Hay un programa en la Cadena SER que se llama «Por el principio». En dicho programa se cuentan los primeros años de vida de personajes más o menos célebres. En uno de ellos conocí la infancia de Manuela Carmena. Una mujer que pasa por ser uno de los últimos referentes de la izquierda más a la izquierda de España.
Al escuchar el programa, descubrí que Manuela Carmena proviene de una familia acomodada. No es una familia privilegiada desde antiguo, sino una que se enriqueció con negocios relacionados con la pastelería, por un lado, y la confección y venta de ropa, por otro. Desde su nacimiento Manuela Carmena solo conoció esa vida libre de penalidades tan ajena a la clase trabajadora. «En mi casa nunca hubo escasez» afirma.
A lo largo del programa pronuncia algunas palabras sorprendentes como que en su casa trabajaban dos muchachas «cosas que en aquellos años era algo relativamente habitual en familias con una cierta comodidad económica» o que su familia era muy austera antes de explicar que pasaban un mes del verano en un hotel de San Sebastián.
La parte más inquietante de su infancia es cuando relata cómo su familia materna arrendó el negocio de pastelería y adquirió con las ganancias un edificio con jardín. En dicho edificio tenían pisos alquilados a otras familias, pero solo ellos tenían derecho a disfrutar del jardín. Un jardín de dimensiones generosas en el que Manuela Carmena y su hermana jugaban. Es triste escuchar a Manuela Carmena decir «nosotros ahí teníamos como una norma muy diferente, yo veía que los niños de los pisos que estaban alquilados jugaban en la calle y nosotras nunca jugábamos en la calle, jugábamos en el jardín, porque éramos los únicos que teníamos derecho a ir al jardín. Al jardín o en casa. Es decir que nosotros no teníamos amigos en el barrio ni primos cercanos. Jugábamos mucho nosotras dos solas, mi hermana Ana y yo, pues jugábamos muchísimo las dos juntas y durante muchísimo tiempo. Teníamos un rollo estupendo las dos».
Al final del programa dice que la infancia marca la vida de las personas y yo no puedo estar más de acuerdo. Es verdad que militó en el PCE durante la dictadura y que estuvo en el despacho de abogados laboralistas de Atocha, pero lo cierto es que su vida cotidiana siempre estuvo bien lejos de las preocupaciones y de las esperanzas de la clase trabajadora. Por eso su visión política es la propia de una persona que se autodenomina «de izquierdas», pero que no conoce cuáles son las necesidades ni las inquietudes de los obreros. No puede entenderlas porque ella jamás pasó necesidades y cree, como decía su padre, que todo se consigue con esfuerzo, donde subyace esa idea perversa de que los pobres lo son porque no se esfuerzan lo suficiente.
Hace muchos años que no hay dirigentes políticos de izquierda que hayan pertenecido a las clases trabajadoras. Los políticos de izquierda pertenecen a la burguesía y a las clases privilegiadas, lo que hace imposible que puedan crear estructuras que busquen el beneficio de los olvidados, porque no saben muy bien quiénes son, más allá de las «muchachas» que limpian sus casas o los chicos que preparan sus jardines o conducen sus coches.
Al escuchar a Manuela Carmena, recordé un capítulo de la serie de televisión Borgen. «El último obrero». Así se titulaba aquel capítulo. En la escena final vemos a la Presidenta del gobierno, Birgitte Nyborg, charlando con el Ministro de Asuntos Exteriores. Este ministro, que ha sido defenestrado, pertenece al Partido Laborista. Están en una terraza de un hotel de lujo desde la que pueden ver el mar. El ministro le enseña un tatuaje carcelario en su antebrazo izquierdo. Le dice que se lo hizo cuando empezó de aprendiz de soldador. «¿Quién iba a imaginar que yo sería el último obrero del partido laborista?».
¿Quién puede imaginar ahora que alguno de los ministros del «gobierno más progresista de la historia de España» sea un viejo soldador?
Manuela Carmena, una niña religiosa y valiente (Programa de Radio)
Fotografía: Isabel Infantes.


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