta de que se los han susurrado» (pág.179). «No era consciente del nivel de estupidez de la gente, repiten lo que oyen sin pararse a pensar. Lo único que queda es la elite. Mi desconfianza hacia la gente ha llegado a niveles insospechados: evito a todo el mundo» (pág.197). Es triste comprobar cómo este tipo de comentarios lo acercan a nuestro tiempo y no lo colocan al lado de personas reflexivas y ecuánimes, por el contrario, lo emparentan con tertulianos, periodistas, comentaristas de barra de bar o políticos que también usan la palabra «gente» de manera despectiva para referirse a la clase trabajadora.

El narrador, atribulado por la inseguridad que le provoca un mundo en guerra, mientras intenta encontrar argumentos que expliquen qué ha desencadenado la contienda y cuáles pueden ser sus consecuencias, emite juicios de valor basados en conjeturas, deseos o ensoñaciones turbadoras: «No he dormido. Veo el hundimiento con más pavor que nunca. Sé que nadie en el mundo pedirá clemencia para Alemania, la pisotearán hasta aplastarla. Porque ahora conocen su poder y saben que en cincuenta años resucitará con una fuerza demoníaca, de modo que hay que doblegar a los alemanes sin contemplaciones» (pág.196).

El periodo de entreguerras se resuelve en los diarios con notas sobre diversos viajes, descripciones de ciudades cosmopolitas como Viena, París, Nueva York, Zúrich, Bruselas o Berna: «(tanto Bruselas como Berna están en manos de los homosexuales)» (pág.325), anotaciones sobre el mundillo literario: «Ya entiendo por qué en este círculo de gruñones, donde anodinos versificadores se leen entre sí sus poemas, el viento de Europa parece una peligrosa corriente de aire, pero qué vergüenza que nosotros nos rebajemos de ese modo» (pág.298) y reflexiones filosóficas. En 1936 ―con una pequeña parada en Vigo durante la Guerra española― viaja a Brasil y allí contempla extasiado la belleza desbordada de los brasileños y la extraña forma de vida de algunos de ellos, todos mezclados en unos barrios en los que, a pesar de no ser propietarios del terreno, construyen casitas con sus propios medios. Las favelas se le presentan al narrador como un último reducto de libertad, pues allí viven sin vigilancia, mucho mejor que en «los tristes pisos de alquiler». Sin embargo, el narrador recuerda la clase social a la que pertenece y afirma: «Esas miserables barracas invaden una colina donde podría emplazarse un hotel de lujo con unas fabulosas vistas sobre el puerto y la bahía» (pág.459).

Las últimas páginas son las dedicadas a los diarios de la Segunda Guerra Mundial. Páginas vehementes en las que se aprecia la voluntad disminuida por el paso de los años de un narrador al final de la vida. La muerte ya no es un acontecimiento futuro, sino que aparece como una certeza próxima, una verdad ineludible. Ese miedo llevará al narrador a elucubrar generosas teorías sobre el futuro: «Tal vez este absurdo conflicto tenga alguna consecuencia positiva: el final del capitalismo como lo conocemos. Antes de que nos demos cuenta, llegará un nuevo orden mundial. Si será mejor, sólo lo sabremos con el tiempo» (pág.473). Sin embargo, la mayoría de sus apuntes comienzan a tener un tono sombrío en el que poco a poco comprende que no está asistiendo al fin de ningún mundo viejo, sino que está presenciando su propia muerte. «Durante la guerra y después, nuestra situación empeorará: a) por haber nacido en territorio alemán, b) por haber nacido judíos» (pág.498). Su doble condición de ―nacido en territorio― alemán y judío le provoca pavor, sabe que terminarán con él por una u otra razón, y estas palabras escritas en las últimas páginas de sus diarios provocan ternura. Una ternura que se acrecienta cuando nos percatamos de que el narrador asume la victoria nazi antes de que ésta se produzca: «La vida ya no merece la pena. Tengo casi cincuenta y nueve años y los próximos serán espantosos, ¿qué sentido tiene soportar todas estas humillaciones?» (pág.511).

Nunca había leído ningún libro de Stefan Zweig, a pesar de la buena labor de Acantilado, la editorial que los publica en España y que, en los últimos años, lo ha convertido en uno de los indispensables de cualquier biblioteca. Es un hecho que no se puede leer todo lo que nos gustaría y, de este modo, vamos eliminando posibles lecturas por las más diversas razones. Muchas veces ni siquiera tienen que ver con asuntos literarios. Por lo tanto, para mí, antes de leer estos diarios, Zweig era sólo el autor de Carta de una desconocida, la novela en la que se basó Max Ophüls para dirigir su excelente película. Nunca he leído la novela, pero la película la he visto muchas veces. Es espléndida. Casi mágica. Esa fragilidad de Joan Fontaine, esa entrega. El blanco y negro. La luz vaporosa de las pesadillas. Nada de esa belleza he encontrado en estos diarios a excepción de la presencia en varias entradas de Rainer Maria Rilke. Una presencia de otro mundo. «Sólo a veces, cuando trato con personas próximas a él, me doy cuenta de que ha depositado en sus poemas lo más valioso de su existencia y adivino cómo se prodiga este artista en apariencia tan parco» (pág.301). Menos da una piedra.

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