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El nadador

El nadador, un cuento de John Cheever, fue el origen de la película del mismo nombre que dirigió Frank Perry en 1966. La vi anoche y, aunque tiene la magia indefinible de los grandes relatos, me resultó irregular. Quiso ser tan moderna en su momento que ahora nos parece antigua, como los kaleidoscopios, los sitares y las túnicas llenas de flores de Woodstock. Aun así, en el fondo de la película, late el desasosiego de ese genio llamado John Cheever y, de esta manera, en las imágenes se mantiene el espíritu del cuento. Nos habla de que el mundo fantástico y lleno de vida de la infancia se desmorona cuando pasan los años y, entonces, el velo de inocencia que todo lo cubre se cae mostrando la enorme casa vacía, la lluvia sobre la pista de tenis desvencijada y los pies heridos de un joven que ya no existe.

Durante unos pocos segundos, el propio John Cheever aparece en la película. Hola, soy John dice en mitad de una fiesta alrededor de una piscina. Su presencia me sobrecogió, porque, hasta entonces, sólo lo había visto en fotografías. Pero John Cheever estaba allí, dentro de su cuento, dándole la mano a una de sus creaciones y, conociendo la personalidad ambigua del escritor estadounidense, no dudo de que se sentiría dichoso de haber traspasado la línea que divide la ficción de la realidad. En la pantalla vemos a un Cheever con el rostro sonrosado por el alcohol, con una camisa azul, una chaqueta blanca y su raya al lado perenne. La incomodidad ante la cámara de todo actor no profesional le delata. Es un intruso en ese mundo de ficción, como si Dios hubiera bajado a la tierra a comprobar de qué manera viven sus creaciones y el encuentro hubiera resultado patético.

Hay que insistir en que, a pesar de todos sus defectos técnicos y artísticos, la película lleva la impronta del cuento del que procede. Y así, cuando vemos a Lancaster —qué prodigio de actor—bañarse en esa piscina pública llena de gente que lo desprecia, cuando lo vemos acurrucarse para impedir que el frío se apodere de él al caer la noche, cuando lo vemos llegar bajo la lluvia a su casa abandonada, nos conmovemos, porque es el retrato de nuestras vidas. Somos eso. Sólo somos eso. Cheever nos muestra que al final de todos los ríos, de todas las sonrisas, de todos los carritos de comida rápida, se encuentra el vacío, la ruina y la ventana rota. Nosotros somos el nadador también. Hemos construido un mundo de ficciones que poco a poco acaba por desvelarse ante nuestros ojos. Nunca más seremos esos jóvenes nadando en un campamento, ni compartiendo borracheras interminables con amigos, ni viviendo historias de amor apasionadas. No seremos jóvenes de ninguna manera y sólo nos quedará el consuelo de convertir en leyenda todo lo que vivimos. Sin embargo, el deterioro físico, la falta de lucidez y el frío se apoderarán de nosotros y nos mostrarán que sólo hay una verdad más allá de todas las leyendas. La leí en Elegía de Philip Roth: «la vejez no es una batalla, la vejez es una masacre».

Una masacre americana. Una masacre del sueño americano. Un sueño tan grande como retar a un caballo negro a competir en una carrera en la que nosotros también estaremos descalzos, medio desnudos y no nos importará la superficie que pisemos. Supongo que eso es la vida: la constatación de una derrota irremediable.


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