Artículos Literatura

Los momentos agradables

Aun así… si me voy a pasar la eternidad
visitando este y aquel momento, agradezco
que tantos de esos momentos sean agradables.
Kurt Vonnegut. Matadero Cinco.

Todo esto ocurrió, más o menos. A Rodrigo Fresán le debo haber conocido a Kurt Vonnegut y Matadero Cinco —también le debo otros muchos descubrimientos, pero no cabrían en este artículo—, aunque ahora no recuerdo dónde le oí hablar de Vonnegut por primera vez. Quizá fue en alguno de sus libros o en alguno de sus artículos. Puede que fuera en alguna de sus charlas o entrevistas. Quizá en todos esos lugares al mismo tiempo o en ninguno de ellos, ¿quién puede saberlo? Lo cierto es que nunca había oído hablar de Kurt Vonnegut y, por todas las razones incorrectas —como diría Fresán—, decidí que debía hacerlo ya. Hubo una época no muy lejana en el tiempo en que no era fácil encontrarlo en las librerías a un precio razonable, pero si uno busca, siempre termina por encontrar. Lo estuve buscando en varias librerías de viejo —físicas y virtuales— hasta que encontré una copia asequible, pero tan tocada y maltrecha que se deshacía al pasar cada página. Ahora, sin embargo, leer esta novela es mucho más sencillo, pues se puede leer en la excelente traducción de Miguel Temprano García para la preciosa edición publicada por Blackie Books el pasado mes de marzo.

Intento viajar al pasado para saber cuántas veces he leído Matadero cinco y no puedo recordarlo, pero —y esto es importante— en todas las ocasiones que lo hice me ha parecido un libro nuevo, contemporáneo, como recién escrito. Un libro ajeno al paso del tiempo.

Los personajes de esta novela se parecen mucho a todos nosotros, que no dejamos de ser juguetes zarandeados y oprimidos por el peso de una historia escrita siempre por los vencedores. Los mismos que escribieron el guion de nuestra vida, con sus hitos históricos y geográficos, y las pequeñas escaramuzas de las que alardear en las conversaciones con extranjeros. Incluso, como en este caso, aunque los vencedores sean «los nuestros», sólo somos personas manipuladas por fuerzas que escapan a nuestro control y que nos imponen una visión uniforme del pasado. Porque es sorprendente que, a pesar de haber leído muchas novelas, de haber visto muchas películas y documentales o de haberme enfangado en varios libros de Antony Beevor sobre la Segunda Guerra Mundial, hasta la lectura de Matadero Cinco jamás hubiera oído hablar del bombardeo de Dresde. No es difícil encontrar la razón de ese olvido histórico, pues a ninguno se nos escapa lo complicado de emitir un juicio moral sobre el bombardeo indiscriminado de esa ciudad la noche del 13 de febrero de 1945, apenas tres meses antes de la rendición incondicional de Alemania, en el que murieron 135.000 personas. ¿Tiene justificación llevar a cabo una masacre de ese calibre en aquel momento de la guerra? ¿Lo tendría si hubiera sucedido dos años antes? ¿Cómo contar este acontecimiento sin que parezcas tomar partido por los nazis? La respuesta a esas preguntas la tiene Kurt Vonnegut, aunque para formularla se tiene que marchar fuera de la tierra, a Tralfámador, un planeta lejano que se parece mucho a Tlön. Tanto se parecen Tralfámador y Tlön que da la impresión de que son el mismo planeta. No sería raro que Vonnegut se hubiera inspirado en el cuento de Borges para crearlo, como tampoco sería descabellado relacionar el narrador de la novela con esos narradores entre la ficción y la realidad que aparecen en algunos cuentos del escritor argentino, pues, en cierta manera, el narrador de Matadero Cinco necesita que los personajes vivan fuera del tiempo lineal para poder regresar a los momentos en los que todo sucedió —y todo sigue sucediendo—y, de este modo, librarles, y librarnos, de asumir el hecho cruel que tuvieron la desgracia de presenciar.

