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Tres versiones de Mark Kozelek

Rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
Jorge Luis Borges.

La acción transcurre en los Alpes suizos. En un balneario de categoría en algún momento de 2014. Es de noche y un grupo de personas está diseminado por un inmenso patio al aire libre. Parece verano. En el patio tienen instalado un escenario circular de metacrilato que se encuentra iluminado en su interior. Un círculo de luz que contrasta con la oscuridad de la noche y acrecienta la solemnidad de la ropa cara y la jardinería creativa. Sobre el escenario está sentado Mark Kozelek. Toca una guitarra española y viste ropa oscura. Ya no es un hombre joven. Tiene cuarenta y siete años y está pasado de peso. Su pelo ahora es más negro, pero ya no está su melena lisa. Lo tiene corto. De este modo, en la cara ganan protagonismo sus ojos pequeños y tristes, perdidos en la inmensidad de la papada. Mark Kozelek convierte una anodina canción de Yes en belleza pura. «Onward» en su voz suena a maravilla, casi como si estuviera en un campamento de verano de una infancia que nunca termina, pero está en otro sitio, en los primeros minutos de Youth, la séptima película de Paolo Sorrentino. Una película sobre la masacre de la vejez, sobre la certeza de que nuestro paso por la tierra es sólo un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Mark Kozelek canta las palabras de otro, ―«Onward through the night, Onward through the night, Onward through the night of my life»―, que, en el fondo, son también sus palabras, las palabras de Sorrentino, nuestras palabras.

Unos meses antes, quizá un año antes, Mark Kozelek está tocando en algún lugar de California. Sobre el escenario sólo una silla, un par de micrófonos, su guitarra y su voz. Nada más. No es un local en el que quepan muchas personas, pero está casi lleno. En un momento de la actuación, alguien pide a gritos desde el público «You missed my heart». Mark responde con su sorna y su mal humor característicos. «La tocaría para ti, pero me temo que la letra es demasiado larga para recordarla». Entonces descubre que la persona que ha pedido la canción, una veinteañera de pelo rubio, de verdad tiene ganas de escucharla. «No te preocupes, yo puedo ayudarte. Me sé todos los versos». Luego la chica desconocida sube al escenario e interpreta la canción junto a uno de sus mitos. Ya no es el joven Mark Kozelek dispuesto a conquistar el mundo. Es alguien al final de sus cuarenta, pasado de peso, lejos de la atención de los medios e incapaz de reconducir su carrera. Una carrera que se ha agotado por la ingobernable cantidad de discos editados, discos de canciones propias, discos de versiones, discos en directo o en estudio. A su carrera le falta la precisión y la inteligencia de sus primeros discos, le falta, por supuesto, la pureza y la inocencia de la juventud. Quizá Mark Kozelek quiera repetir el inicio de su carrera, cuando editó en dos años y medio tres Lp’s, un lp doble y un EP, pero todo eso fue hace más de veinte años y ese tiempo ya nunca regresará para él. Ahora, después de cantar «You missed my heart» con la chica desconocida, ella abandona el escenario y aquel encuentro se convierte en el principio de una hermosa amistad. Esa chica, que se llama Phoebe Bridgers, incluirá una versión de «You missed my heart» en su primer álbum, editado en 2017. Un álbum que se titula Stranger in the Alps, que bien pudiera hacer referencia a Youth, la película de Sorrentino en la que Mark Kozelek canta una canción triste en el patio de un balneario situado en los Alpes suizos.

Casi veinte años antes, el 25 de noviembre de 1998, coincidí con Mark Kozelek en la Sala Caracol de Madrid. Estábamos allí para ver a Gomez, la última esperanza blanca ―fallida― llegada desde Inglaterra. Mi recuerdo dice que fue Agustín Arribas el que se percató de su presencia. Él descubrió que Mark Kozelek estaba a dos metros de nosotros con su presencia imponente, con su pelo largo, su mirada esquiva y un enorme chaquetón negro. Desde que nos dimos cuenta de que estaba junto a nosotros no pude dejar de mirarlo. Bellísimo y salvaje, iluminado por las luces del concierto, y tan al alcance de mi mano que me estremecí. Intentaba entender cómo una persona con la que había compartido la intimidad de mi habitación durante tantas horas de mi vida pudiera estar justo a mi lado en aquel momento. Cómo había cruzado esa frontera.

