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Un prophète

Malik está de vuelta en la cárcel después de disfrutar de doce horas de permiso. Ha llegado tarde, pero el funcionario le perdona porque sólo han sido treinta minutos. Eso sí, le advierte, piensa en la libertad condicional. En la puerta de la cárcel le esperaba en la mañana su único amigo. Él también se ha retrasado y discuten porque quizá no le dé tiempo a embarcar en el avión. El viaje hasta el aeropuerto es, por lo tanto, caótico, los amigos se gritan y amenazan, pero todo termina por encontrar su sitio. Mientras discutían, Malik se ha puesto un traje en los asientos traseros del coche. Un traje que le queda grande, pero que le convierte en algo parecido a un hombre de negocios a pesar de sus rasgos árabes y de las cicatrices de su cara. Pareces un abogado, le dice su amigo con una sonrisa. Vuela desde París hasta Marsella. Es el primer vuelo de su vida y se muestra torpe con la bandeja, el vaso de agua y los pain au chocolat servidos en el avión. Incomoda a los pasajeros que viajan a su lado por su torpeza, pero Malik no se da cuenta. Parece, por un momento, que recupera una inocencia que nunca tuvo. La mirada limpia. La calma que le proporciona ver la parte de arriba de las nubes a través de la ventanilla relaja los rasgos duros de su rostro. Quizá fantasea con la posibilidad de ver a Dios, pero es demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde para Malik.

Después de aterrizar, lo recogen en un Citröen viejo y, en el asiento trasero, esposan sus manos con unas bridas, aunque ha sido cacheado y comprueban que no lleva ningún arma. El coche circula durante minutos por carreteras principales y secundarias seguido por una moto. Detienen el Citroën en lo alto de un paraje montañoso y allí, montado en la motocicleta, aparece la persona con la que tiene que entrevistarse. Brahim Lattrache lleva una chaqueta de cuero burdeos. Su mirada también es del mismo color. Barba de varios días. La charla es tensa y confusa. La llevan a cabo con el vehículo en marcha e intercambian palabras llenas de claves del vocabulario mafioso. Sensación de peligro. Una pistola aprieta la cara de Malik. Está en el momento y en el lugar equivocado, aunque, sin embargo, Malik no parece tener miedo, pero lo tiene, porque es consciente de que sabe menos de lo que debería saber. En el momento de mayor tensión, en medio de las amenazas y los gritos, Malik presiente a los ciervos de su sueño. Ciervos enormes que saltan delante de los faros del coche en la oscuridad de la madrugada. Ciervos que parecen volar a cámara lenta con sus patas elegantes. Grita: ¡Qué vienen los animales! ¡Cuidado! El vehículo choca contra uno de los ciervos que Malik vio en el sueño. El Citröen viejo se detiene. La luna se agrieta. La sangre del animal sobre la carrocería. El animal malherido en la carretera. Luego siguen los disparos en el bosque, porque la carne de los animales será luego la comida de los hombres. Los ciervos mueren en medio de la confusión, en medio de la epifanía. ¿Acaso tú eres un profeta?, le preguntan, pero Malik no dice nada. Escupe sangre. Una sangre que mancha su camisa blanca y que ni siquiera la madre de uno de sus interlocutores puede limpiar cuando llegan por fin a su destino. Un pequeño restaurante al lado del mar en el que despiezan a los ciervos y lavan luego su carne en el agua salada, pero Malik no come carne, saborea un helado mientras sus ojos intentan entender qué hay más allá de las olas. En ese lugar, con la brisa del Mediterráneo en las cicatrices de su cara, cierra un asunto relacionado con la gerencia de unos Casinos por parte de familias corsas y de familias árabes. Cuando terminan la negociación, Malik es invitado a compartir la comida con el resto de personajes en muestra de buena voluntad, pero él prefiere quitarse el calzado y los calcetines, doblar sus pantalones hasta la rodilla y meter sus pies desnudos en el mar durante unos pocos minutos. No le queda mucho tiempo. Debe volver al aeropuerto y volar hasta París donde le espera de nuevo la cárcel.

En París llueve. Malik sabe que llega con retraso. En la parte trasera del coche que conduce su amigo moribundo se quita el traje y vuelve a vestir su ropa de preso. Antes de entrar en la cárcel ensucia sus manos frotando con ellas los neumáticos mojados. Sus manos se oscurecen. Parecen las manos de un trabajador. Cuando regresa a la prisión es sometido al registro habitual en el que debe desnudarse ante la mirada del funcionario. Se excusa. Dice que ha estado trabajando muy duro en el taller mecánico. Le muestra las manos. Negras. Sucias. Luego, el funcionario lo deja solo en la pequeña estancia para que pueda vestirse con cierta intimidad. En ese momento, cuando va a colocarse las zapatillas de nuevo, descubre que todavía queda arena de la playa en su interior. Deja caer la arena desde la zapatilla hasta su mano. Poco a poco, su mano oscura se cubre con la arena blanca de la playa. Unos segundos de libertad y asombro. Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.

Un prophéte es una película de Jacques Audiard estrenada en 2009 en la que se cuenta la historia de Malik El Djebena.

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