No existe la piedad ni tampoco palabras que puedan explicar el desconcierto que provocan todas aquellas muertes en vano. Dresde amaneció transformada en un paisaje lunar años antes de que el hombre pisara por primera vez la Luna y nos legara para el recuerdo aquella fotografía de la huella en el polvo de una superficie desolada. Aunque, por supuesto, Matadero Cinco no es un libro del que se pueda sacar una lección moral, ni tampoco es un libro confesional en el que un narrador nos hace llegar una experiencia traumática «que le cambió la vida». Estamos ante algo mucho más ambicioso y, al mismo tiempo, pegado a la tierra. Un juego literario —¿metaliterario?— que esconde una verdad terrible contada en el borde mismo de la vida, en ese precipicio en el que podemos contemplar —porque hemos llegado al extremo de la existencia humana, la aniquilación de ciento treinta y cinco mil personas sin motivo aparente— la belleza que nos rodea a pesar de que no seamos capaces de saber cómo demonios hemos podido llegar hasta allí.

El protagonista de la novela se llama Billy Pilgrim y es un antihéroe y, por lo tanto, la viva imagen de todos nosotros. No existen soldados épicos que entregan su vida por una causa de orden superior fuera de las películas de propaganda y de las novelas patrióticas. No hay soldados heroicos ni valientes. Los soldados suelen medirse por su miedo y, también, por su escaso nivel cognitivo y su inexperiencia. La mayoría de los soldados que mueren —han muerto y morirán en la guerra— son jóvenes, apenas adolescentes y, en muchos casos, niños. Demasiado jóvenes para entender el significado exacto de sus acciones. Jóvenes, por otra parte, que se creen inmortales y que nada ni nadie podrá dañarles. Por eso nos enternece la figura de Edgar Derby, ese profesor de secundaria que no soporta la idea de que mueran sus estudiantes sin que él esté a su lado. Un adulto en esta cruzada de niños que terminará siendo asesinado por llevarse una tetera de entre las ruinas humeantes de Dresde. Ciento treinta y cinco mil personas asesinadas y Edgar Derby es fusilado por robar una tetera. Es lo que hay.

Hay mucho más en Matadero Cinco de lo que cabe en este artículo, porque estamos ante una novela poliédrica que es también una reflexión lúcida sobre la literatura, sobre la relación entre los críticos y los autores, sobre la figura del narrador en los textos narrativos. En ella también hay espacio para la semblanza de un autor desconocido de obras magníficas llamado Kilgore Trout o para la invitación constante a visitar un lugar maravilloso llamado Cody, Wyoming, donde habrá que preguntar por el loco Bob. También hay hueco para la religión católica y sus sanguinarias contradicciones o para el llanto de un soldado en medio del absurdo de la guerra o para la dolorosa e imposible venganza de Paul Lazzaro. También se reflexiona, en fin, sobre el lugar verdadero que ocupan en el mundo los Estados Unidos de América. Todo ello lejos del enfoque grave y campanudo de las novelas bélicas, ya que esta obra se escribió con un sentido del humor insólito, refinado e inteligente.

En definitiva, Matadero Cinco es, además de todo lo anterior, un canto a la esperanza y a la vida, como podemos leer en las palabras grabadas en el guardapelo que Montana Wildhack lleva al cuello con una fotografía de su madre alcohólica: «Cóncedeme, señor, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y discernimiento para distinguir unas de otras».

Matadero cinco. La cruzada de los niños. Kurt Vonnegut. Blackie Books. Barcelona, 2021.

2 comentarios

  1. Me gusta tu blog porque hablas fundamentalmente de libros y a mí lo que me gusta es leer. Aunque tengo la osadía de escribir y, en ocasiones, hasta me he atrevido con la «poesía» (por llamarlo de alguna manera). Estoy más acostumbrada y me resulta más fácil la prosa: ensayo, filosofía, novela, relatos, etc.
    Seguiré con mis visitas y atenta a tus recomendaciones.
    Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Dejó escrito Jaime Gil de Biedma: «Quizá hubiera que decir algo más sobre eso, sobre el no escribir. Mucha gente me lo pregunta, yo me lo pregunto. Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer».

      Supongo que a todos los que nos gusta escribir, en el fondo, lo que nos gusta es leer, porque, como decía Gil de Biedma, es lo normal.

      Gracias por tus palabras.
      Un saludo.

      Me gusta

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