Su presencia acabó por eclipsar al grupo que estaba actuando. De este modo, cuando Gomez terminó su set y regresó al camerino antes de los bises, alguien se lo tuvo que decir: «Está en la sala Mark Kozelek». Los miembros de Gomez se asomaron desde una esquina del escenario para cerciorarse de que Mark estaba entre el público. Aquello debió sonar en sus cabezas como las viejas historias de los años sesenta cuando en tu concierto aparecía algún Beatles o algún Stones. No sé cómo lo decidieron, pero fue muy rápido. Uno de los guitarras de Gomez salió al escenario para agradecer a Mark Kozelek su presencia y, como muestra de respeto, tocó «Things Mean a Lot», una canción del disco más mítico de la mítica discografía de Red House Painters. Recuerdo cantar el estribillo «Things mean a lot at the time. Don’t mean nothing later» con la ilusión de que Mark se subiera al escenario a cantarla o cantar otra cualquiera de sus canciones, pero aquello nunca sucedió. Luego nos enteramos de que había llevado a cabo una extensa gira por España y que esa era la razón de su presencia allí aquella noche. Una gira que tuvo poco éxito ―nosotros ni siquiera nos habíamos enterado―, porque Mark Kozelek formaba ya parte del mito. Sólo habían pasado cinco años desde su aparición fulgurante, pero ya era el pasado. Un pasado glorioso, legendario e insuperable, pero pasado. No parecía formar parte de los vivos, aunque estaba allí, con sus dos metros de altura, con su melena castaña, con su mal humor y con su fama de persona insoportable. Saludó con la mano con gesto serio y luego se desvaneció entre el escaso público cuando se encendieron las luces.

Cinco años antes, en 1993, Mark Kozelek tiene 26 años. Es un chico de Ohio que ha conquistado el mundo de la música después de publicar un puñado de canciones imprescindibles en la prestigiosa compañía 4AD. Según parece, Mark Eitzel, el líder de American Music Club, fue el que llevó a Red House Painters hasta las oficinas londinenses en las que encontraron la gloria. En una entrevista con Nando Cruz para el número de diciembre de 1993 de la revista Rock de Lux, Mark Kozelek dice sobre Eitzel: «Yo me pongo en su lugar, y si hubiera alguien desconocido y yo hiciera lo posible para ayudarle y se convirtiese en algo tan grande como yo o casi tan grande como yo… pensaría: “¡Oh, Dios mío! ¿hice lo que debía?». Antes le ha confesado a Nando Cruz: «No quisiera parecer maleducado, pero no me preocupa que la gente ni siquiera haya pensado en lo que digo. Yo sólo canto canciones. No me importa si la gente dice que soy un poeta o que no lo soy, si me lo tomo demasiado en serio o si incluso creen que tengo sentido del humor. Si la gente dice que es un buen disco, ya está bien. No sé si lo entienden. Tampoco sé si yo lo entiendo».

¿Quién puede entenderlo? Un día eres el rey del mundo y es 1993 y, al día siguiente, es 2014 y cantas una canción de Yes en el patio de un balneario de los Alpes suizos. ¿Quién puede entenderlo? Toda la gloria se ha perdido como un puñado de arena sobre la arena del desierto. Un desierto oscuro y caluroso, porque, aunque sea de noche y estemos en Suiza, hace calor. Parece verano y Mark Kozelek es también el protagonista de Youth, la película de Paolo Sorrentino. Un músico perdido en la confusión de la vejez y los pasos en falso interpretado por Michael Caine, que se llama Fred, pero que bien podría llamarse Mark. En un momento de la película, el músico entra en una habitación donde un niño toca con el violín una de sus composiciones. Fred pregunta al niño: «¿Sabes quién compuso esa pieza que tocas?».  El niño no lo sabe. Fred le dice que la compuso él y el chico se alegra por el descubrimiento. Luego el muchacho dice que la canción no es sólo simple, sino que también es muy hermosa. Fred hace un silencio. Piensa en el tiempo que ha pasado desde su composición. También piensa en las palabras que dirá a ese niño que espera. «Sí, es hermosa», dice Mark Kozelek. «La compuse cuando aún amaba».

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