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Cosas vivas

Cuando comencé a leer Cosas vivas, la novela de Munir Hachemi publicada por Periférica, lo primero que vino a mi cabeza fue Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás. Ese título se apoderó por completo del libro de Munir Hachemi sin que pudiera evitarlo, porque, desde el principio lo relacioné con esa ¿novela? de Julián Rodríguez en la que se habla ―entre otras cosas― de la lucha de clases en el siglo XXI y, también, por supuesto, del reto literario de encontrar un espacio en el que convivan en igualdad de condiciones la verdad y la ficción.

Tanto Julián Rodríguez como Munir Hachemi confirman que narramos cuanto nos sucede gracias a las estrategias narrativas que conocemos y que, de alguna manera, estos mecanismos de ficción nos empujan a vivir. Vivimos, por lo tanto, siguiendo los dictados de la ficción, y, cuando imitamos sus estructuras, lo hacemos para que las piezas de nuestra vida encuentren su lugar y tengan un sentido. Somos personajes de ficción en las palabras de los otros, pero también, la mayor parte de las veces, en las nuestras.

Así, un verano cualquiera, cuatro jóvenes españoles marchan a trabajar al sur de Francia para descubrir el horror como si fueran los personajes de una novela, como si estuvieran remontando el río Congo con la canción This is the end sonando en segundo plano. No es un viaje hacia la vendimia francesa lleno de todos los tópicos equivocados, sino una visita fugaz a la barbarie que resiste en el centro mismo de la civilización europea —Liberté, Égalité, Fraternité— contado, eso sí, desde la periferia de los perdedores.

Los cuatro jóvenes, tres de ellos universitarios, aunque de origen humilde, se mezclan con el proletariado francés que acelera en la madrugada para ganar unos euros extra borrachos de miseria y desesperanza. Los turistas viven algunas escenas no bucólicas en un camping, donde dan cuenta de la comida vulnerable de los supermercados y se emborrachan aburridos y sucios. Luego vendrán las toneladas de animales muertos y García Lorca gritando: Pero yo no he venido a ver el cielo. / He venido para ver la turbia sangre, / la sangre que lleva las máquinas a las cataratas / y el espíritu a la lengua de la cobra.

Los hombres muertos aparecerán luego, cuando la novela se transforme en un policial a la manera de Piglia, justo cuando la frontera entre ficción y realidad se vuelve inexistente. Después de conocer la miseria de los demás, la amistad eterna que se profesaban caerá en el agujero negro del fin de la juventud. Hasta aquí hemos llegado, parecen decir todos sin decir nada, porque, como existe un umbral de dolor que somos incapaces de sobrepasar, siempre miramos para otro lado. Cuando miramos de frente, sin embargo, comprendemos las palabras de Roberto Bolaño: «Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura». Los jóvenes aspirantes a glorias literarias renuncian al contemplar el dolor amarillo de los patos y la escasa consistencia del ser humano ante el vacío sin nombre de lo absurdo.

El descubrimiento del lado oscuro de las cosas, que no se llama amor, ni muerte, sino codicia, ese deseo de poseerlo todo, a pesar del daño causado, transforma a los jóvenes en personajes incapacitados ya para el asombro. Y, entonces, aquellos versos de Serrat: «Nunca es triste la verdad, / lo que no tiene es remedio» se convierten en el colofón triste para esta novela incómoda y fascinante.

Cosas vivas de Munir Hachemi es una novela publicada por Periférica.

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