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¿Creéis que España va a desaparecer?

El 7 de octubre de 1967 se estrenó en el Teatro Bellas Artes de Madrid El Tragaluz. Estamos ante una de las obras mayores de Buero Vallejo y, en su estreno, la acogida del público y de gran parte de la crítica fue muy buena. La obra anterior del dramaturgo, La doble historia del doctor Valmy, fue prohibida por la censura y, quizá por eso, fue mucho más audaz o menos ambicioso en esta nueva obra.

El argumento de El tragaluz es muy conocido —los dos hermanos, el tren, el sótano y el padre «loco» y justiciero—, lo que no es tan conocido es que, quizá para burlar a la censura, la obra comienza con dos «seres» del futuro que hablan a los espectadores saltándose la cuarta pared. Estos «seres» de un futuro lejano e inconcreto se llaman Él y Ella y, más que personas, parecen replicantes salidos de Blade Runner. Estos dos replicantes nos cuentan que, debido a los adelantos tecnológicos y científicos de su época (que en la obra es también la nuestra), han conseguido recrear hechos del pasado con precisión, pues llegan incluso a regenerar los pensamientos de los personajes que participaron en esos hechos. Nos anuncian que vamos a asistir a un experimento, a un viaje al pasado para presenciar un pequeño acontecimiento histórico que sucedió a mediados del siglo XX. El viaje nos lleva justo al año del estreno, 1967. Una audacia de Buero Vallejo para burlar a la censura que, vista ahora, parece incluso inocente. Después de la presentación del experimento, nos indican que vamos a conocer una historia «oscura y singular» que sucedió en Madrid, «capital que fue de una antigua nación llamada España». 

Esta última oración es desconcertante. No sabemos si el verbo «fue» se refiere a que, en el futuro, Madrid ya no es la capital de nuestro país o a que España ya no existe o a las dos posibilidades al mismo tiempo. A pesar de lo equívoco de ese «fue» y a que, quizá no fuera la intención de Buero, esa afirmación puede llevarnos a deducir que España ha desaparecido en esa época.

Estos «seres» del futuro, estos replicantes con inteligencia artificial, viven en una etapa histórica en la que España ya no existe y esa certeza nos lleva a preguntarnos: ¿somos conscientes de que esa antigua nación llamada España desaparecerá en algún momento?

Como quiero estar seguro, os pregunto en voz alta: ¿creéis que España va a desaparecer? De inmediato, un pequeño grupo de vosotros responde no. «España no va a desaparecer nunca. Seguirá existiendo dentro de un siglo, de cinco siglos e incluso dentro de mil años». Sin embargo, el resto permanece callado y comienza a calibrar su respuesta. No es demasiado complicado llegar a la conclusión de que, dado que España no ha existido siempre, habrá un momento en el que desaparecerá. Y se produce un silencio tenso. Y alguna sonrisa. Y alguna mueca de decepción. No es tanto como ser consciente de nuestra propia muerte, pero se le acerca mucho. Entonces alguno de vosotros dice «No durará. España no durará, porque nada va a durar para siempre» y se termina la conversación. 

La historia nos enseña que lo que parece sólido se desmorona y, de esta manera, desaparecen los imperios invencibles, los reinos de nunca jamás y las formas de vida que vinieron para quedarse. Sin embargo, vivimos ajenos a esa realidad, porque creemos que todo será eterno. El presente nos impide mirar con precisión al pasado o al futuro, a pesar de lo obvio: las dudas de hoy serán las certezas de mañana antes de ser sustituidas por otras certezas en una sucesión sin fin. La pesadumbre que provocan las leyes que aprueba el gobierno se olvidarán como se olvidaron las reformas de Miguel Boyer que precipitaron la huelga general de 1985 o la Ley Corcuera o la reforma agraria de 1932 o las razones últimas de la batalla de San Quintín. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia, como también se perderán los replicantes de Buero Vallejo y el mismísimo Rutger Hauer.

En una de sus entrevistas, Roberto Bolaño dijo: «cuando escucho a un escritor hablar de la inmortalidad de determinadas obras literarias me dan ganas de abofetearlo. No estoy hablando de pegarle sino de darle una sola bofetada y después, probablemente, abrazarlo y confortarlo».

Eso mismo pienso de aquellos que creen en la inmortalidad de España —o de cualquier otra patria pequeña o grande—. Una sola bofetada y después un abrazo. Un abrazo, este sí, interminable.

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