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Clase media

«Estaba a punto de volver con Rafa cuando
un olor llamó mi atención: el inconfundible
olor de la mujer de clase media».
El chico de la última fila. Juan Mayorga

La primera vez que leí las palabras de la cita supe muy bien a qué se referían. Para ser más precisos, supe de qué olor estaba hablando aquel muchacho desconcertado. Claudio, el protagonista de la obra de Mayorga, describe así a la madre de Rafa ―«el inconfundible olor de la mujer de clase media»― cuando visita la casa de su amigo. Una casa muy distinta a la que él habita y por la que siente una atracción irresistible. Lo curioso es que, con el paso del tiempo, cuando tú mismo te ves convertido en alguien de clase media, comprendes que ese olor no proviene de un perfume exclusivo ni esas casas están sostenidas por cuentas bancarias repletas de dinero, pero cuando eres adolescente esos detalles no son importantes comparados con el lugar maravilloso, aunque ficticio, al que te llevan aquellos olores desconocidos.   

La primera vez que visité una casa de clase media también reparé en los olores. No tanto en el perfume de la señora de la casa como en el de los suelos de madera y el de unos sillones de cuero negro. Puede parecer estúpido, pero desde aquel momento no pude soñar con nada mejor. Ahora me recuerdo hablando del olor de los suelos de madera y siento una ternura triste por aquel que fui. Comprendí que tener una casa con esos suelos y ese olor a cuero sería la confirmación de una vida plena, porque ―aunque entonces no lo sabía― eso que llamamos clase media era lo único a lo que podía aspirar, pues las clases dirigentes, las que viven alrededor del poder o incluso por encima de él, no están dentro de las posibilidades de vida de los chicos desconcertados del extrarradio. De este modo, sentía que poseer aquellos muebles otorgaba respetabilidad a sus dueños y yo, por supuesto, quería formar parte de aquello, quería tener un nombre y ser respetado, aunque aquello a lo que aspirara solo fueran baratijas.

Este asunto ―además de otros muchos― aparece reflejado con precisión en El chico de la última fila. Claudio quiere pertenecer a la clase media, quiere abandonar la clase a la que por nacimiento pertenece y el camino que elige para conseguirlo es el de la literatura, pues parece cierto que convertirse en escritor es una forma como otra cualquiera de ocupar un lugar en la clase media acomodada y adquirir la respetabilidad de la que carecen las clases trabajadoras. El mismo Juan Mayorga podría hablar ahora sobre ello, pues es académico de la lengua desde 2018 y acaba de ganar el premio Princesa de Asturias. Parece claro que no se puede llegar más arriba en cuestiones de respetabilidad. ¿Han dejado sus obras de ser tan afiladas y peligrosas desde que alcanzó la cima? Es una pregunta cuya respuesta quizá sea demasiado dolorosa.

Lo explicó Roberto Bolaño en Los detectives salvajes y, de forma más precisa, en Los mitos de Cthulhu: «Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados, sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad». A muchos de ellos, escritores actuales que aspiran a la respetabilidad, los escucho en tertulias sonrojantes en los programas de la radio comercial o los leo en columnas sin vergüenza de los grandes periódicos. Sus argumentos suelen ser romos con la intención de no dañar a los jefes y, de este modo, repiten consignas que suelen coincidir con la línea editorial del medio que les paga con el dinero de las grandes corporaciones que controlan los consejos de administración.

Sé que estoy hablando de la superficie, pues es indudable que todavía muchos autores siguen escribiendo libros que, como dijera Kafka, son «el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros». Pero ninguno de esos escritores tiene presencia en los grandes medios de comunicación, y sus libros casi no suelen aparecer mencionados en las redes sociales del mundillo y, por lo tanto, apenas los leo, ya que en muchas ocasiones ni siquiera los conozco. La literatura que nos llega ―y a la que aspiramos los desclasados― es la de las grandes editoriales con buena distribución y prestigio, aunque ese prestigio esté menoscabado porque han sido engullidas por grupos de comunicación que pertenecen a grandes corporaciones a las que apenas les importa la literatura. Y esa es nuestra condena. Muchos intentamos encontrar la respetabilidad de la clase media acomodada escribiendo para publicar en editoriales que nos desprecian y, por lo tanto, no escribimos dispuestos a terminar con la respetabilidad social ni queremos convertirnos en inadaptados que pongan la literatura en el lugar que se merece. En el fondo, lo único que deseamos es que el capataz de la finca nos dé la palmadita en la espalda y nos diga sus terribles palabras: «qué bien se entiende tu novela».

Así, la mayoría de los libros que llega hasta nuestras manos son un descolorido reflejo de lo que debe ser la literatura. Solo son una sucesión de lugares comunes engarzados con desgana. Pero cómo olvidar ese olor que nos aturdió en la adolescencia, cómo aplacar ese fantasma, esa ensoñación de suelos de madera y sillones de cuero negro.

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