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Amarcord de Fellini

Amarcord es una película cuyo recuerdo se resumía en dos escenas. La primera es la de un hombre subido a un árbol gritando Quiero una mujer. La segunda es la escena en la que una estanquera exuberante casi ahoga a un adolescente entre sus tetas. Vistas ahora, tantos años después, las dos escenas resultan ridículas, sobre todo la segunda. Nada que ver con el impacto que me causaron cuando siendo muchacho las vi por primera vez. Sin embargo, ahora —con mi capacidad para la sorpresa bajo mínimos— hubo otras escenas que sí me impresionaron. No tanto por pertenecer a esta película, sino porque las he visto luego en otras como Cinema Paradiso o Novecento. En cierto modo, esta película habla de cómo gestionamos nuestros recuerdos, de cómo nuestros recuerdos cubren el pasado con los sueños y las ilusiones que nunca se completaron. Así, la hoguera en la que se queman los objetos inservibles al final del invierno sirve como metáfora de lo que somos: un montón de ceniza agitada por el viento antes de que comience la primavera.

Vista con la perspectiva del tiempo, es obvio que la influencia de esta película en el cine posterior es notoria, lo que nos habla de la personalidad de Fellini, pero eso no impide que Amarcord me haya resultado deslavazada e irregular. Los episodios se suceden sin un nexo de unión y la coartada onírica no termina de resultar convincente. Con actores fuera de tono, muchos de ellos sobreactuados, y una planificación de la puesta en escena previsible, a la que se le ven las costuras la mayor parte del tiempo, es muy difícil conseguir la plenitud. Es verdad que Amarcord también posee algunos aciertos sobresalientes, como cuando los personajes hablan a cámara, sobre todo ese abogado que intenta explicar el origen majestuoso de su pequeño pueblo, por no hablar de la maravillosa escena de la llegada al pueblo de las autoridades fascistas con todo su insuperable patetismo.

Eso sí, al igual que todos los hombres y mujeres de la película, durante todo el metraje no pude apartar los ojos de la pantalla cuando en ella aparecía la Gradisca. Este personaje, interpretado por Magali Noël, es el que mejor se adapta a la esencia onírica de la película. La escena fantasmal en la que la Gradisca se cuela sola en una sala de cine a mitad de la tarde es tan prodigiosa como la sutileza con la que muestra su soledad y el ensimismamiento ante la contemplación de Gary Cooper en la pantalla. El vestido blanco envuelto en el humo azul de su cigarro, sin percatarse de la presencia del adolescente hasta que el muchacho deposita la mano en su muslo, y la resignación con la que esta mujer de pueblo acepta que sus sueños nunca se cumplirán muestran la asombrosa maestría de Fellini, porque, ahora sí, en esta secuencia es conmovedor.

Sólo por ella, por ver a la Gradisca fumar en el cine, merece la pena ver Amarcord una y otra vez.

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