Nunca creí que el último naufragio fuese un lugar tan cierto, y tan a tientas.
Francisco Brines.
Tal vez porque ha visto demasiadas películas de navajeros o por los reportajes de televisión sobre robos y peleas, el joven provinciano siempre siente miedo cuando está en Madrid. No sabe por qué ni le importa, pero se adentra en la noche con los hombros tensos, con la sensación de que cada calle que dobla podría conducirlo a un lugar del que no sabría regresar.
Ese miedo aparece ahora en una pequeña plaza —el joven no sabe su nombre, solo sabe que está detrás de la Gran Vía—, en la que se encuentran los cines Renoir. A esa hora de la noche los laterales de la plaza están ocupados por un grupo de yonkis que han encendido una pequeña hoguera en un bidón metálico. Uno de ellos sostiene una botella de plástico rojo y la pasa lentamente por las llamas, como si comprobara algo. Es una noche de invierno muy fría y la pareja pasa delante de ellos sin que aquellos hombres consumidos les miren siquiera. La pareja lleva todos los botones de los abrigos abrochados y bufandas alrededor de sus cuellos. El joven no piensa en esos hombres, piensa en la botella que empieza a doblarse y en el olor dulzón del plástico caliente. Dentro del cine, sin embargo, se siente seguro en la compañía de las pocas personas que se han acercado un día entre semana para ver en versión original la mítica película de Bertolucci. La pareja tiene entonces poco más de veinte años y van a verla no por el escándalo que tuvo lugar en su estreno en los setenta, sino por la reputación que tiene la película entre la crítica. También han venido para ver a Marlon Brando y al chico de Los cuatrocientos golpes.
La película no les escandaliza. Las escenas sexuales, vistas ahora, tienen algo de coreografía bufa, pero el joven se mueve inquieto en la butaca. Se inclina hacia delante cuando aparece Brando y vuelve a apoyarse en el respaldo cuando la cámara se acerca demasiado a su cara. No le gusta cómo junta las manos, ni la lentitud con la que pronuncia algunas palabras. Cada vez que Brando sonríe, el joven mira de reojo a la chica. Ella no devuelve la mirada. Mantiene los ojos fijos en la pantalla, con una atención que a él le resulta nueva. El joven baja la vista. Se concentra en el respaldo delantero, en una mancha oscura que no recuerda haber visto al entrar. No vuelve a mirar a la pantalla hasta que ella se mueve y cruza las piernas. «No serás capaz de librarte de ese sentimiento de soledad hasta que no mires a la muerte de frente». Cuando salen del cine abrazados —es una noche de invierno muy fría—, el joven dice que la película no habla de la búsqueda de la identidad más allá del lenguaje, ni del vacío de la vida del ser humano ni, por supuesto, del absurdo de las relaciones amorosas y familiares, la película, dice el joven, solo es una excusa para que un hombre mayor engañe y viole a una muchacha que, a buen seguro, terminará destrozada para siempre.
La chica no está de acuerdo con esa apreciación. Dentro del cine no ha pensado en engaños ni en violaciones. Ha pensado, más bien, en la calma que le transmite la voz del hombre mayor o en la forma en que ocupaba el espacio sin pedir permiso. Le parece una promesa, aunque no sabe exactamente de qué. Mientras caminan, se deja abrazar por el joven y fuma. Imagina a su chico dentro de veinticinco años, con el pelo blanco y un abrigo claro, detenido en un puente sobre el Sena. No sabe si llora o si solo se protege del frío. La imagen se le deshace enseguida, como si hubiera llegado demasiado lejos.
Cuando llegan al piso de la calle Guillermo Rolland, se van a la cama. Siempre duermen desnudos y, como nunca bajan la persiana de la habitación, esta siempre se encuentra iluminada por la luz difusa de la luna y las farolas de la calle. Ella no tarda en dormirse, pero el joven no puede. Se incorpora en la cama y mira la expresión ausente de la chica con las manos entrelazadas cerca de su cara. La imagina con un hombre de cuarenta y ocho años y comprende —no sabe cómo comprende, pero comprende— que no le importa. Sabe que dentro de veinticinco años él será el hombre mayor y tendrá el pelo cano y estará tan solo como Brando y tal vez encuentre a una chica de poco más de veinte, como la que duerme ahora a su lado, y tratará de arrancarle la inocencia que él una vez tuvo y perdió, y le dirá, mirando el hueco precioso al final de su cuello, «aquí no necesitamos saber nuestros nombres, no es necesario. ¿No lo comprendes? Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas. Olvidaremos a las personas, lo que sabemos, todo lo que hemos hecho. Vamos a olvidar dónde vivimos, olvidarlo todo», y no podrá dormir.


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