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El espíritu de la colmena

Realidad y ficción en la infancia. Los cuentos sobre el origen. Sobre nuestro origen. Las legendarias posesiones de uno de mis abuelos o aquella otra historia: el abuelo pagó a un hombre para que hiciera el servicio militar en su lugar. Sueños teñidos de aventura y riquezas. Sueños de una vida mejor alimentados por una completa ignorancia del mundo. El otro abuelo, el paterno, escuchaba la pirenaica y era sastre. Para probarlo, en la casa de mi infancia se conservaba una regla de madera en lo alto de un armario. Aquello no demostraba nada, pero es que para los niños ni siquiera los hechos importan. Los niños mezclan la realidad con la ficción sin necesidad de ninguna regla. Todo se hace sobre la marcha, en el momento. Los adultos, por supuesto, también lo hacemos, quizá porque, en el fondo, somos abejas en una colmena. Somos insectos sociables que viven en colonias y se organizan en una estricta jerarquía de tres rangos sociales: la abeja reina, los zánganos y las abejas obreras. Habitamos en todos los continentes de la Tierra excepto en la Antártida y, como dijo Kafka, somos uno de los insectos más antiguos del mundo: ocupamos este planeta desde hace más de 30 millones de años.

¿Cuándo dejamos de ser seres asilvestrados? ¿Cuándo olvidamos el alfabeto verdadero? El espíritu de la Colmena se estrenó en 1973 entre, como dicen, el clamor unánime de la crítica. Yo la vi muchos años después en la televisión en varias ocasiones, hasta que tuve la suerte de verla, por fin, en una sala de cine. Antes de la proyección, alguien dijo unas palabras para presentarla y dijo que íbamos a ver la mejor película española de los últimos cien años. La sala rio la ocurrencia, quizá exagerada. Desde la primera vez que la vi me asombró sin que todavía sepa explicar muy bien por qué. Sus imágenes me provocan una incomodidad que todavía no sé describir con palabras. Con el paso de los años he visto cómo crecía la incomodidad y el asombro en cada nuevo visionado, cómo aparecían nuevas representaciones para un mismo desconcierto. También crecía yo con los personajes de la película. Poco a poco dejaba atrás a las niñas y me acercaba a los adultos. Poco a poco me convertía en esos adultos iluminados por la luz escasa que entra por las ventanas amarillas.

El espíritu de la colmena es descubrir el mundo entreverado de ficciones y realidades cuando eres un niño. El descubrimiento del mundo a través de la contemplación. Ese momento en el que aún no hemos aprendido a vivir con la máscara. Cuando el cinismo se encuentra lejos, muy lejos. Tan lejos como la indignidad, la humillación y los sueños rotos. En 1973, la censura permitió el estreno de la película porque, decían, «es de una lentitud insoportable a partir del rollo 3», «sobrecarga intelectual», «tenebrismo ilógico y forzado» y vaticinaron que nadie podría soportarla, que todos se aburrirían viendo una historia en la que una niña se encuentra con un monstruo. Un monstruo herido y hambriento.

Sólo en la infancia se pueden descubrir las casas abandonadas y su misterio. El resto importa poco. Las clases de matemáticas, los conflictos silenciosos de los adultos y el desgaste del día a día que acaba con la resistencia de los más fuertes. Tiramos piedras al pozo y escuchamos el eco del agua en el vacío de la meseta. La huella en la tierra. Alguien pisó cuando la tierra aún estaba húmeda y dejó allí su marca. La niña calibra ahora su bota en aquel molde de tierra seca. Introduce sus pies pequeños en la enorme huella, para comprobar que no le pertenece. Es la huella del monstruo. Ella lo sabe. Cuando lo conoce, le lleva comida. Le ofrece una manzana al monstruo. Le ofrece pan y miel. Le lleva una chaqueta de su padre. Y el reloj de bolsillo. También le ata los cordones de los zapatos sin hablar, en silencio. Después, mucho después, en la casa abandonada descubre sangre en las piedras, en el suelo, en la hierba amarilla. La niña toca la sangre con sus manos. Es la sangre de alguien que huye.

La escuela nos aleja de las cosas esenciales sin que nosotros lo sepamos. Lo descubrimos luego, cuando ya es demasiado tarde. Entonces llega el triste espanto, el veneno que nos aleja de nosotros mismos. Ya no volveremos a jugar en el estercolero, en aquel espacio en el que cada día encontrabas peligros nuevos con forma de alambres retorcidos, de botellas amarillas de lejía y de insecticidas que explotaban en las hogueras. Entonces no sabía qué significaba la palabra «estercolero». Me lo enseñaron en la escuela y me alejé de los hornos de cal llenos de pasto, de aquel tinao cubierto por panes y quesitos más altos que todos nosotros. Caminar debajo de aquellas plantas sin que nadie pudiera vernos era buscar una estructura que diera sentido a los veranos interminables y a los charcos congelados del invierno. Cuando éramos niños, sabíamos que lo convencional no nos servía.

Lo que no sabíamos es que el veneno del recuerdo se filtra en cada instante. Vivimos en el presente, en el pasado y en el futuro al mismo tiempo. Se superponen los fotogramas. Las clases de mecanografía en una habitación pequeña. Aquel olor a tinta. El traqueteo y los chasquidos de aquel aprendizaje inútil. Una tarde de feria mirando el espectáculo absurdo de la máquina de asar pollos. Una herida en el párpado y el sabor de la sangre. El miedo a aquel maestro que daba voces. El veneno del recuerdo. Después de probarlo, nadie puede hacer nada por nosotros.

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