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Diarios de Iñaki Uriarte

Quizá dos de los versos más famosos de Jaime Gil de Biedma Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos suelen estar de manera inconsciente detrás de muchas de nuestras acciones cotidianas. Para dejar huella tenemos hijos o plantamos árboles o componemos canciones o entregamos nuestro tiempo a un trabajo o, claro, escribimos libros. Iñaki Uriarte confiesa que él, de alguna manera, también quiere dejar huella y puede que éste sea uno de los motivos que le llevaron a escribir los Diarios. «Los empecé a los cincuenta y dos años, tras un ingreso hospitalario por una enfermedad grave. Los médicos temieron que fuera la definitiva. Yo nunca lo creí, pero, al volver a casa y cambiar mis hábitos de vida, comencé a escribir estas páginas (¡escribe que has dicho algo!), que se han convertido ya en una larguísimas últimas palabras».

Es cierto que las páginas de los Diarios de Iñaki Uriarte tienen algo de testamento, pues en ellas se nos detallan las experiencias de un narrador en primera persona al otro lado ya de la montaña de la vida. Un personaje viajado y leído —aunque, como todos, haya olvidado la mayoría de sus lecturas—, que apunta en un archivo de su ordenador todo lo destacable que sucede en su día a día: las visitas al oftalmólogo de Avilés con María, la adopción de un gato, los orígenes familiares en la Nueva York de los inmigrantes de principios del siglo XX, el hotel neoyorquino que perteneció a su abuelo en el que se hospedó Rubén Darío, el emotivo recuerdo de las canciones en euskera que cantaba con su familia en las habitaciones interiores de Toni Etxea a pesar de que nunca fue nacionalista, aquel mayo del 68 que cambió su vida y lo llevó a París a vivir en una habitación compartida con otros jóvenes llenos de sueños, la breve conversación con Julio Cortázar en un semáforo, su estancia en la cárcel de Basauri en la dictadura de Franco y, por encima de todo, su defensa de la pereza, el aburrimiento y la vida no productiva. Todo ello salpicado de multitud de citas de Montaigne, Pascal, Proust, Borges, Schopenhauer, Kafka o Nietzsche y de historias más o menos atractivas, aunque siempre en tono menor, algo así como confidencias dichas de madrugada entre amigos. Ese momento en el que se produce el encuentro privado más extraordinario de su vida, nada menos que con la momia de Tutankamón en absoluta soledad, el día que se cruza con Richard Ford en Capri, la posibilidad muy cierta de que su madre fuera amiga de la infancia de J.D. Salinger o la incredulidad y el desconcierto ante el gran bandazo de muchos de sus amigos y conocidos de izquierda hacia la derecha más extrema a causa del antinacionalismo periférico.

Gracias a los Diarios —editados con mucho gusto «por una pequeña editorial medio anarquista de Logroño» Pepitas ed.— sabemos que el momento más digno de su vida tiene que ver con un cubo y una fregona y que para cualquier ser humano lo más difícil es convivir con uno mismo, «porque la vida consiste en lo que uno tiene en la cabeza». Y de este modo tenemos que lidiar con la imagen que tenemos de nosotros —esa que nos cuesta reconocer en algunas fotografías—, pues se ha mezclado con la imagen que tienen los demás de nosotros hasta tal punto que ahora apenas podemos diferenciarlas. Así, aunque nunca ha escrito sus Diarios en zapatillas y pijama, esa es la imagen que muchos tienen del narrador de este libro dada la cercanía y la confidencialidad de sus palabras. Una proximidad que llega a su momento culminante en las páginas más bellas del libro, que son las que se corresponden con el relato de la muerte de Borges. Una maravilla de concisión y verdad.

La foto de la cubierta del libro es de Benidorm. Mientras lo he estado leyendo, y lo dejaba luego sobre la mesilla, no me había fijado en ese detalle. Todo el tiempo pensaba que era Nueva York. Una fotografía de la ciudad de Nueva York. Es estúpido, pero siempre que veo rascacielos cerca del mar pienso en la isla de Manhattan, por eso, nunca se me hubiera ocurrido pensar en otra ubicación, porque me gusta lo lejano, lo mítico, y Benidorm, la sola idea de Benidorm, es demasiado cercana y prosaica como para ser la cubierta de ningún libro. Algo parecido puede pasar cuando lees los Diarios de Iñaki Uriarte, pues esperas encontrar grandes historias sobre las personas que conocen el poder de primera mano, pero luego descubres que son sólo una mirada atónita a lo insignificante —un gato llamado Borges, el comentario triste de un amigo insomne, algunas citas de Montaigne, una visita a Extremadura— expresado con palabras precisas y desencantadas. A veces, sin embargo, se cuela la felicidad en las páginas de este libro, pero su presencia es fugaz, casi como si fuera una aparición, como si fuera el principio de Annie Hall. «¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: «Vaya, aquí la comida es realmente terrible». Y contesta la otra: «Sí, y además las raciones son muy pequeñas». Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa».

El narrador de estos diarios es un hombre concebido en una habitación del Waldorf Astoria en la Nueva York que acaba de ganar la Segunda Guerra Mundial y que, a pesar de la época que le ha tocado vivir, de la parte del mundo que habita y de las condiciones sociales que adquirió con su nacimiento, tiene la lucidez suficiente como para comprender el vacío del mundo, lo vano de nuestras acciones, la poca importancia de todo lo que nos rodea. No sólo es consciente de ello, sino que tiene el coraje de ponerlo por escrito con una prosa limpia en la que, lejos de ser un aguafiestas, nos enseña que debemos estar preparados para esos pequeños instantes de felicidad con los que nos cruzaremos a lo largo de nuestra vida.

Y no es poco. No, no es poco.

Diarios. Edición completa seguida de un epílogo. Iñaki Uriarte. Pepitas Ed. Logroño, octubre 2019.

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